Un tal Francesc Homs es juzgado por prevaricación y desobediencia por la Sala II del Tribunal Supremo. He visto un rato por televisión el interrogatorio del fiscal al acusado. El ambiente obedecía al ritual que impone la cosa. Pompa, pompa y pompa. Nada. ¿Cuál es la singularidad de ese Tribunal en un país en ruina? ¡Quién lo sabe! El Tribunal Supremo no es menos cuestionable que el Parlamento de Cantabria o que cualquier otra comunidad autónoma. Las instituciones están derrumbándose, pero el personal sigue engañándose. Bastaba seguir un par de respuestas del tal Francesc Homs para hacerse cargo del declive de todas las instituciones. Respondía con largura y de modo desafiante bajo la piel de cordero degollado, incluso cuestionaba la pertinencia de las preguntas del fiscal sin que nadie le llamara al orden. El tal Homs, más parecía un “querulante” (un picapleitos que utiliza el derecho en su beneficio personal) profesional de baja estopa que un hombre responsable, un político sensato, que puede ser inhabilitado por desobedecer un requerimiento del Tribunal Constitucional; por cierto, ¿qué papel desempeña este Alto Tribunal en la caída del actual régimen de apariencias democráticas? Pompa, pompa y pompa. Nada.
Cualquiera con un poco de decencia intelectual sabe que la única salida para Cataluña es la aplicación del artículo 155 de la Constitución, pero el Gobierno no lo hará porque le falta coraje, determinación e inteligencia. Por lo tanto, solo nos queda tragar con un sistema político absolutamente ridículo que nadie sabe cómo acabará. ¿Ridículo? Sí, porque no deja de ser absurdo darle competencias para gobernar a los burócratas de provincias de unos partidos políticos que se han dedicado al pillaje y el robo desde 1978 hasta hoy. Unos robaban el 3%, otros el 30 % y, luego, hay que contar a los que iban por libres que ni Dios sabe lo que habrán robado. Todo esto de las Autonomías acabará mal, sin duda alguna, porque algo que lleva sin funcionar tanto tiempo termina en catástrofe. Ese tinglado surgió para taparles las bocas con dinero a los que pedían independencia y a los otros se les daba la oportunidad de “robar” con sosiego. ¿A quién le puede entrar en la cabeza un parlamento en Murcia o Santander? Es de risa. ¿Quién puede entender que en Andalucía no pueda recibirse una herencia por los impuestos que hay que pagar? ¿Por qué en determinados lugares de España no hay educación en español? Y así sucesivamente…
Ha pasado mucho tiempo desde que esto empezó para no tener un juicio formado sobre las Autonomías. Los pasados treinta últimos años han acumulado un espesor de sucesos suficientes para que hayan adquirido ya una corporeidad histórica y una fisonomía. En otras palabras, no podemos hablar de este pasado del “Estado de las Autonomías” como lo hacemos de los acontecimientos diarios. No vivimos en lucha con el presente autonómico. Por el contrario, podemos contemplar y comprender las Autonomías con la serenidad que da juzgar una parte del pasado. Sí, sí, ha llegado la hora de juzgar ese Estado de las Autonomías sin hacer política militante y, sobre todo, no permitir que la militancia del pasado, la simple lucha por la descentralización del Estado franquista, vuelva para clarificar el pasado. Eso sería una locura de partidos sin sesos. Ha llegado la hora de explicar que todo el sistema autonómico es un espanto. Será, además, la muerte de los grandes partidos. El sistema autonómico está tan muerto como la representación democrática que lo mantiene. Pero el Poder sigue engañándonos con embelecos jurídicos y televisión basura a todas horas.