Opinión

Marta del Castillo

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 22 de febrero de 2017

Las verdades, aunque lleguen tarde, no dejan de ser necesarias. Debiera ser un desahogo para quienes viven atenazados por la mentira si con ello se paga un precio de silencio por mantener guardada la prueba contraria. No es cuestión de conciencia, porque ya sabemos que hoy en día la buena moral que existe solo sirve para sembrar hortalizas. El caso de Marta del Castillo, es uno de esos casos en donde el juego de la verdad y la mentira están abusando de todos lo que aún creemos en la justicia.

Aunque solo sea por higiene de vergüenza ajena, deberíamos plantarnos en nuestra condición ciudadana y acudir entre todos al levantamiento de esa voz que necesitan los familiares de esta niña día tras día durante los ocho últimos años. Ponerse en el lugar de los padres no es posible. Nunca podrá serlo a menos que la vida guarde venganza en sufrimientos análogos. Uno intenta huir de esta desgracia ajena queriendo traicionar al dolor de los afectados, pero el drama se adueña de los justos con la misma facilidad que se concentra la mala leche por tantas injusticias que vienen mermando las ánimas de quienes tenemos hijos. La turbación que producen las mentiras o los silencios cómplices en un caso como éste es lo que alimenta la maldad hasta un límite de sufrimiento destructivo físico y psicológico de difícil superación. Es la cadena perpetua para una familia ayudada por el coraje como única fuerza resultante.

No pongo en duda el empeño de ciertas instituciones con sus recursos y medios en la investigación para encontrar una mínima prueba de lealtad en favor de esta familia. Debo elogiar la disposición de cuantos participan en la zozobra de una búsqueda a ciegas. También cabe destacar la intervención de lo políticamente correcto; ahora bien, estando en pleno siglo XXI no se corresponde con dar por buena la voluntad de los silencios cómplices de unos cuantos presuntos culpables, compinches o encubridores. El caso genera un rechazo cargado de repugnancia, y todo esto, después de ocho años, las náuseas obligan a algo más que una justicia de letargo y unos mecanismos de ineficaz resultado.

Nos hemos convertido en mediocres contemplativos reflejo de un país mediocre en donde la sensibilidad se pone del lado del infractor, del cobarde, del ilegal. Prima más la afectividad hacia el terror y se paladea con excitación el morbo de lo perjudicado. Somos mediocres porque una insubordinada minoría clama y maneja los cambios de la cordura. Estamos en una etapa muy peligrosa en donde la disconformidad se regatea hasta voltear los términos y favorecer al reo, de manera que la tolerancia ha dejado paso a la pérdida de la lógica hasta conseguir que lo prohibido consiga el amparo de las influencias. Por eso no se esclarece este escabroso caso de Marta del Castillo, porque cabe sospechar la existencia de coberturas influyentes en toda la trama.

El padre de Marta del Castillo, Antonio del Castillo, ha declarado que la familia se encuentra nerviosa ante el nuevo operativo de búsqueda de los restos de su hija en la dársena del Guadalquivir en Sevilla y confía en que se trate de la última. Y uno se pone nervioso por la magnitud que toma la esperanza de la desgracia. Unos simples restos son suficientes para el cobijo del consuelo mientras el tiempo de los criminales guarda culto de favor hacia quienes cubren con su poder la miserable cobardía de su silencio más nauseabundo.

Antonio del Castillo, su mujer Eva Casanueva y el abuelo de la joven, Antonio Casanueva, se asoman al borde del Guadalquivir, entre los puentes de la Barqueta y el Alamillo, donde los buzos de los Grupos Especiales de Operaciones (GEO) rastrean el fondo fluvial para intentar localizar los restos de la joven. Permanecen inmóviles, miran con desasosiego el escaso consuelo de encontrar una brizna de algo, lo que sea, pero que se asemeje a Marta en lo más parecido a un soplo de dolor atenuado. Para ellos sería respirar aromas de libertad entre tanto sufrimiento, pero uno contempla las entrañas del dolor ajeno en esa imagen y siente el escalofrío de la barbarie hasta que te das cuenta que la mediocridad se ha instalado en nuestras vidas por culpa de tanta asquerosa mentira, tanta doble moral y tanta consentida maldad.