Opinión

Trump en calzoncillos

TRIBUNA

Emilio Arnao | Viernes 10 de febrero de 2017
Este señor, mal viejo que no ha comido sino un pero en todo el camino, alcorza amarga, patio de rufianes, mala ley que huele a tocino, está maljodiendo no sólo a los Estados Unidos de América, sino al orden internacional que en breve se verá afectado por sus chirlos y por ese hideperra que es el nacionalismo. Con Donald Trump regresamos a los inicios de las dos guerras mundiales acaecidas en las avemarías de aquel que fue el siglo XX. El twittero Trump, si continúa con sus aislamientos y sus políticas ultras de genocida de la humanidad, nos va a conducir al propio Santo Oficio de la inmisericordia, de la vesania o del estertor atómico. Saluda todas las mañanas este oligarca con un “Deo gracias” alimentado en su religiosidad pagana con la cual nos devuelve a las autopistas de los vetos económicos, de la antiglobalización o del rompimiento con todos los tratados comerciales que redundan en el Machu Pichu de Latinoamérica, de la Unión Europea o del presente asiático. China el ánima que debe descender hacia el matadero global. Trump no quiere enemigos financieros por lo que torna a helar una nueva Guerra Fría que nos traerá la Hora de Todos.

Este señor -empresario y analfabeto político- es producto del malestar americano adjunto a la presunta crisis ideológica de las clases medias norteamericanas y su pulso con el status quo, esto es, con las élites de Wall Street, los medios de comunicación o la inmigración borrachera de una nación que siempre se ha caracterizado por su cosmopolitismo. Trump viste con calzoncillos cagados a base de llamadas telefónicas, de firmas legislativas, de mensajes blasfemos en las redes sociales y de un puñetazo nazi que está haciendo estallar todos los derechos humanos más el origen centenario de una democracia americana que ahora está siendo degollada por ese clérigo amostazado que es Trump con el peligro que suponen a la hora de extensionarse sus políticas de KKK a nivel interplanetario. La extrema derecha que trae en caldo agónico el trumpismo se está contagiando por el occidentalismo oceánico sin que nosotros -ciudadanos de una amplia galaxia hambrienta de igualdad, libertad y justicia social- podamos hacer nada por impedirlo. ¿O sí que podemos impedirlo?

Aconsejo a Occidente que a cada golpe de firma o de Twitter de este neonazi salgamos a la calle al grito de “abajo las caenas” o que se afeite con navajas de moderno internacionalismo a este depredador de pueblos y razas que es Donald Trump. Aún estamos preparados para combatir este trastorno mental que se sienta hoy en el despacho oval de la Casa Blanca. Volvamos a dotar de bronce francés y de aniversarios por la virtud y la verdad política a esa Estatua de la Libertad que está a punto de caer sobre las aguas de Manhattan.

Los europeos y los americanos antiTrump tenemos la obligación de no ser silenciosos ni amorfos ni rústicos a la hora de defender este proyecto democrático y ya secular que nos pertenece en buena hora frente al racismo, la xenofobia, el militarismo, el combate contra la libertad de expresión, la destitución de las voces críticas, las fronteras amuralladas, los siete países islámicos que se han quedado sin aeropuertos y sin visados para que de esta manera este borrachismo hitleriano que es Trump no nos haga retornar a un momento de la Historia moderna en donde el fascismo creó guettos y guerras, invasiones y populismos, todo a partir de la sonoridad de la música wagneriana.

Putin y Trump son hoy las más claras amenazas para el amor cortés escrito en coplas digitales el cual puede alojarnos en el odio, en las Cruzadas, o en el nuevo asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria en Sarajevo. Donald Trump es Gavrilo Princip. Comienza la geopolítica. Firmemos ya un nuevo Tratado de Versalles. Escondamos la ametralladora Vickers.

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