Calibró Zinedine Zidane que la visita del Espanyol al Bernabéu, en esta tarde sabatina, representaba una dificultad menor que el desplazamiento a Mestalla que deberán realizar los merengues el próximo miércoles -para sellar uno de los dos partidos aplazados que han comprimido la cima clasificatoria y alzado al temperatura de la presión sobre su liderazgo-. En consecuencia a la proporcionalidad de esa lectura, el técnico galo apostó, no sin riesgo, por rotar: dejó fuera de la lista a Navas, Modric, Ramos -tocado- y Benzema, y en el banquillo colocó a Marcelo y Casemiro. Es decir, deshizo su columna vertebral, en el regreso de Bale al vestuario de Chamartín, para buscar salvaguardar tres puntos tan valiosos como los valencianos desde el fondo de armario.
Y se toparían los capitalinos con la resistencia, ordenada e intensiva, de uno de los bloques más consistentes del campeonato. El Espanyol, noveno en la tabla y que llevaba dos décadas sin triunfar en este recinto, edificó un muro en el centro del campo destinado a colapsar el avance madridista y arrinconarlo hacia la pugna por sacar centros laterales. Con cinco piezas en ese muro alzado en el ecuador del terreno, Quique conseguiría dificultar la circulación a los locales y guardarse la opción de contragolpear gracias a la velocidad de los sacrificados Piatti y Gerard Moreno, y la creatividad de Jurado y Reyes. Cederían metros los pericos sin complejos y alcanzarían a enturbiar el devenir hasta desplegar una densidad que lo coparía todo durante los primeros 30 minutos.
En ese amplio intervalo sólo arrancarían los locales opciones de remate, muy limitadas, a balón parado. El solitario cabezazo desviado de Pepe en un córner botado por Kroos -minuto 11- constituiría el pobre bagaje creativo permitido por el granítico rendimiento catalán. Con el juego entre líneas felizmente bloqueado, los obreros barceloneses ejecutaban con rigor la orden de su entrenador: guión de reducción de espacios y creatividad, donde se facilita la horizontalidad rival pero se cercena la profundidad con un atrincheramiento de alta intensidad en su cancha. Y la hoja de ruta se completaría, pues Ronaldo no recibía balones en el área y Morata no desbordaba en banda. Al no ceder manos a mano laterales, el Madrid necesitaba de soluciones y variantes que hicieran tambalear la amplia comodidad inicial visitante.
Dicha maniobra fue iniciada por el cambio de posición que tiró a Cristiano hacia los costados. De ahí surgieron espacios -por la capacidad aglutinadora de rivales del luso- que desembocarían en el único tanto del primer acto. Kroos y, sobre todo, Isco empezaron a crecer y dibujar un evolución que les entregaría el gobierno antes del intermedio. El primer aviso fue una estética elástica del Balón de Oro, pegada a la cal, sobre David López (mediocentro reconvertido a central); el segundo síntoma del cambio de escenario fue un centro que no pudo rematar Lucas Vázquez; y el tercero, un tanto anulado por fuera de juego.
Por el camino había alzado su presión un Madrid aplicado tras pérdida, de continuas emboscadas en el centro del campo. Esta presión, que convirtió en víctimas a Moreno, Reyes y Jurado y negó el respiro a los catalanes, también proporcionaría ocasiones con el decantar del minutaje. De hecho, un error forzado de Piatti, que cedió la pelota a Lucas Vázquez en la frontal propia, provocó una efervescente apertura Ronaldo. El extremo regateó desde la derecha y centró para que Morata empujase a placer. Sin embargo, Duarte interceptó, in extremis, para conjugar el peligro -minuto 31-. Y, cuando Isco ya había asombrado al rival y a la tribuna (con fino sombrero), el malagueño terminaría de asumir sus galones para remachar la aceleración vertical y combinativa local con un envío parabólico y quirúrgico hacia el desmarque de Morata. El canterano aprovechó la contemporización de su compañero para trazar un movimiento soberbio (entre los centrales y que heló a su par) y rematar su sexto gol en esta Liga -minuto 35-.
