Opinión

“Dios mío, ¿Qué es España?”

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 09 de febrero de 2017

Parecen evidentes los vínculos entre lo que hoy llamamos democracia y el extremo subjetivismo que decide en tantas discusiones sobre cuestiones morales y políticas, en las que se concluye: “es mi opinión y la tienes que respetar”. La filiación ideológica de esa apelación a la consciencia como ultima ratio en las correspondientes discusiones nos conduciría muy lejos: al principio luterano del libre examen, a la concepción del sacerdocio universal y a sus posteriores fundamentaciones idealistas. Remontando esa filiación alcanzaríamos a la transformación de la vieja comunidad universal cristiana en esa forma inorgánica de coexistencia que llamamos sociedad. Por cierto, a partir del uso inglés del término society en el contexto del primer liberalismo.

Es, sin duda, muy compleja la peripecia histórica de la que ha resultado la corrosión de las evidencias fundamentales de la vida en común o, dicho de otro modo, la pérdida del sentido común. Su motor ideológico se encuentra, en cualquier caso, en la exaltación de la crítica dizque racional, ejecutada por un sujeto autónomo o independiente que no admitirá la validez de ningún contenido de su pensamiento que eluda el filtro de su criba, de la criba de aquel ego que ya Descartes elevara a primera y propiamente única evidencia racional. El fracaso histórico de los diversos ensayos de evitar el psicologismo, es decir, de entender el yo en términos estrictamente psicológicos o individuales nos lleva al subjetivismo extremo de nuestro tiempo. No parece arriesgado contemplar esa exaltación como una especie de egolatría cuyas relaciones con el subjetivismo contemporáneo y con nuestra huera concepción de la democracia son fácilmente visibles.

En efecto, hoy identificamos con la democracia el mero procedimiento de elección y sustitución ordenada del gobierno por recurso a elecciones generales, confundimos así el procedimiento con la substancia, una democracia meramente procedimental con una democracia real. Se trata de contar los votos: la democracia consiste en hacer la cuenta y asumir el resultado. En efecto, el subjetivismo significa la evacuación de los contenidos del yo que quedan sancionados por el mero hecho de ser expresados por un yo enfático, que sería soberbio si no fuera ridículo. Así pues este subjetivismo conduce a la exaltación del mero número, a una falsa sustantivación de la cantidad de egos diminutos que se manifiestan pro o contra algo. Repárese, para terminar, en que la reducción a magnitud, la estrecha cuantificación de todos los aspectos de la realidad humana, es un prolegómeno necesario del proyecto de las ciencias sociales en general, y de la moderna economía en especial. Y la economía es hoy la ciencia humana por antonomasia, dado que la realidad humana se quiere reducida a términos económicos y el ser humano aparece como mero individuo preferidor o consumidor racional. El señor que nos gobierna, puesto que obtuvo el mayor número de los sufragios, sabe bien que la economía es lo importante.

Así las cosas, el Sr. Rajoy no podrá apelar a otra cosa que al número, para oponerse a las exigencias de un referéndum en torno a la independencia de Cataluña. Así las cosas, la cuestión relativa a los veinte, treinta o cuarenta mil acompañantes del Sr. Mas, en su paseo al TSJC, resulta de primera importancia. Así las cosas, podría parecer inaceptable que se juzgue delictivo un acto que pretende conocer – para contar – “la opinión de la gente”, es decir, las opiniones de ese agregado de conciencias individuales. Donde no hay más verdad que la suma de subjetividades, cualquier apelación a una realidad que las trascienda – social, histórica o cultural – resulta irrelevante. La apelación a esa realidad que sobrepasa las voluntades individuales será un mero subterfugio metafísico para quien comparte la certidumbre, que tan exactamente expresara Margaret Thatcher: “la sociedad no existe”. No existe porque se resuelve en los individuos que quedan actualmente gestionados bajo una misma unidad administrativa: Estado o Generalitat. Y esta es una certidumbre que comparten los gobernantes del Estado y los de la Generalidad. De manera que si los actuales elementos de la sociedad – española o catalana – decidieran mayoritariamente la unión, o la secesión, no habría nada que oponer. O, quizás, sólo podría oponerse a su número otro número, a los sufragios las magnitudes económicas. Cataluña debería permanecer incluida en España – se dirá – por razones meramente económicas, incluso cuando uno a uno fueran mayoría los habitantes de la comunidad catalana que voten por una Cataluña independiente. Sólo en términos económicos vale más un sibarita que treinta lacedemonios: “Los políticos antiguos hablaban sin cesar de costumbres y de virtud, los nuestros no hablan más que de comercio y de dinero… Valoran a los hombres como a rebaños de ganado. Según ellos, un hombre no vale para el Estado más que el consumo que hace. Así, un sibarita bien valdrá treinta lacedemonios” (Rousseau)

Cualquier regreso a la inquisitiva invocación de Ortega es hoy tabú. Nadie podría hoy preguntar qué es España, mucho menos apelando a Dios. Cualquier pretensión de fundar la permanencia de Cataluña en España en la idea de que Cataluña es España será inmediatamente acusada de esencialista y metafísica. En efecto, tendrá que acudir a alguna determinación de la idea de España, a alguna comprensión de su naturaleza, pero España – para unos y para otros – carece de naturaleza y se reduce a la suma de los electores que la habitan.

Ahora bien, bastará el mínimo esfuerzo por definir la circunscripción electoral del referéndum para que esa insidiosa realidad se haga presente. Pregunten quién ha de votar en ese referéndum y verán que cualquier respuesta exige ir más allá de la suma abstracta de electores individuales. Podemos no querer ver la realidad histórica de España, podemos reducirla a su actual cuerpo electoral de individuos abstractos, podemos negar que exista España… Eppur si muove.