Opinión

Casi un siglo de esta guerra

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 12 de febrero de 2017

Todo comenzó el 13 de febrero de 1919 a las 7:00 de la mañana cuando un grupo de 57 soldados y cinco oficiales polacos hicieron una incursión a la ciudad de Biaroza (en la actual Bielorrusia) y capturaron a 80 soldados del Ejército Rojo. A este combate se lo llamó la batalla de Bereza Kartuska y fue el primer enfrentamiento de la guerra que libraron la Segunda República Polaca y la Rusia Soviética (a la que no se debe confundir con la Unión Soviética, que nació en 1922).

Por aquel entonces, el antiguo imperio de los zares se estaba desgarrando. Desde que los bolcheviques se hicieron con el poder después del ciclo revolucionario de febrero y octubre de 1917, reinaba el caos en toda Europa Oriental. Los soviéticos controlaban Moscú y Petrogrado (la actual San Petersburgo) mientras en las provincias más lejanas se hacían con el poder líderes locales y señores de la guerra. Los rusos bancos se preparaban para acabar con la recién nacida revolución. El ejército de Piotr von Wrangel, a quien apodaban “El barón negro”, se armaba en el Cáucaso. En el este, el almirante Kolchak hacía lo propio. Yudénich acechaba desde el Báltico. Miller amenazaba desde el norte. Como recuerda Norman Davies, Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania y Polonia se habían declarado independientes. Un “directorio” auspiciado por los alemanes gobernaba Ucrania. Los cosacos del Don y el Kuban se organizaban en asambleas. Georgia, Armenia, y Azerbaiyán estaban controladas por los mencheviques.

No solo el Imperio ruso se descomponía: el austrohúngaro directamente había dejado de existir. Por supuesto, como demostró Fejtö en “Requiem por un imperio difunto”, no se descompuso, sino que fue destruido. Las repúblicas de Austria, Checoslovaquia y los reinos de Hungría, Yugoslavia y Rumanía habían nacido de las ruinas del “mundo de ayer”.

De todos los Estados surgidos en estos años, Polonia celebraba su renacimiento. Dividida entre los imperios austrohúngaro, ruso y alemán, los polacos habían librado guerras por su libertad y habían mantenido viva la llama de la nación polaca desde el siglo XVIII. Si el Estado polaco había desaparecido, la idea de Polonia resistió a lo largo del tiempo hasta su restauración al final de la I Guerra Mundial. La memoria de la grandeza del siglo XVI y su pujanza como la gran potencia de Europa Central inspiraba a Józef Piłsudski (pronúnciese “Piudsudski”) el sueño de recuperar los territorios de la gran República de las Dos Naciones. Llamó a este proyecto Międzymorze, al que a menudo se llama en latín Intermarium: una federación entre Polonia, Bielorrusia, Lituania y Ucrania que contrapesase el poder ruso en el este y uniese los territorios que se extienden desde el Báltico hasta el Mar Negro. De ahí su nombre: “Entremares”.

Por supuesto, también los bolcheviques tenían sus proyectos de expansión. Lenin confiaba en extender el poder de los soviets hacia Europa Central como primer paso hacia el triunfo de la dictadura del proletariado en todo el mundo. En concreto, la esperanza de que la revolución comunista triunfase en la Alemania hundida tras la Gran Guerra lo llevó a planear un avance militar hacia “Mitteleuropa”. El gran obstáculo en esa carrera de los soviets hacia Europa Central era Polonia.

Así, las fronteras de Ucrania, Polonia, Rusia y Bielorrusia fueron el escenario del choque entre los dos países que se disputaban la recuperación de territorios que, en el pasado, habían pertenecido a unos o a otros según el siglo en el que uno se fije. Una de las grandes tragedias de este parte de Europa es, precisamente, que las fronteras han cambiado y la historia ha dejado a su paso éxodos forzados, matanzas y conflictos profundísimos que, durante el periodo de las democracias populares, se congelaron sin resolverse.

La Guerra Polaco-soviética, que comenzó hace ahora casi cien años en aquel pueblo de Bielorrusia, sigue siendo necesaria para comprender hasta qué punto es compleja y dolorosa la historia de esta parte del mundo. Los polacos comenzaron avanzando. Este ejército, compuesto por polacos que han luchado bajo las banderas del zar, del káiser, del emperador Fran Joseph, de los británicos, de los franceses, por fin marcha con sus propios colores. Los soviéticos, que están librando una guerra en cinco frentes, ceden ante el ímpetu de los hombres de Piłsudski. A lo largo del verano, los generales blancos acechan Moscú. La revolución parece condenada.

Sin embargo, los soviéticos se recomponen. El nacionalista Petliura es el primero en ser derrotado por los rojos. Se refugia en Polonia. Quince mil ucranianos se suman al bando polaco. Los soviéticos preparan una gran ofensiva. Al frente de sus tropas, están Trostky y Tujachesvski, Stalin y Dzerzhinski. Disponen de casi un millón de hombres. Los polacos avanzan sobre Kiev. Los soviéticos contraatacan. Las cargas de la caballería roja al mando de Budienny son devastadoras. Los bolcheviques cuentan con un arma sencilla pero terrible: la tachanka. Se trata de un carro tirado por caballos con una ametralladora que diezma a los enemigos mientras los adelanta solo para dar la vuelta y hostigarlos de nuevo. En la llanura, estas tácticas de combate son muy efectivas. Los polacos deben retirarse de Kiev para no ser cercados. En julio de 1920, Tujachevski pasa a la ofensiva y amenaza Varsovia. El 10 de agosto cruzan el Vístula.

Lo que viene después, merece otra columna y está inscrito en la historia de la guerra como “el milagro del Vístula”. Los polacos lanzan una operación relámpago. Se enfrentan con dos ejércitos soviéticos superiores en número y armamento. Los hacen retroceder. Los alejan de Varsovia. Los ponen en retirada. Reciben refuerzos de Piłsudski. Polonia y Europa occidental se han salvado. El 18 de agosto los polacos han rodeado al ejército de Tujachevski, que ordena la retirada desde Minsk. Cunde el pánico entre las filas del Ejército Rojo. El 18 de octubre de 1920, los soviéticos y los polacos firman el armisticio. La Paz de Riga de 1921 dividió los territorios de Ucrania y Bielorrusia entre la Rusia de los Soviets y la Polonia de Piłsudski. Los nacionalistas ucranianos vieron, de nuevo, frustrados sus planes de una Ucrania independiente. Fue inevitable que Petliura y los suyos se sintiesen traicionados. Cuando combatan del lado alemán durante la invasión de la URSS, los ucranianos se vengarán de los polacos en 1943 y 1944.

Cuando se cumple casi un siglo de esta guerra, deberíamos recordar estos episodios de la historia de Europa para comprender hasta qué punto las fronteras y los nacionalismos resultan peligrosos. En todo el territorio de lo que Sneyder llamó las “tierras de sangre”, los pueblos están entremezclados y es difícil decir, sin más, que un territorio determinado pertenece solo a uno de ellos. Los proyectos nacionalistas alienan a parte de la población y terminan produciendo tragedias como la que hoy sigue desangrando a Ucrania entre nacionalistas ucranianos y ucranianos de Dombáss. No se puede despreciar la historia y quedar impune. Por supuesto, esto no significa que debamos ser esclavos de ella, pero sí que debemos aprender sus lecciones.