El calendario y las inclemencias colocaron al Real Madrid en un brete que no quería: verse por detrás del Barcelona después de un puñado de semanas y con el haciamiento de partidos venidero. Pues bien, sin margen de maniobra decidió Zinedine Zidane volver a experimentar. Se medía al colista, un equipo rápido y con vehemencia por las bandas y, además, el miércoles estrenará su trascendental eliminatoria europea frente al Nápoles. Con este contexto volvió a disponer el técnico campeón de la 'Undécima' una defensa de tres centrales, con Danilo y Marcelo sumados al centro del campo. Y, otra vez, sus jugadores naufragarían para adaptarse al nuevo dibujo, ofreciendo una sensación notable de desorganización (sobre todo en el primer acto).
Arrancó su visita al siempre puntiagudo Sadar presionando muy arriba: los jugadores cumplían la solidaridad de esfuerzos que les entregaría la superioridad numérica en el centro del campo deseada por Zizou para controlar el partido a través de la pelota. Nacho, Varane y Ramos se alternaban para abortar las escapadas de los delanteros rojillos y la pelota circulaba, sobre todo, tras robo en campo rival. Benzema, tan necesario como Isco en la ocupación de la mediapunta, fluctuaba para engrasar la circulación y abría fuego de volea ajustada al poste -en el minuto 4 y a la salida de un córner-. Sin embargo, este prólogo resultaría un espejismo.
En torno al minuto 10 empezó Osasuna una labor que contaminaría a los Chamatín, impotentes para contrarrestar el desgobierno pretendido por los locales. El nuevo técnico pamplonés ha virado su estilo hacia un ataque vertical y continuo, a menudo sobre la guerra de guerrillas, y el gigante capitalino pasaría a representar el papel de sujeto pasivo en este duelo sabatino. Sacó el bloque navarro su zaga de la cueva y lanzó presiones elevadas que ahogaron la salida de pelota del favoorito. De hecho, el lanzamiento en largo sería la opcón predilecta de los merengues hasta el descaso. Modric y Marcelo ejercerían como víctimas de un sistema que no funcionaba en ataque y relegaba el 3-5-2 a su vertiente de catenaccio y contragolpe. Es decir, el peor de los escenarios para un equipo que añora dominar los partidos.
La terrible lesión de Tano, que cayó en una jugada fortuita con Isco y fue sustituido por García -fractura de tibia y peroné en el minuto 12-, congeló a un Madrid que ya atravesaba los problemas tácticos correspondientes al desbarajuste: Isco, Benzema y Ronaldo desentendían su responsabilidad defensiva y Osasuna llegaba con facilidad para activar la acumulación de centros laterales que les es familiar. Ademas, Modric y Casemiro no se bastaban para llegar a la espalda de Danilo y los tres centrales no ajustaban, dando un terrible aspecto de improvisado al esquema puesto en práctica. Las dudas de los peones de renovada posición se transmitieron y Riviere ejecutó una chilena timida que atajó Navas -minuto 15- como confirmación del pentagrama.
Atienza cazó un balón suelto en la frontal madridista y chutó raso para el meritorio vuelo de Navas -minuto 17-. La incomodidad táctica madridista era palpable y Osasuna se lanzó ante la cesión de metros visitante. El descolocado cierre, con la espalda de Danilo y Marcelo como nichos a explotar, propulsó la asiduidad ofensiva de los rojillos. El carrileros carioca zurdo, desprovisto de libertad al estar marcado continuamente, centró su posición para reclamar la pelota en tono un síntoma del colapso de la estructura pretendida. A estas alturas Isco y Benzema estaban fuera de dinámica y la pelota era local.
La placidez local resultó tan evidente que Jaime probó un centro-chut desde el pico del área fuera de palos. Más tarde sería Atienza el que lo intentaría desde el centro del campo. Vio a Navas adelantado y la confianza ganada le animó, aunque el 'tico' reaccionaría a tiempo. Pero uno de los intangibles que representan al Madrid, la calidad, emergió para sacarlos a flote en su peor momento. La primera combinación pausada merengue tras el inicio llegó a la mediapunta, donde Benzema controla, contemporiza y detecta el pasillo quirúrgico que acunó el desmarque de Ronaldo en vuelo. El luso cruzó su angulado remate y Sirigu marró en el despeje -minuto 24-.
