Opinión

La derecha conservadora

Florentino Portero | Miércoles 25 de junio de 2008
Uno de los primeros problemas que nos encontramos cuando queremos realizar un análisis político es que los términos de referencia de tanto usarse han acumulado significados diferentes. En ocasiones designamos como “conservador” un talante, un comportamiento psicológico: aquél que trata de detener el cambio. Pero “conservador” es también el que practica una determinada ideología presente desde fines del siglo XVII y que toma forma en torno al gran debate sobre la Revolución Francesa y a figuras políticas e intelectuales tan destacadas como William Pitt y Edmund Burke. En este caso no estamos ante un reflejo reaccionario sino, bien al contrario, frente a una forma de conducir el cambio, aquélla que se basa en la desconfianza en la razón, el apego a la experiencia, la reivindicación de los valores forjados a lo largo de la historia común y la defensa de la excelencia.

Recuerdo haber escuchado en más de una ocasión al inolvidable D. Vicente Cacho, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense e Investigador del Instituto Universitario José Ortega y Gasset, decir que la “derecha española vivía de los deshechos de la izquierda”. Tenía toda la razón. Tras el Franquismo la derecha se encontraba desorientada, desenraizada de la tradición ilustrada y liberal de los siglos XVIII, XIX y primeras décadas del XX y trataba de hacerse perdonar sus mayores, menores o inexistentes complicidades con la Dictadura tanto como su condición de derecha. Fue el momento del Centro, término que expresa una auténtica renuncia a ser algo, puesto que sitúa la propia identidad al albur de los demás, resignándose a no tener una ideología para limitarse a mantener una actitud.

Tras la Transición nuestra derecha trato de conformar un gran partido político reuniendo a grupos distintos. El pragmatismo se impuso y con él el talante conservador de tratar de frenar los procesos de cambio dirigidos por los socialistas al tiempo que se buscaba una imagen de modernidad. Aquél pragmatismo conservador garantizó al Partido Socialista cuatro legislatu-ras al frente del Gobierno así como una lenta agonía que concluyó en una dulce derrota.

Sin embargo, ya en el poder, el Partido Popular sufrió una destacable metamorfosis. La gestión económica, en inequívoca práctica liberal, dio paso tanto a una época de prosperidad como al entierro de las tradicionales doctrinas socialistas, aunque sin partida de defunción. La crisis vasca, por su parte, provocó en los populares una reflexión sobre principios morales y derechos y libertades que les retrotrajo, quizás inconscientemente, a sus raíces ilustradas y liberales. El PP se hizo liberal-conservador, al tiempo que se hacía español en su plena significación histórica. Ese PP fue el que logró la mayoría absoluta cuatro años después, el que empezó a quebrar los fundamentos de la cultura política de referencia, que no era otra que la socialista, el que se hizo portavoz de una renacida y renovada tradición liberal-conservadora. Por todo ello se hizo merecedor de una fortísima campaña de descrédito por parte de los centros de formación de opinión de la izquierda. Por primera vez en muchos años la derecha estaba en condiciones de convertirse en el referente ideológico.

El tiempo pasa y también las circunstancias. Precisamente por ello Mariano Rajoy ha planteado una revisión del programa del partido. Sin embargo no ha explicado con suficiente detalle el porqué. En realidad ni la sociedad ha cambiado ni los grandes retos políticos son otros que los de hace ya algunos años. Quien ha cambiado ha sido la dirección del partido. De nuevo, como en los años de la Transición, se ha juntado el talante conservador -tratar de limitar el cambio- con la ausencia de una ideología de referencia. El pragmatismo se ha impuesto y, en su peculiar visión de las cosas, adaptarse a la realidad supone renunciar a defender la propia ideología, porque quien hoy manda ni la entiende ni la comparte, aceptar jugar en campo contrario, renunciar a parte del propio programa para pasar a defender la versión más moderada de la política del contrario. Como decía D. Vicente, hacer propios los deshechos ideológicos de la izquierda.

Renunciar a ser no supone ganarse las simpatías del PSOE ni de sus aliados mediáticos, sino sólo merecer su desprecio. ¿Cómo no va a contar el giro impuesto por Rajoy con el apoyo de esos medios si es lo que llevan años buscando? ¿Cómo no van a vitorear la renuncia de la derecha a querer imponer un pensamiento de referencia cuando han estado a punto de ver cómo se imponía ante su propia impotencia?

TEMAS RELACIONADOS: