Este domingo 19 de febrero se realizaron las elecciones presidenciales en Ecuador. Lo que debería haber sido una fiesta democrática, en la que los ecuatorianos definirían su futuro Presidente de la República, ha terminado en una situación compleja y dañina, que tiene demasiados ingredientes propios de otros momentos de la historia latinoamericana. Vamos por partes.
En primer lugar, los resultados de las elecciones todavía no se conocen. Los conteos de votos transcurrieron de manera regular durante gran parte del proceso, pero de pronto la situación comenzó a cambiar, cuando se avanzaba sobre el 70 o el 80% de los sufragios. Este lunes la autoridad electoral de Ecuador señaló que los números definitivos estarían recién este miércoles, cuando queda menos del 15% de los votos por escrutarse. Las autoridades internacionales llaman a esperar con calma los resultados, pero es difícil mantenerla en las actuales circunstancias.
Rápidamente han comenzado las interpretaciones, que conviene revisar con detención. El líder del Movimiento Alianza PAÍS, Lenín Moreno lograba el 39,1% con el 90% de los votos escrutados. Esto no era suficiente para alcanzar la Presidencia, y debiera haber segunda vuelta el próximo 2 de abril, porque se requiere un 40% y una distancia de 10 puntos de diferencia con el segundo candidato más votado. Pese a esto, el candidato de la izquierda ha señalado que no será necesario recurrir a las urnas nuevamente, convencido de lograr ambos requisitos.
Por el contrario, el principal candidato de la oposición contra el gobierno de Rafael Correa, el hombre de empresa Guillermo Lasso, se ha manifestado convencido de haber obtenido una gran victoria, considerando que ha forzado la segunda vuelta y que tiene posibilidades de triunfar el próximo 2 de abril. En parte porque la candidata que obtuvo el tercer lugar con un sólido 15%, Cynthia Viteri -del Partido Social Cristiano-, anunció claramente que "vamos a votar por el señor Lasso" en un eventual balotaje. Agregó, con dureza, que en la elección triunfó el país, que decidió "cambiar un gobierno totalitario a través de las urnas".
Si bien los conceptos no están bien utilizados en el plano de la ciencia política o la historia, sí tiene una clara connotación, considerando la realidad local y continental. El gobierno del presidente Rafael Correa asumió en enero de 2007, dando paso a lo que denominó la “Revolución Ciudadana”. Su proyecto formaba parte de un movimiento más amplio de la izquierda latinoamericana, que comenzó con el advenimiento de Hugo Chávez al poder en Venezuela en 1999. Por distintas vías y con matices en cada caso, se pueden ubicar en este grupo el proyecto de Lula da Silva en Brasil, quien gobernó desde el 2003 a fines del 2010; Evo Morales, a la cabeza de Bolivia desde el 2006; Néstor Kirchner y Cristina Fernández, gobernando el primero entre 2003 y 2007, mientras su mujer lo hizo entre ese año y el 2015. A todos ellos se podrían sumar los casos de Uruguay, con el carismático José Mujica (2010-2015), y el complejo caso de Nicaragua, liderado en varias ocasiones por Daniel Ortega, la última vez desde el 2007 hasta el presente. Un elemento común de casi todos ellos hicieron peregrinaciones a Cuba, recibieron el saludo del dictador Fidel Castro y reiteraron los deseos de trabajar por sus respectivos proyectos políticos. Todos son convencidos constructores de la izquierda del siglo XXI.
¿Por qué esto cobra tanta relevancia en la elección presidencial del domingo 19? Es la interpretación que hace el propio Lasso, cuando señala en su cuenta de Twitter: "Lo que ha sucedido en Ecuador anima a toda América Latina y despierta aún más las ganas del CAMBIO en Ecuador". En todo esto hay una razón muy clara, que se explica en el contexto de la evolución política del continente en los últimos tres años: el régimen venezolano -surgido como modelo del socialismo latinoamericano-, nacido y ratificado por vías electorales, se ha ido perpetuando en el poder sobre la base de abusos y decisiones dictatoriales, ha procurado concentrar cada vez mayor poder y no se ha abierto a soluciones democráticas. Este deseo de perpetuación se ha tornado en habitual en algunos socialismos del siglo XXI, lo que hace temer ahora por la situación de Ecuador. En concreto, la curiosa postergación de los resultados hace pensar a los opositores en un intento de fraude electoral para evitar la segunda vuelta.
A esto se agrega otro elemento que se ha convertido en un peligroso aliado de estos gobiernos, como es la polarización. Ecuador es un país que habiendo conocido algunos logros en los primeros años de Rafael Correa, es hoy una sociedad dividida. Esto no sería un problema si la resolución de los conflictos políticos se mantiene en una lógica democrática y dentro del Estado de Derecho: el problema se presenta cuando existe el riesgo de que se vulnere la voluntad popular o cuando se intentan intervenir los resultados electorales. Quizá por eso han salido los ecuatorianos rápidamente a las calles a defender la democracia: como señala un folleto promocional de las marchas, "es más fácil salir HOY a la calle, que mañana de TU país", en clara alusión a la situación de Venezuela. Ya veremos cómo termina el proceso de primera vuelta y en la definitiva segunda vuelta si llega a suceder, lo que permitirá constatar la continuidad del régimen socialista o bien el cambio de rumbo en Ecuador.
Sea cual sea el resultado, el impacto no se concentrará exclusivamente en Ecuador, sino que se extenderá por el resto de América Latina, que vive un viraje político desde hace algún tiempo, hacia el centro y la derecha. El año pasado el intelectual y político mexicano Jorge Castañeda escribió en el The New York Times un interesante artículo titulado "La muerte de la izquierda latinoamericana" (22 de marzo de 2016). Ahí señalaba: "Los últimos meses han sido devastadores para la izquierda latinoamericana. En Argentina, Venezuela y Bolivia, la izquierda sufrió contundentes derrotas. El presidente de Ecuador, Rafael Correa, quien probablemente tomó en cuenta esas tendencias, decidió abandonar sus intentos para permanecer en el poder". Sin embargo, a pesar de la ausencia de Correa, sí podría proyectarse el "correísmo", que demostró tener un gran apoyo electoral el domingo pasado.
Para comprender mejor esta compleja situación debemos considerar que la política es muy dinámica y la historia oscila en distintas direcciones, muchas veces imbricadas, en otras contradictorias, en ocasiones llega a parecer una tendencia de una sola dirección. En caso latinoamericano, es bueno recordarlo, tiene avances y retrocesos, ilusiones y desengaños, coherencia y contradicciones. Por lo mismo, si la "marea roja"en algún momento estuvo presente en muchos países de una manera casi incontenible, en los últimos años ha venido a menos y hoy se encuentra fuera de varios gobiernos de la región. Sin embargo, como es necesario recordar, nada de esto logra anticipar qué sucederá en el futuro.