Opinión

¿Museo? ¿Internacional? ¿del Barroco? No…

DESDE ULTRAMAR

Marcos Marín Amezcua | Jueves 23 de febrero de 2017

Dijo Voltaire que el Sacro Imperio Romano Germánico ni era Sacro ni era Imperio ni era Romano ni era Germánico. Ese mismo profundo sentimiento me inspira el decepcionante y pomposamente llamado Museo Internacional del Barroco, un espacio dizque museístico, que apunta a albergar el escurridizo tema del barroco, montado en la ciudad de Puebla, en México. Carece de los tres atributos con que se denomina y que los pongo muy en duda en el título de esta entrega.

Una lástima de verdad, pues sus políticas hostiles a sus visitantes, son deleznables y lo desmerecen, lo mancillan y evidencian sus múltiples carencias. Y ni modo, como visitante es lo que pienso y procedo a explicarme con cartesiana vehemencia y me impide conceder un ápice de mérito alguno.

A este local amigos que me leen en todo el mundo, yo ni recomiendo acudir ni mucho menos. Pues en efecto, ese emplazamiento ni es museo ni es internacional –sobre todo eso, por sus cerriles criterios de admisión– ni es del barroco.

Como mexicano y asiduo visitante de museos, no tengo reparo alguno en exaltar los que considero estupendos, por serlo. Y no es el caso del que ahora me ocupa y no recomiendo visitarlo en tanto no modifique sus hostiles y arbitrarias políticas de recepción de visitantes.

Para mí ha sido asaz decepcionante visitar este inmueble –y lo dejaré en esa categoría– de la ciudad mexicana de Puebla. Muy cacareado el recinto, pero con poca sustancia y con políticas nada amigables hacia los visitantes, discriminatorias, inadmisibles y de muy corto criterio, científicamente nulo y poco invitante para regresar a él.

Me apersoné en el lugar aprovechando una visita relámpago a la Angelópolis el domingo 19 de febrero del presente año y con la ilusión e interés genuino de ver una cosa que dice llamarse museo. Y encima con el ribete de “internacional” y un género que algunos expertos en arte dicen que nunca existió en México: el barroco.

De esto último no me fío, pero que sepa usted que hay quien ha sostenido que el género artístico barroco es impostado y en México, el colonial del otrora virreinato de Nueva España, es inexistente. A saber.

Pero le hablaré de las certezas. Pues bien, nada más llegar al sitio me reciben con una indicación absurda y atropellada: que no se pueden hacer fotografías con cámara digital. Ha leído usted muy bien: sin explicación alguna, mucho menos fundada, científica y pese a que en el siglo XXI usted puede bloquear el flash de su artefacto, para no dañar obra alguna de su atención. Pues bien, los encargados de cada sala sencillamente plantan su carota y sin pestañear te señalan la prohibición con un dejo de suficiencia inaudito. Y en un terreno que se apoda “internacional”. Es para que a uno se le ericen los cabellos ante semejante arbitrariedad. Lo del flash posible de bloquear lo explico y menciono, porque en ese sitio no se enteran y merecen saberlo, porque esta columna la van a leer.

La discriminación aflora pronto y sorpréndase amigo lector en ambos continentes: con teléfonos móviles (digitales) y tabletas (la mar de digitales) sí se permiten las fotos, a veces. ¿Comprende por qué con unos aparatos digitales, sí y con otros digitales, no? Yo tampoco. ¿Cómo que las cámaras digitales no se permiten y los demás cacharros, sí? Yo como simple turista no pienso lucrar con mis fotos del recuerdo. Aunque la vergonzosa pobreza de la librería del local bien que frustra y aconseja hacer las propias, porque carece de guías amplias del contenido del lugar. Total, que a las fotos ni las venden ni las haces. Menuda idea estrechita de lo “internacional” se montan allí. Y no puedes fotografiar amplias partes interiores del “museo”. A mi acompañante entrada en años, que de cámaras entiende poquito, careciendo de un instrumento con el cual hacerse sus fotos, le han increpado que se abstuviera de hacerlas, avanzado el recorrido, sin el mínimo cuidado de verificar siquiera esa remota posibilidad, inexistente. Así de estrechos y torpes los encargados. La cientificidad de la medida brilla por su ausencia, mientras reluce la arbitrariedad y campea la estupidez.

Pero las malas sorpresas no acaban en ese sitio “internacional” en comento. La revoltura de piezas propias y prestadas y la carencia de un discurso hilvanado, coherente, impide saber exactamente el todo necesario de exhibición de las piezas. Hay tantos objetos procedentes de otras colecciones revueltas entre lo temporal y lo permanente de su acervo, que acaba aturdiendo no poderse descifrar qué nos quiere decir este pretendido museo. Mal su museografía, pese a los detalles de vanguardia que de cuando en cuando asoman, desmerecidos. La exposición de su contenido es caótica. ¿O es que pretende ser barroca en la peor acepción que recoge el diccionario? Siendo así lo consiguen para mal. Yo no he visto tal desorden en museos europeos de gran renombre.

Como era domingo el restaurante había cerrado dos horas antes del cierre del “museo”, con el peregrino argumento de que nadie más acudiría a él después de las 17 horas. Increíble en una edificación que presume de internacional. Pero asómbrese: no faltó ujier que cortante me expresara que si quería (perdiera mi tiempo, digo yo) rellenara un libro de observaciones que revuelve halagos y críticas, el cual es leído por el mismísimo director, dijo ufano. Pues como si lo leyera el Papa, le he respondido. Un tuit y este artículo espero que sean más eficaces para instar a que modifiquen políticas tan absurdas, arbitrarias e infundadamente cerradas. Máxime que está siendo leído tal texto en el Viejo y en el Nuevo Mundo.

Las piezas propias expuestas son pocas y de una pobreza de hechura las más, que da pena. Para un perímetro con pretensiones de museo, es que se merecía mejor suerte y mayor criterio de selección. Sus estetas han fallado totalmente.

A mí me ha dado mucha pena este lugar. No lo recomiendo. Regreso a las fotos. ¿En qué cabeza cabe prohibirlas en un museo Internacional? ¡Por Dios! Es penoso. Es un criterio muy cerril y muy provinciano, carente de toda explicación fundadamente científica y alejado de la supuesta visión internacional de que presumen y alardean. Dije cerril por no decir pueblerino, que no poblano, porque la bella Angelópolis merece mejor suerte que funcionarios tan cortos en sus criterios, obtusos, echando a perder tan peculiar lugar. ¿Internacional? dicen…seguro qué no. Les quedó muy grande el nombrecito.