No acusó el golpe Osaunsa, pues dominaba y limitaba las salidas madridistas -salvo la goleadora-. Así, la hiperbólica intensidad rojilla siguió marcando la pauta de juego, con el Madrid de vuelta al encierro. Navas atajó un cabezazo elevado tras un saque de falta lateral al tiempo que sus centrales parecían adaptarse mejor a la continua lluvia de centros laterales. El desajuste era flagrante y los navarros hacían caja. Pero el carácter y lo sembrado llevó a los de Vasiljevic a empatar por un cauce diverso. Danilo falló un envío en la medular y la pelota se codujo frenética, hacia la espalda del desequilibrado trío de centrales. Se dispuso un mano a mano entre Sergio León y Navas, y el iluminado delantero español definió con una sutil vaselina deliciosa. Su séptimo tanto liguero trasladaba al electrónico las sensaciones.
El Madrid, apocado, sólo respondería con dos contras hasta el descanso. La primera, fulguante, involucró a Ronaldo, que centró para que Benzema se topara con Sirigu desde el área pequeña -minuto 34-. Perdonó el galo y se sobrepuso el meta italiano. Tampoco recuperaría la ventaja el delantero luso tras una transición lanzada por Casemiro hacia Danilo. El brasileño centró para la cesión del 9 madridista y el zurdazo desviado del Balón de Oro. Y el desenlace de una primera parte esclarecedora llegaría con un mal despeje de Ramos y Ronaldo que Riviere engatilló para que Navas blocara y luciera galones -minuto 43-. Había sido inferior un Madrid nada efectivo con y sin pelota sobre el cambio de dibujo.
Un pinchazo en este duelo dispararía la presión a afrontar y, ante el bloqueo expresado también en el inicio de segundo acto, Zidane decidió deshacer su probatura. La lesión de un Danilo oscuro -como casi siempre- patrocinó la decisión. Entraba James (patrón del aplomo visitnte) y se reconfiguraba un 4-4-2 sobre el que sus futbolistas se identificaban mejor. Marcelo, Modric y compañía crecerían con el paso de los minutos y, con ellos, lo haría el rendimiento coral visitante. Con celeridad se igualaría el ratio de posesión y cambiaría de bando, y al galope de la modificaciión táctica cosecharía el club capitalino el segundo gol de su casillero. Una combinación prolongada en la frontal rojilla (Osasuna había cedido metros) confluyó en la pérdida de Benzema que recogió Isco. El malagueño, mejor en la reanudación, aceleró en la conducción y envió su derechazo tibio a la red pegada al segundo poste -minuto 63-.
El partido se tornó blanco a estas alturas. Las sustituciones y el cansancio se añadieron a la recta de dominio merengue, con Lucas Vázquez, Kovacic, Clrec y Loé. Amarró, al fin, el virtual líder el esférico e implantó un cierre de envite templado, por la vía de la defensa con balón. No obstante, los locales no llegaban a discutir la posesión y cuando arriesgaban a presionar se exponían a verse sentenciados. El orden refrescado por los visitantes, con Casemiro en su esplendor, apagaría el incendio precedente y sólo cedería a Sergo León un cañonazo que hizo sacarse otra estirada de foto a Keylor.
En esta vertiente monopolística del Madrid, tan en desuso, las oportunidades obedecerían a la voluntad dañina en transición y en estático de Ronaldo. Sirigu le negó su segunda diana con un providencial pie al igual que Navas le había desdeñado a León la primera incursión del segundo acto. James, Modric, Isco y Marcelo, ahora sí, se asociaban para inyectar anestesia y redondear la firma de estos valiosos tres puntos (de oro si se atiende a la metamorfosis madrileña). El desacierto de Lucas Vázquez en los últimos metros contribuiría a certificar como inamovible el 1-3 -pues el gallego autografió la sentencia en el desucento- que nutre el liderato de los de Charmatín. Murió de pie un colista que no actuó como tal y Valdebebas ha de acoger una profunda reflexión por parte del estratega francés que lo gobierna. Lo radical del cambio de sensaciones consiguiente a la modificación táctica y de nombres es, tras el tercer intento de Zidane, indiscutible. Salió vivo de sí mismo el Madrid. Otra vez.