Como era de prever, Pablo Iglesias se ha impuesto a Iñigo Errejón para liderar Podemos. La victoria, incontestable, deja a Iglesias en una posición lo suficientemente consolidada como para imponer todas sus tesis sin apenas cortapisas; que es exactamente lo mismo que habría hecho su rival de ser otro el resultado.
En Podemos no se dilucidaban ideas -por lo demás, bastante coincidentes en ambas facciones- sino una pugna por el poder del partido. Todo lo más, podría haberse puesto en juego una forma más radical -Iglesias- o pragmática -Errejón- a la hora de llevar a cabo la acción política, siendo la primera la preferida por la militancia.
El mensaje de integración y unidad lanzado por Pablo Iglesias es falaz. A día de hoy, en Podemos hay enemistades irreconciliables, y lo único que ha hecho Vistalegre ha sido evidenciar la victoria de unos sobre los otros, que no el entendimiento. Habrá que ver cómo digieren Errejón y los suyos esta nueva etapa, si bien parece claro que este Podemos nada tendrá que ver con el que hace poco más de un año a punto estuvo de ejecutar el sorpasso sobre el PSOE.