Hay una reveladora imagen de la visita oficial que Ronald Reagan efectuó a la entonces Unión Soviética, donde se le ve estrechando la mano a un niño en la Plaza Roja de Moscú. Tras ellos, y entre fornidos guardaespaldas, aparece un inocente turista de rasgos caucásicos. Cámara en mano, parece dispuesto a retratar al presiente norteamericano. La historia no pasaría a mayores, de no ser porque el turista en cuestión era nada menos que Vladimir Putin, que ocupaba un puesto de responsabilidad en el KGB (del que llegaría a ser director, antes de regir los designios de Rusia). De hecho, en su primera visita como presidente ruso a la sede del KGB, afirmó que “al fin uno de los nuestros ha llegado al Kremlin”.
La historia del espionaje soviético está indefectiblemente ligada a la Guerra Fría. Fue allí donde sus agentes se labraron una sólida reputación, siendo maestros en el arte de infiltrarse en “el enemigo”. Además, inventos como el “paraguas asesino”, cuya punta estaba impregnada de una dosis letal de estricnina, son suyos. Y hoy, junto a chinos y norcoreanos, tienen hackeado a medio mundo, hasta el punto de que en las próximas elecciones holandesas el recuento de papeletas se hará de forma manual, ante el temor de que los hackers rusos puedan interferir.
Pero si hay un servicio secreto legendario en el mundo, ése es el Mossad israelí. Sus misiones han sido llevadas al cine con frecuencia, como en “Munich”, donde se cuenta la historia real de la orden que da Golda Meyer de vengar a los atletas israelíes asesinados en la villa olímpica muniquesa por terroristas palestinos. Prácticamente todos fueron liquidados. Mítica también fue la captura en Argentina y posterior traslado a Israel de, teniente coronel de las SS Adolf Eichmann, ayudado a escapar de Alemania por Odessa. Por no hablar de las menos conocidas, pero de las que pueden dar buena cuenta gobiernos como el de Siria.
El mundo de los espías ha tenido siempre un cierto halo de glamour, y eso quizá se deba a los británicos. Su apego a las tradiciones forma parte de su cultura, hasta el punto de posponer un ataque contra los turcos en Gallipoli durante la 1ª Guerra Mundial para después de la hora del te. No cambiaron mucho las cosas en la 2ª Guerra Mundial, al menos en Grecia. Mientras Montgomery se batía el cobre contra Rommel en el desierto norteafricano, y la RAF libraba un duro combate en el Canal de la Mancha contra la Luftwaffe, el Atica se veía invadido por toda una cohorte de arqueólogos e historiadores de Oxford y Cambridge con rango militar.
Uno de ellos, Peter Fleming, se hizo acompañar de una tonelada de libros como equipaje personal. Encargado de tomar el paso de Monastir, su misión no tuvo éxito y hubo de ser rescatado en Creta. Allí embarcó en un buque de la Royal Navy, tras ser rescatado por un agente llamado Bond. Años después el hermano de Peter, Ian Fleming, se haría famoso con las historias sobre el agente secreto más famoso del mundo del celuloide: Bond, James Bond. Quién iba a decir que sus orígenes fuesen tan reales…