"Dame la pelota, no habrá ningún problema". Así se titula una entrevista realizada por L´Equipe a Andrea Pirlo y publicada este lunes como aperitivo de la temporada que el jugador italiano acaba de comenzar con el New York City de David Villa. En el texto, el mejor cerebro organizador que jamás haya jugado al calcio reflexiona sobre la motivación que le mantiene, todavía, en el centro del juego de un equipo profesional. Con 37 años. Y es que la MLS dio comienzo este fin de semana y qué mejor embajador del campeonato estadounidense para el Viejo Continente que uno de los futbolistas más distinguidos que haya salido de las fronteras europeas.
Pero, de entre los argumentos sobre los que reflexiona el arquitecto del último Milan triunfador (el de Ancelotti) y de la Juventus presente, sobresale uno que ha iluminado la mirada de los aficionados culés y, por extensión de los fanáticos del balompié. La posibilidad de confeccionar un centro del campo con Xavi, Iniesta y Pirlo estuvo sobre la mesa. Y se propuso en la cima de aquel legendario proyecto que encabezó Pep Guardiola y continuaron Messi y Luis Enrique.
El acto, clandestino, se celebró en las entrañas del Torneo Joan Gamper. El equipo rossonero compareció en el Camp Nou el 25 de agosto de 2010 para terminar perdiendo en los penaltis el torneo estival (1-1 fue el marcador). La noticia y los focos de aquel atardecer fue el regreso de Ronaldinho al coliseo que le vio florecer hasta deslumbrar. Dinho fue agasajado por sus ex compañeros -jugó defendiendo la zamarra milanista, el club posterior a su etapa blaugrana- y para la posteridad quedó el gesto cariñoso que le dedicó Puyol. El capitán catalán le obligó a hacerse la foto inicial con el once local, ante la ovación de la tribuna.
Pero, después de toda aquella escenografía y del encuentro, Pep llamó a Pirlo para expresarle su voluntad. La idea con la que fabulaba para sumar excelencia a la excelencia. Así lo relata el protagonista: "Con el Milan habíamos jugado un amistoso contra el Barcelona en el Camp Nou. Después del partido, Guardiola me llamó para que fuese a su despacho. Quería saber si me gustaría jugar en el Barça. Fue un buen detalle que me invitase a su despacho". "Pero el Milan no quería que me fuese", confesó el genial mediocentro. Galliani, que por aquella época trataba de suturar el envejecimiento de su plantilla y la decrepitud de su proyecto (con Berlusconi empeñado en desanudar su situación jurídica desde el Parlamento de la nación), se negó.
La intervención del directivo se comprendía en aquel momento, pero, visto en perspectiva, no se tiene tan clara la utilidad del movimiento si se considera lo posterior. Y es que un año más tarde, las desavenencias económicas entre la estrella y la cúpula rossonera cultivaron una fractura que desembocó en la salida del jugador, gratis, hacia la Juventus. En Milanello no le creían capacitado para gestionar su caída física y le daban por acabado. La Vecchia Signora ganaría, girando sobre su talento, todos los Scudetti en los que participó desde ese fichaje y llegó a la final de la Liga de Campeones de 2015. Y el Milan ya se sabe cómo se ha manejado en el último lustro. Despojado de la suculenta suma que podría haber percibido desde la Ciudad Condal.
Así se dejó de escribir una de las historias más relevantes escritas en los anuarios de este deporte. Esas líneas, que sólo manejó el actual entrenador del Manchester City en su cabeza, sirven ahora para desatar la nostalgia de un pasado que no llegó a acontecer. Igual la etapa de Pep en el fútbol italiano, en la que compartió césped con Roberto Baggio y con un incipiente Pirlo -que no era mediocentro sino mediapunta- en el Brescia, llevó al técnico catalán a sentir que debía intentar cerrar el círculo.
Pirlo perdió este domingo ante el Orlando City de Kaka. Por la mínima. Sigue jugando sin necesidad de pegarse un sprint, como en los últimos 12 años de éxitos casi ininterrumpidos y remató su charla con dos aspectos interesantes: la final de Champions perdida ante el Liverpool de Benítez cuando ganaban 3-0 al descanso y su forma de jugar. "Había un clima surrealista después de un partido surrealista. Perder así una final es algo difícil que se repita. No se lo deseo a nadie", expuso sobre el primer punto. Y concluyó su comparecencia definiendo la mágica improvisación que le acompaña: "Todo me sale naturalmente. No puedo ni siquiera explicarlo. Mi fútbol se ha tratado siempre de hacer cosas de forma sencilla, de hacer las cosas más sencillas para mis compañeros".