Opinión

Siglo y medio del Danubio Azul

DESDE ULTRAMAR

Marcos Marín Amezcua | Jueves 09 de marzo de 2017

Entre los aniversarios redondos de 2017 contamos con el alusivo al siglo y medio del estreno del vals El bello Danubio Azul, evocadora pieza clásica decimonónica, cuya belleza empalma perfectamente sus acordes melodiosos y acompasados con el río que le presta su reconocible e inconfundible nombre. Estrenado el 13 de febrero de 1867, merece referirse porque se trata de una gran obra reconocida en el mundo entero. Tras de una centuria y media disfrutando su interpretación, este aniversario es una gran ocasión para enunciarlo.

Compuesto en 1866, desde entonces es perfectamente identificable. Para mí, al tratarse de una de mis piezas favoritas, me evoca la Viena imperial, la dinastía de los Habsburgo en su etapa final ya del canto del cisne y me supone un refinamiento tal, incomparable, que me mueve a congratularme por su existencia. Mis nexos con este vals son entrañables. Amén de ser siempre una obra grata, cuando conocí el caudaloso Danubio en mi visita a Viena en 2005, pude escuchar el vals y verlo bailar en la Orangerie del afamado palacio de Schönbrunn, la magnificente residencia imperial vienesa de los Habsburgo y en donde además, nació el emperador de México Maximiliano I, quien ya no tuvo oportunidad de oírlo por quedar enfrascado en su aventura mexicana, abandonado a su suerte, tan distante de los elegantes salones de su patria, en donde se fue bailando poco a poco y con gran entusiasmo y entrega. Me parece una creación equilibrada y sumamente cuidada. El Danubio Azul es de una magistral elegancia, esa que era propia de la Viena imperial del siglo XIX, que entre brocados y terciopelos, satines y muy cuidadas costuras, aún irradió deslumbrantes destellos que la consagraron todavía como la capital de la música.


Se trata de una combinación musical espléndida, que resulta en una composición de gran calado y reconocimiento. Su sesquicentenario de existencia deleitando a quienes oyen este fluido vals de hermosas notas, impide sustraernos de referirlo.

Además, se da la circunstancia de que siendo México un país que celebra el cumpleaños número quince de las chicas, es pieza de obligada interpretación, lo cual lo convierte en algo muy popular y rápidamente reconocible. Así que a su fama mundial cabe añadirle su capítulo mexicano.

A mí me agrada porque me parece sublime. Si la obra está completa – porque hay que reparar en que existen mil y un versiones– ergo suele contar con una duración de poco más de diez minutos. Como un vals que va in crescendo en su ritmo, acrecentado su majestuosidad, lo ha dotado de su fama mundial, resultando en una ocasión enaltecedora para los sentidos.

El río Danubio, que besa 10 países de Europa con sus 2888 kilómetros, tocando cuatro capitales, inspiró a Johann Strauss (hijo) a componer este opus inigualable, su vals posiblemente más afamado. Uno que delinea Austria por más que desde luego el río cruce por otros sitios. En ese mismo tenor, es una melodía que evoca como pocas, a Europa misma. Su universalidad es elocuente y su elegancia, magistral. Porque no cabe duda de que el vals en comento a diferencia de otros, no se limita a ser sonoro o cadencioso. Es que posee una singularidad muy peculiar que lo distingue sobremanera de otras interpretaciones de su género.

Apenas puede creerse que a su autor no le gustara este vals. Que, en efecto, su ejecución inicial fue un gran éxito y que refrendó tal en su presentación en la Exposición Universal de París de 1867 y que Fernando del Paso, premio Cervantes, en su afamada obra magna Noticias del Imperio lamenta que el fallido emperador de México Maximiliano I y su esposa Carlota de Bélgica no hayan tenido ya ocasión de bailarlo bajo, por ejemplo, los robustos ahuehuetes del bosque de Chapultepec debido a que para cuando se estrenó, Maximiliano estaba a meses de ser fusilado y su esposa ya se encontraba de regreso en Europa implorando desesperada los apoyos negados para su fatídico imperio desmoronándose inexorablemente, de forma tal que amén de que jamás volvieron a verse, imposibilitándose tal posibilidad, nunca lo bailaron para gozo y disfrute de su corte.

Elegido para interpretarse y valsarlo en las calles vienesas en el apoteótico arribo del año 2000, demuestra su raigambre y el regusto que conserva entre los austríacos y particularmente entre los vieneses.

Hablar del vals Danubio Azul me remite a mi encuentro con semejante caudal. Adormilado a su paso por Viena, no cabe duda de que le imprime su personalidad. Lo recuerdo visto desde el aire ya al despegar de la capital austríaca. Qué gran ocasión. Desde Rumanía mi amiga Marcela me obsequia unas palabras de órdago al referirse a este prominente torrente que conoce bien: “El Danubio entra en las tierras de Rumanía por un monumental arco de triunfo que forman los Cárpatos al separarse de los Balcanes y sale a través del enorme, suntuoso y maravilloso abanico de los tres brazos ( Chilia, Sulina y Sf. Gheorghe) que crean el delta. Antes de llegar a la hidrocentral Puertas de Hierro, el fluvio es tan estrecho (allí entre los Cárpatos y Balcanes mide solo 230 metros!!!) y sus aguas tan arremolinadas, que las furiosas olas sugieren el enfrentamiento entre dos titanes; se perciben los gritos de batalla de los dos gigantes”.

Me parecen muy sugerentes tan ilustrativas expresiones. Celebremos pues, disfrutando de esta melodiosa composición en esta ocasión irrepetible.