Opinión

Centrifugado nacional

TRIBUNA

Francisco Massó | Sábado 11 de marzo de 2017
Los grupos, las organizaciones y las instituciones sociales mantienen su equilibrio gracias a un juego de fuerzas internas, unas de carácter centrífugo, que tienden hacia fuera y amenazan con la disolución del sistema social y otras de tipo centrípeto, que dan solidez y refuerzan la cohesión, porque miran en pro de la consistencia interna. La eficacia de la agrupación depende de las últimas.

Si alargamos la vista y miramos a la sociedad en su conjunto, el proceso no es diferente, tal vez porque el principio isomorfico se replica por todas partes. Hay veces, que el afán centrífugo obliga al sistema a consumir mucha energía para conservar su estabilidad; y, cuanta más energía destine a garantizar su viabilidad, menos eficaz se mostrará para resolver los problemas cuya resolución le da sentido. Así, se inicia un proceso desintegrador creciente: a menos eficacia, mayor fuerza centrífuga.


Históricamente, el proceso centrífugo, igual que el centrípeto, ha partido del núcleo. Si éste está enfermo, dañado, o es incompetente y no cumple su misión, el arrebato toca a huir de él, alejarse y crear otros organismos que garanticen mayor eficacia en la provisión de bienes y estabilidad.

En la historia de España, hay cuatro momentos precisos en los que las fuerzas centrífugas han asumido una gran virulencia y colapsado el proyecto nacional.


La primera ocasión fue la guerra simultánea de Cataluña y Portugal contra la Monarquía de los Austrias, podrida por la corrupción del duque de Lerma y el de Uceda (ajusticiado) con Felipe III, y el conde-duque de Olivares con Felipe IV. Eran tiempos de ladrones a la vera del Trono, ocupado éste por retoños decadentes, fruto de la endogamia secular: corrupción y desorden político.

El segundo momento deriva de la infausta monarquía del rey innombrable, que desató las guerras carlistas. Chiquillos entre 12 y 31 años, pobres y muy desarraigados, lucharon en las guerrillas, por unas tradiciones e intereses que no les concernían. El aglutinante era la parte más integrista de la sociedad, capitaneada por la casta eclesial, que veía amenazadas sus manos muertas. El abrazo de Vergara se dio porque Espartero garantizó mantener los Fueros vascos; y aun así, nació el PNV poco después… La tercera guerra, suscribió el Concierto navarro, compatible con los requetés. Sólo la simpleza del conde de Morella (Ramón Cabrera i Grinyó) no alcanzó otro acuerdo similar para el Maestrazgo y Cataluña. La inmoralidad y desprestigio del rey se saldaron con el cupo y el concierto, que a los españoles nos hace muy desiguales.

La tercera convocatoria secesionista se produce durante la II República: coincidiendo con la revolución de Asturias, Companys proclama el Estado Federado Catalán. Lerroux, a la sazón Emperador del Paralelo y gran capo del estraperlo, sin prestigio y comido por la acción corrosiva de Largo Caballero y Durruti, no parecía enemigo a la vista. Sin embargo, terminó metiendo en la cárcel a todo el Govern. En Madrid, había corrupción y descomposición política y la Generalidad centrífuga aprovechó la coyuntura, que no tuvo éxito.


La cuarta envestida la estamos contemplando, impertérritos, ahora. Las claves son idénticas: corrupción e inmoralidad en la cúspide, mediocridad a discreción. El núcleo está enfermo y las fuerzas centrífugas se crecen. Esta vez, desde aquel café para todos, los centrífugos llevan años sembrando memes en las escuelas, a rebufo del tráfico de competencias. Unos, que tampoco eran centrípetos, han vaciado el Estado, con tal de ocupar la Moncloa, mientras otros se han atrincherado en sus caros peajes a la gobernabilidad, con tal de hundir la viabilidad de la Nación.

Ortega dijo: España es el problema, Europa la solución. Bien es cierto, que lo dijo antes de subir Hitler al poder; si no, no lo hubiera dicho. Pero, hoy, volvería a decirlo. Esto de Europa nos da un respiro; porque si Catalunya ocupara el sitio que deja la Gran Bretaña…, que no, Europa tendría que afrontar diez o doce subdivisiones más: Bélgica se dividiría en dos, Italia en tres o cuatro, Francia otro tanto y así…; pero, Europa nos da un respiro, solamente.


Dentro, queda mucho por hacer, dice Rajoy, cuando está inspirado. A mi juicio, empezaremos por lay electoral, para conseguir que el voto de cada español tenga el mismo peso democrático. Hoy, un voto que se eche en Tarancón vale cinco veces el voto que se echa en Aranjuez. ¿Es equitativo y constitucional? Se puede arreglar declarando a todo el territorio nacional distrito único…

Después, habrá que demarcar competencias del Estado y de los diecisiete estadillos y dos medios, reintegrando al Estado aquellas que se hayan utilizado con deslealtad y traición, como la enseñanza, que nunca debió otorgarse. Hay que reforzar la tendencia centrípeta.


La Justicia o se debe sólo a sí misma, o siempre andará tuerta, guiñando ojos, o haciendo la vista gorda. Es decir, al servicio del centrifugado, sea catalán mallorquín, valenciano o andaluz.

La elefantiasis del Estado y de los otros diecisiete estadillos y dos medios debe ser combatida, con la quimioterapia y antivirales que sean apropiados, en aquellos ámbitos donde no son eficaces. Por ejemplo, el INEM paga 9.000 funcionarios, que son incapaces de colocar a un solo parado y controlar el fraude. Dedicando ese dineral a fomentar el autoempleo, el trabajo cooperativo, o, si me apuran, las OTT, el parasitismo habría menguado y también las fuerzas centrífugas.

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