Diego Pablo Simeone, que repitió en la previa el mantra de "ellos son mejores pero nosotros, sabiendo eso, partiremos para competir", no se guardó nada y reprodujo el exitoso once que encarriló el pase a cuartos de Champions hace unos días. Oblak y Godín serían las únicas variantes, con Vrsaljko en sustitución del lesionado Juanfran y Gameiro en compañía de Griezmann. Luis Enrique, en cambio, esbozó una modificación de salida: dejó a sus dos laterales izquierdos en el banquillo para apostar por Mathieu, con Busquets en su puesto natural y Mascherano fuera por un infortunio. El tridente se nutriría de la apuesta de mayor calidad que se le ocurrió al Lucho -con Arda en la Ciudad Condal-: Rafinha e Iniesta remarcaban el intento blaugrana por refrescar su identitaria relación empalagosa y autoritaria con la pelota ante un centro del campo, el rojiblanco, que no desdeñaría la lucha por el control del envite, como ya hizo en el Camp Nou. No en vano, aquella eliminatoria de Copa, perdida, activó el rendimiento colectivo de un bloque indio mejor cohesionado desde entonces.
Con el correr del esférico se adivinaría el tipo de guiones entrecruzados: los capitalinos serían todo verticalidad, alternando presiones elevadas con cesión de metros para explotar a la contra; los vigentes campeones de La Liga, por el contrario, tratarían de dictar un tempo pausado, de combinación horizontal y perpetua, para restar importancia al físico de la medular rival y domesticar los intentos por acelerar los vatios que receta la querencia del Cholo. Pues bien, en el primer pestañeo se jugaría sobre la voluntad de un Barça que salió con tres centrales -Mathieu, Pique y Umtiti-, tres mediocentros -Busquets, Iniesta y Sergio Roberto- y dos carrileros adelantados -Neymar y Rafinha-. El sorprendente 3-5-2 (o 3-3-4) barcelonés, que mutaba en el 4-3-3 paradigmáctico en fase defensiva, le entregó el mando en un primer cuarto de hora en el que los madrileños avisarían con continuos balones a la espalda de la zaga catalana. Uno de ellos no sería cazado por poco por Carrasco. Y Godín remataría desviado el saque de esquina posterior en la apertura de hostilidades -minuto 4-.
Se activaba tras pérdida un Barça agresivo posicionalmente, cuya variante táctica pareciera estar abonando el terreno para remontadas venideras. No obstante, las imprecisiones con que comenzó su ejecución el bloque rojiblanco proporcionaron a Messi su primer chut, a las nubes, tras un robo en tres cuartos de cancha a Gabi -minuto 7-. Se desenvolverían ambos, sobre todo, bajo el paraguas del respeto mutuo, la no exposición y el cálculo de riesgos, ante lo trascendental del montante en disputa.
Tardó 15 minutos el Atlético en empezar a rebatir el soliloquio con el cuero culé. Su primera asociación sostenida concluiría con un centro desde la derecha que Stegen bloquearía. Sin embargo, el meta teutón sacaría en corto mal y gestó una suerte circense de combinación de la línea ofensiva local que acabó en sus guantes. Atrapó el internacional alemán la jugada rocambolesca, pero había sembrado un ascenso de la fe y ardor colchoneros que contaminaría la esencia controladora buscada por Luis Enrique hasta borrar el monopolio de la posesión. Incluso, la ventisca de centros laterales tendió a acomplejar a un Barcelona incapacitado para repeler las superioridades por banda, sobre todo por la de Filipe, Koke y Carrasco, aunque los remates claros atléticos no arribarían.
Del minuto 20 a la media hora se trazó un intervalo rojiblanco. Los pupilos del Cholo ganaron metros y terminaron por hurtar el protagonismo propositivo a un Barça en el que el carrilero Rafinha yacería a hectáreas de la pelota durante los primeros 45 minutos. Así, Griezmann embocó de zurda un balón suelto que salvó Umtiti y lanzó de diestra una emboscada de Gabi que robó en campo blaugrana. La jugada se zanjó con un vuelo de Stegen -minuto 26-. De inmediato, una nueva acción de estrategia madrileña obtendría remate (fuera). Estaba atravesando el favorito una fase incómoda de la que quiso salir con el antídoto de la defensa con balón. Y poco a poco se soltaría lo pegajoso del rendir rival, aunque enlazaría su mejor ocasión no en estático, sino en vuelo. Iniesta, superado en lo físico por su impío par, Saúl, acertó a dibujar un pase que sacó a Messi de las sombras. El 10 enfiló y cambió el ritmo para dejar a Neymar -el más lúcido de los suyos, aunque empeñado en brillar en un regateo continuo- en mano a mano con su marcador. Y el carioca se la devolvería al astro argento, que lanzaría un zurdazo punzante que, tras ser desviado varias veces, sería despejado por Oblak y se toparía con la madera. El trencilla sentenciaría el nudo anulando lo siguiente -minuto 30- por mano del delantero charrúa.
