Opinión

La conga de Bembibre

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 08 de marzo de 2017

La cosa viene de atrás. Esta es una moda que nunca dejó de serlo, o sea, que está inventada. Lo que sucede es que los simpas de ahora han perfeccionado el sistema y no solo dan la espantada a toda mecha sin pagar, es que lo hacen regalando espectáculo de variedades.

La astucia o la billaquería, como prefieran, es una de esas artes más o menos refinadas para birlar lo ajeno sin renunciar a la elegancia del timador; ahora bien, lo que viene sucediendo a gran escala ya es harina de otro costal. Que al menos 120 personas hayan organizado un bodorrio y después del soberano banquete hayan desfilado del local bailando la conga hasta desaparecer sin pagar la cuenta, ya es de traca. Este nutrido grupo, al parecer compuesto por rumanos, tienen tomada la medida a la provincia de León con diferentes episodios de similar naturaleza. Comen y beben hasta la saciedad para después huir dando el palo de marcharse sin pagar.

Hay que reconocer que España es diferente y quien lo dijo sentó cátedra. Lo que pasa es que nosotros queremos que así sea a todos los niveles y lo mismo nos da, que nos da lo mismo. Nos va la marcha esa de lo tragicómico porque somos un país de muchas horas de sol al año y por eso el turismo viene a ronronear y a mantener el PIB en niveles asequibles. De ser un país con nubes de evolución, casi permanentes, o sea, un país gris marengo, otro gallo nos cantaría. Eso sí, siempre nos quedaría la tomatina de Buñol y otras opciones festivaleras, pero no sería lo mismo. Lo que seduce de verdad es que somos diferentes, ya sea por el clima, como dije, o porque somos un país de puertas abiertas y nada selectivo en eso de las acogidas a discreción, lo cierto es que aquí funciona la barra libre como en ningún otro lugar del mundo para la vidorra de delincuentes y tanta prenda viviendo a la sopa boba; pero como estamos en época de carencia existencial, pues nos hemos vuelto tolerantes con todo, excepto para con la lactosa, eso sí.

Toda esta patulea que vive a costa de nuestros impuestos, nuestras cotizaciones e incluso de nuestra pensiones, tienen el futuro mejor asegurado que cualquiera de nosotros. Es frustrante y por ello me considero un “pringao” y no porque envidie a estos trápalas del delinque, sino porque nadie me advirtió de que esto iba a resultas de tener que trabajar hasta los 70 para mantener a los vividores de oficio. Ahora mismo, en España, los que entregamos a las arcas del Estado hasta la última flujometría, resulta que nunca es suficiente porque el ambiente está bastante cargado con eso de lo políticamente correcto. Y es cierto, uno acusa lo de estar en un hilván en donde las palabras, gestos o conductas están al servicio de la tibieza y de ahí que mientras unos pueden decir o hacerlo todo, otros debemos contemplar como florece y se desarrolla la naturaleza del odio, del mal y hasta lo que se tercie, eso sí, con la debida impunidad y venia correspondiente.

La debilidad de los que gobiernan por un lado y el índice de corrupción por otro, son simuladores de vuelo para dar alas a cuantos adictos a vivir del cuento, y también del desafuero, encuentran en nuestro país un auténtico vergel. Ahora mismo esta sociedad nuestra está inmersa en una oscura eclosión de quienes hacen valer la contradicción para imponer lo disoluto. Enfundados en una superficial progresía a modo de filántropos, eso sí, con el dinero de los demás, hacen creer que nuestra historia y nuestra cultura es de usar y tirar. Aquí lo que ahora vale es el postureo y todo lo que vaya contra esa corriente es sinónimo de ser intemperante con los derechos humanos y otras lindezas, como si a estas alturas de la vida estuviéramos aún en el destete (sin ánimo de ofender)

Me pongo en el lugar del atribulado propietario imaginando como estos sujetos se marchaban de su local al ritmo de conga festejando el no pagar sus zambras familiares para después en la calle, sin perder el ritmo afrocubano, tomar las de Villadiego y desaparecer a bordo de sus coches de alta gama, según los atónitos testigos presenciales. De manera que, mientras los vividores y sus acólitos valedores nos van dando de llana, solo nos queda hacer el reto del maniquí, ojipláticos del todo, como viene siendo norma. Desde hoy mismo prefiero el tango a la conga. Por si acaso.