Opinión

El espejismo catalán

TRIBUNA

Antonio Domínguez Rey | Domingo 05 de marzo de 2017

En artículo previo aludía a un fenómeno político que afecta a la entraña de la Constitución española. Sin pretenderlo, pero como consecuencia de un argumento de fondo solapado. La Constitución de 1978 alienta el formalismo estatutario. Invita a las Comunidades Autónomas a convertir la forma constituyente en sustancia y sujeto colectivo con horizonte reflejo de Nación o Estado. El binomio incita a diferentes quiasmos de relación AB : BA si a uno y otro término le asignamos propiedades de relación a, b, c, d… n imprevistas cuando se dictó el texto o que, consideradas, se sometieron después a cambio de contexto. Y el sentido actual de aquellos significados varía. Hay un corrimiento semántico de conceptos por superposición de significante. Y esto afecta al referente, en pura semiótica.

La concesión de título de nacionalidad a ciertas autonomías, como la catalana, produce un espejismo claro. Creen los políticos locales que, cuanto se dicta hoy en el parlamento autónomo, proviene de sustancia jurídica constitucional propia. El discurso reinante procede de la creación de condiciones paratextuales desde, por lo menos, el año 2011, en plena crisis económica y temblor social de Estado. El caballo de la corrupción, al galope. El espejismo de soberanía e independencia echa raíz en el binomio citado. El hábito legislativo creó, con el jurídico consecuente, la convicción parlamentaria de que, quien legisla, rige, modula, cambia, tergiversa, impone, convence.

Barcelona pone a prueba las bases de la Constitución. Si no se aplican los recursos contemplados en ella para evitar lo que se solapaba, el Estado quiebra, efectivamente. Se hace trizas. ¿Y qué se solapó? La efervescencia autonómica. En 1978 quedó encubierto bajo el concepto de autonomía, y para desviar la atención, el problema implícito de las regiones consideradas nacionales por razón de lengua propia como la castellana. Y la castellana ya había adquirido, desde siglos, el título de nacional y española frente a las demás romances. La pérdida del latín, tronco común de casi todas ellas —el vasco está latinizado, si no es otra derivación romance, como propone algún investigador—, secó la raíz cultural de convivencia y el horizonte histórico común. Esto favorece aún hoy la conversión de parte en principio excluyente, como sucede con la inmersión lingüística autónoma de carácter nacionalista y aconteció ayer con el “español” respecto de catalán, gallego y vasco. Y la expansión permite aplicar el concepto de lengua oficial a dialectos o variedades locales.

A esto se une el efecto globalizador de la cultura. Los medios de comunicación crean otro espejismo. Segregan lo particular de la resonancia común, pero con instrumentos de tecnología globalizada. Producen un eco reflejo que dota a la parte de raíz virtual autóctona. Vivo —medita el receptor— en mi inmediata circunstancia, pero con proyección de mundo cuyo reflejo me dispara a esferas sublimes de totalidad integrada. Absorbo el horizonte. Me constituyo.

Quienes conocen este proceso de ensimismamiento social con resonancia de mundo totalizado, y tienen poder legislativo, saben que la manipulación de la distancia acrítica entre realidad y sesgo virtual de integración es garantía de juego político. Y de tanto jugar, las reglas del juego —repiten en medios políticos— se sustancian.

El formalismo se convierte en sujeto de convicción estatutaria. Por eso los políticos catalanes refuerzan la actividad soberanista. Quieren que haya eco continuo en Barcelona, Madrid, Bruselas, Londres, Washington, Moscú, Tel Aviv, allí donde se cuece la política inmediata.

Han ensayado todo tipo de provocaciones para justificar la escalada. Han fallado casi todas, dentro y fuera de España. Y como los gobiernos estatales dilatan el problema con concesiones, parches en los ojos —para no ver—, y dispendio económico, la costumbre adquirida incrementa el espejismo soberano. La política virtual instaura en Cataluña una costra de legitimación opuesta a la legalidad constituida. El Gobierno nacional responde con rodeo de leyes constitucionales, lentas e ineficaces de tanta ida y vuelta. El proceso se alarga, el reto pierde fuelle si no se estimula. Solo queda recortar los tiempos y asaltar la Bastilla. Junts pel Sí acaba de proponer al parlamento catalán la proclama de República independiente por vía de urgencia. El desafío, claro. La sedición y secesión, cumplidas. Y que el Estado español aplique ley y fuerza para poder remover así la opinión pública internacional.

La provocación continua de este espejismo lleva al límite el fundamento político de las Comunidades Autónomas. El Estado español se cuartea. Quiere suicidarse. Si no activa los recursos previstos, el fondo social de la Constitución ya carece de sentido. Y si la Unión Europea entra también en crisis constitucional, España queda al pairo. Urge, pues, insistir en la culminación del proyecto Europa, pero dándole un giro de tuerca. Aún no hemos explorado del todo el caudal de siglos de nuestra historia.

Y aquí encontramos otro espejismo y problema. Tal como se ha desarrollado la Unión Europea hasta este momento, el aparato legislativo creó una entente virtual ficticia. Una nueva Jerusalén flotante. Sus gobiernos, comisiones, delegaciones, funcionarios, bancos, etcétera, constituyen una ciudadanía superpuesta a los países que forman la Europa política. Y los peatones sufren las consecuencias. Sienten que los amenaza una élite política, burocrática, financiera, mediática, y que les impone normas, usos no habituales. Los convierte, de ciudadanos normales, en promotores y ejecutivos de algo, lo que sea. Cambian las condiciones de vida. El Brexit es resultado evidente. Francia amenaza con lo mismo. Europa se ahoga con su duda cartesiana. Y la vibración de este desconcierto, acentuado ahora por la política de restricciones externas y nuevas condiciones de Estados Unidos a los aliados europeos, incrementa también el espejismo catalán frente al resto del Estado español.

La cuestión es incrementar la densidad del aire en contacto con el suelo tórrido de la incertidumbre y alimentar los índices de refracción de luz que acentúen la ilusión óptica independentista. Hasta convertir la forma en sustancia de un nuevo sujeto colectivo. Se incrementan los adjetivos, actuaciones. Se multiplican los atributos. Buscan luego el sujeto que los sustancie. Un sustantivo a golpe de imagen y escena múltiple de pantalla que palie el ruido sordo de la corrupción inducida. Un predicado que busca sujeto, diría Ortega y Gasset. Y con predicamento.

Es hora de que alguien evalúe, no solo la pérdida de tiempo y energía del último lustro, sino el caudal derrochado. Convergencia Democrática de Cataluña tendió, a través de la Generalitat, una red económica capciosa dentro y fuera de España, a modo de previsión exterior de un hipotético y soñado Estado catalán inscrito o no en la Unión Europea. Y al mismo tiempo, como caución de cualquier contratiempo y urgencia. Los juegos cruzados de presidentes de quita y pon, de siglas nuevas de partidos, de declaraciones cada día más altisonantes, de referéndums sí o no — encarados contra el Estado español, al que pertenece Cataluña—, son dilaciones, trampillas a la espera del predicamento que salte a categoría. Formas de ganar tiempo. El tiempo que todos perdemos.