La aproximación hacia los vestuarios corroboraría el aspecto de apertura de espacios y ambición que se desataría en la reanudación. Un robo de Griezmann a Iniesta, bien peleado y sintomático de la actitud local, inyectó mordiente a una transición frenética hilvanada entre Gameiro y su compatriota. El pase filtrado del ex sevillista ganó un dos para uno (ese uno era el portero) que Stegen, providencial, supo leer cuando el Atlético salivaba por el 1-0 -minuto 34-. Y respondió el guadianesco Barça con una asociación volátil entre Iniesta, Messi y Neymar que Suárez tradujo en falta en la frontal. El argentino asumió el lanzamiento y, desde el pico del área, esbozó una pintura hacia el palo largo que Oblak condecoró con una reacción que elevó la belleza de la acción y la definió como córner -minuto 38-. Un testarazo de Piqué que el portero esloveno atajó sobre la línea de gol bajó el telón de un primer tiempo que empezaría atenazado por la táctica y derivaría en desamarre de la calidad que los dos escuadrones pusieron en el verde.
Con este regusto a un crescendo en espectáculo dio comienzo el periodo definitivo. Proseguiría el desafío estilístico de ambas batutas pero lo harían con un puñado de valentía añadida. Las dos escuadras subieron líneas y adelantaron sus defensas. El resultado, previsible, fue la acumulación de espacios a explotar en cada robo. En ese paisaje amaneció para su equipo Suárez, que cruzó demasiado un disparo en cara a cara con Oblak -minuto 48-. Tres minutos después marcaría territorio un Atlético de voluntad dominante. Carrasco desató el vértigo de una contra que descolocó el equilibrio culé y que Griezmann estrelló en Stegen. El zurdazo angulado del galo dio paso a un chut raso y tímido de Gabi y a un cabezazo fuera de tino de Godín -en la enésima jugada ensayada rematada-.
Pese a este último relato de llegadas colchoneras, con que se quemó el minuto 55, el movimiento ofensivo de Simeone abría las ventanas para que se pudiera colar la vertiente erosiva y contragolpeadora con que Luis Enrique ganó el triplete en su primer curso al frente de Can Barça. Y por esa rendija del intercambio de golpes desequilibrarían los visitantes a un púgil, el madrileño, falto de pegada y permeable a las decisiones arbitrales. En este encuadre, y en el minuto 64, Rafinha se desperezó en la única diagonal que trazó hasta esa altura para abrir una oquedad en el cierre rojiblanco. La concatenación de pases y rebotes en espacios reducidos le brindó un balón suelto que, con la pierna mala, alcanzó a cruzar ante la imposibilidad de Oblak para contravenir el 0-1.
Simeone reaccionó con el mismo riesgo que decretó para el desenlace del partido. Sentó a un Carrasco intrascendente y dio cabida al aglutinador espiritual Torres. Y, ante un Barça contento en la gestión pausada de la ventaja por el cauce de la pelota, se inflamaría el recinto que no verá más fútbol a partir de junio, pues Godín restalló las mallas con un cabezazo certero en otra falta lateral ganada por la línea ofensiva -minuto 70-. Acabó pagando el sistema visitante su endeblez en la defensa del balón parado y ahora se abocaba a una fiscalización de su personalidad, pues el incendio ambiental ya estaba declarado y las huestes atléticas habían sublimado el esfuerzo y el nivel de exigencia en cada pulgada de cancha.
Iniesta, Mathieu y Gameiro dejarían sus escaños a Rakitic, Digne y Correa. Luis Enrique entendió que debía introducir pulmones a una medular en decadencia y suturar las posibles contras ajenas con más velocidad para sostener a su adelantado dibujo. Y la dupla Simeone-Burgos hizo lo propio, en busca de una mediapunta capaz de sudar en repliegue y de sangrar la espalda de un presumible arreón final blaugrana, a la caza de los urgidos tres puntos
El epílogo no ofrecería un viraje conformista colchonero. Ni mucho menos. Los madrileños mantuvieron su presión, casi suicida si se contempla el factor del cansancio y de la calidad que jugaba al otro lado del terreno. El horizonte del triunfo catárquico seguía atisbándose cercano, aunque la pelota era azulgrana y el ritmo estaba cayendo. La solidez combinativa con que llegó a la orilla del empate el sistema local se tornó en la verticalidad inicial, pero Umtiti y Piqué pondrían el lazo a una actuación impoluta en la persecución de las liebres rojiblancas. Y Andre Gomes supuso el último cambio visitante -por Sergi Roberto-, subrayando el anhelo de sacar una tajada mayor de esta última visita a la ribera del Manzanares.
Obtendría lo pretendido el técnico asturiano en el minuto 86. Se había volcado el césped hacia la meta de Oblak y, en una acción de pizarra, Umtiti imaginó un pase sin hueco que terminó en asistencia desde la línea de fondo y remate a la red de Messi -desaparecido en casi todo el enfrentamiento pero, de nuevo, irremisiblemente determinante-. El aguijonazo de La Pulga hizo que el Atlético abrazara la épica, pero los capitalinos, que murieron de pie, no tendrían energía ni claridad para inquietar a Stegen en un cierre de partido volcánico. Salió a flote un Barça que no fue superior pero sí más eficaz, y que saca dos puntos en la cima clasificatoria a la espera de la cita merengue en casa del Villarreal. El talento de su delantera desniveló un combate que deja exhausto al aficionado que lo circunda. La atronadora ovación final de la tribuna a los suyos evidenció lo exquisito de estos eventos, aunque el resultado no resulte favorable. Los culés se reenganchan a su favoritismo liguero tras haber superado a la mejor versión liberada del juego de toque local.