Opinión

San Valentín

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 15 de febrero de 2017

No tengo nada en contra de este santo, créanme, no es una cuestión personal, lo que sucede es que el amor que profeso me vino con una denominación de origen que no atiende a razones. De ahí que prefiera celebrar lo que bien puede ser una vida entera con sus días respectivos, que 24 horas de fuegos artificiales. A mí el día de los enamorados me parece una de esas licencias garbosas que el calendario perpetuo se encarga de recordar, pero es que lo del amor ocurrente no va conmigo. El amor no debe ser de testimonios comprados, debe ser de mirarse todos los días al espejo junto a tu pareja y hacer que el reflejo de éste te devuelva la mirada con una caricia. Es, como dice mi buen amigo Hurtado, el amor a raudales.

Les digo que amen a su pareja en todo instante antes de que doblen las campanas y sean estas con su tañer las que amorticen los tiempos perdidos. Apuesten por dos apocadas palabras que muchos no encuentran porque debieron dejarlas olvidadas en cualquier bolsillo de cualquier chaqueta: “Te quiero” Pero háganlo sin bajar la voz, no reparen en qué lengua vernácula han de hacerlo, da igual, porque no es solo el juego bilabial en sí, es la acústica de lo que no se puede ver la que regala el sentir hacia la otra persona.

No establezcan reglas, el amor no se mide al igual que tampoco se pesa, simplemente se otorga; porque una vida equivale al tiempo ganado o perdido según el celo, la sinceridad y el respeto demostrado. Créanme, si se ama, se vive, y cada nuevo día será una manera de volver a nacer, de ahí la importancia que tiene el demostrar a tu pareja que el día de San Valentín es tan solo un cruce de caminos con el resto de los días de toda una vida, ahora bien, sabiendo no achicar los espacios de libertad que cada cual se dispensa para sí.

Creo en el amor con un ligero toque de canela, porque el ser romántico es una receta tan antigua como la voluntad de amar y ser amado, pero miren ustedes por donde, doña Nuria Parrón, directora insular de Igualdad, perteneciente a Podemos, ha dicho Estoy de acuerdo en lo que a igualdad y respeto se refiere (les invito a leer mi anterior artículo del pasado miércoles “El calendario de género”); ahora bien, lo de desmontar el “mito” del romanticismo en el amor porque como la señora Parrón apostilla, pues mala cosa cuando salen a relucir los mensajes sesgados, entre otras razones porque cuando una formación política invade la intimidad y escarba en la hondura de los sentimientos ajenos ya la hemos jeringado.

El amor, que ha de ser tan libre como íntimo, a nadie le importa si el ejercicio de esta carrera de fondo, que es la propia vida, uno o una se empeña en demostrarlo con el frenesí de la química. Solo faltaría que los políticos tuvieran que ejercer de alcahuetes o dar el visto bueno de cómo enamorarnos o si debemos hacerlo con terapia de grupo supervisada por directrices de mando.

La injerencia del amor romántico en nuestra conducta viene dada por el equilibrio entre las personas que se complementan para lo bueno y lo malo. No hay otra y esa es la base del concierto. El amor es un traje a medida y cada cual elige la tela, el color y el patrón que más le conviene. San Valentín con su respetable encomienda para unos y unas, o la Venus de Milo representando a Afrodita, o tal vez la contemplación del mismísimo David, de Miguel Ángel, obras éstas que dilatan enamoramientos, son un medio para aligerar pesares y despertar emociones. Lo demás son ordalías de mentes inseguras, porque como dijo Blaise Pascal, “solo el corazón posee razones que la razón jamás entendería”. Allá cada cual.