Traducción de Elena Martínez. Gadir. Madrid, 2016. 240 páginas. 18 €.
Por Francisco Estévez
Viene de largo el actual mestizaje de géneros. La fertilidad intergénerica puede rastrearse con facilidad en los grandes autores del XIX. Por ejemplo, el hartazgo de ciertas formulas narrativas estimuló a Galdós la redacción de La incógnita y Realidad (ambas de 1889) novelas de suspense. En Italia, Federico de Roberto coqueteó con oficio de igual manera con la novela negra en Estremecimiento (1897). Las irradiaciones del naturalismo francés saltaron rápidas la barrera del país transalpino y dieron color a la corriente verista de Giovanni Verga. Mientras Emilia Pardo Bazán exponía su comprensión de Zola en La cuestión palpitante (1883) avivando más si cabe un debate literario ya caldeado, un joven De Roberto reunía el mismo año unos artículos críticos contra la agotada fórmula escritos bajo el pseudónimo de Cardenio para las revistas Don Quijote y El Estatuto de la efervescente Sicilia. En ellos proponía una máxima libertad para el arte, romper las cadenas del dogma naturalista y, en especial, la experimentación en temas y en técnicas.
En efecto, el problema de la forma fue una obsesión jugosa para el autor de Los virreyes (1894). La ruptura con los predicados zolianos se apunta ya en los cuentos Documentos humanos (1888) que avanzan el estudio psicológico y el distanciamiento del modelo francés, hasta el uso exclusivo del diálogo, anulando por entero al narrador en un ostentoso juego hacia la impersonalidad en los cuentos de Procesos verbales (recordemos cómo en esa época Realidad de Galdós es novela dialogada y La incógnita es una transcripción de cartas), semejantes indagaciones técnicas emprendían ambos maestros en consonancia con Dostoievski o Tolstói. Un mismo humus literario abonaba Europa entera, la novela psicológica se aupaba. (La literatura comparada es cada vez más requisito para bien comprender las evoluciones de las poéticas y los géneros narrativos).
Para el italiano, la elección del argumento de una novela implicaba de forma tácita la elección del método de tratamiento. Las grandes virtudes de su obra son la sutileza del análisis y la profunda coherencia formal y expresiva, valores hoy en franca retirada de buena parte de la literatura del día para nuestra desgracia. El amor fue la línea temática principal del autor, de un modo u otro cada texto suyo es un asedio a las diferentes esquirlas que presenta el complejo y omnímodo sentimiento. Aparte quedan los distintos ensayos que dedicó al tema como Una página de la historia del amor, Cómo se ama o El amor. Fisiología- Psicología moral (1895) hipótesis que tendrán vertiente narrativa en Los amores. En España no se ha prestado atención a la figura del buen crítico que fue Federico de Roberto, quizá la buena labor de Gadir u otra editorial atenta pueda servirnos los ensayos recogidos en El color del tiempo (1900) o el volumen de estética El arte (1901).
Estremecimiento representa el gran precedente de la fértil novela negra italiana. El mismo Leonardo Sciascia fue ferviente lector de Federico de Roberto. El sonido de un disparo y una sien desmenuzada en las primeras líneas es el clásico arranque de cualquier novela que se precie del género aquí cumplido sin menoscabo. La condesa de Arda aparece muerta por disparo y se duda entre suicidio o asesinato. Los principales sospechosos serán su amor, el príncipe Alessio Zakunine, quien a los ojos del juez resulta un “rebelde sanguinario, un indigno Don Juan”, una revolucionaria rusa o el joven Roberto Verod. Conviene no desvelar mucho más de la trama. Baste apuntar cómo el interesantísimo papel del juez Francesco Ferpierre configuró el papel del detective del giallo durante el siglo XX. No resultará extraño que el personaje de Ferpierre tuviera pasado de escritor, en una época en que el autor tenía mucho de detective de la realidad. Otros filones de interés son el drama entre realidad y ficción, la original de la obra y la sensibilidad con que está acometida. Pero quizá lo más valioso del texto y aquello que más puede calar en el lector es, sin embargo, que el suspense literario conjuga aquí una indagación más profunda y notable, aquella del alma humana.