Había cosechado lo merecido el autoritario y paciente líder que se iría a vestuarios con un 69% de posesión y cuatro tiros -uno entre palos- ante la nada productiva de su rival. No obstante, cupo antes del descanso el repunte de la preponderancia de Nacho sobre Carvajal (los catalanes se preocuparon de cuidarse más de la dupla Carvajal-Lucas Vázquez), con varias incorporaciones sorpresivas y centros con peligro. Precisamente uno de ellos, proveniente de un cambio de juego sensacional de Kroos y prolongación de Isco, ofreció a Morata el 2-0, pero su remate al primer poste no hizo diana. Sólo en el 40 de juego se estiraría el Espanyol, con su primera combinación sostenida en campo oponente aunque sin consecuencias.
Le urgía modificar su planteamiento a Quique para cumplimentar su gusto por "generar dudas a un rival como este" -como explicó en la previa-. Y lo intentó al sacar a Reyes (descontextualizado) del verde y dar entrada a Hernán Pérez. Deshacía el falso nueve para recobrar la figura del delantero y el americano le entregó la razón con el primer tiro entre palos de su equipo en el minuto 60. Casilla estrenó sus guantes, entonces, para desviar a córner. Pero no cambiaría el paisaje controlador merengue. Zidane introdujo, a continuación, a Casemiro por un Kovacic magullado y con amarilla, y las imprecisiones de la salida de pelota visitante no cesaron, a pesar de haber amenazado.
Sea como fuere, en el primer cuarto de hora de la reanudación se reprodujo la acumulación de centros laterales y la limitación de llegadas del comienzo. No en vano, esta vez fueron Kroos y Casemiro, con sendos lanzamientos desde larga distancia, los que sustituyeron al balón parado como método de superación del colapso pretendido por el Espanyol. Pero iba a ir variando la fórmula paulatinamente, pues Sánchez Flores dictó una mayor ambición posicional en busca del debate del tempo y la pelota. Esta directriz abriría espacios para correr, su vía preferida de avance, a la ofensiva madrileña. Y Morata reafirmó tal acepción, antes de ceder su hueco al ovacionado regreso de Bale -minuto 71-, con un centro preciso que Ronaldo perdonó con todo a favor.
El trayecto hacia el desenlace multiplicó las transiciones de un Real Madrid que no las tenía todas consigo por lo ajustado del marcador. La falta de atino en el último pase de la línea atacante capitalina facilitaría la labor de sostén asumida por Diego López y abonaría la incertidumbre creciente en el graderío, pues pues el empate, esto es, la debacle, estaba a tiro de un gol. Lucas Vázquez detectaría la ruta hacia dos voleas infructuosas en el entretanto y, como su equipo no enlazaba el paso adelante táctico con la gestación de posesiones válidas, Quique quemó naves: Álvaro Vázquez, delantero, sentó a Jurado, centrocampista -que había probado suerte desde media distancia-. Figuraban dos puntas en el esquema visitante para afrontar los últimos 10 minutos de los que no sería parte el lesionado Nacho, que dio la alternativa a Marcelo.
Y la angustia del respetable se esfumaría en una deflagración de júbilo inesperada. Una llegada del Espanyol a los aledaños del área local se tradujo, con frenesí, en una contra que Isco uniformó de sentencia. El malagueño lució timming perfecto para sellar su segunda asistencia y convertir la galopada desde su campo de Bale en un mano a mano con Diego López. El galés cruzaría hacia la cepa del palo largo de potente zurdazo en su retorno, 88 días después de su lesión en Portugal. En el minuto 84 se abortó la incerteza y se confirmó la impotencia de un conjunto barcelonés que sólo fue efectivo en la cueva. Este triunfo consolida -si hiciera falta- la gestión del grupo de un Zidane que sigue quemando etapas de forma positiva en este tramo de hacinamiento de compromisos que le ha deparado el calendario. Y ya son 42 los partidos consecutivos en los que el Madrid anota al menos un gol (registro que supera a los datos del balompié de mediados de siglo pasado).