Bien mirado resulta inquietante que la portada del último número de The Economist anunciando la próxima revolución francesa no nos parezca obligatoriamente un expediente publicitario para llamar la atención del lector, sino, quizás, una manera de resaltar la gravedad de la crisis de nuestro vecino y especialmente de las repercusiones que para todos puede tener lo que suceda en Francia.
Podría ocurrir que las próximas elecciones presidenciales constaten la incapacidad del stablishment para afrontar los problemas del sistema político francés, y dando un salto hacia delante señalen el comienzo de un nuevo régimen en la República. Las elecciones en cualquier caso van a ser disputadas sin aparición en la liza de quienes habrían de ser los líderes “debidos” de las fuerza políticas, que han improvisado liderazgos a toda prisa, salvo en el caso de la Sra. Le Pen. El centro derecha ha cerrado el camino a Sarkozy y Juppé, apostando por un candidato quemado por los escándalos presuntos casos de corrupción y descalificado por su reacción ante ellos (“no hay juez, cuando hablan las urnas” supone una carta de presentación infame). En la izquierda las posibilidades de Enmanuel Macron, ex-ministro de economía en el gobierno socialista, son mayores que las de quien tiene el respaldo del partido socialista Benoît Hamon, después de que fuera eliminado Manuel Valls y se descolgara a la vista de sus nulas expectativas, en una situación sin precedente en la historia constitucional, el Presidente François Hollande.
La tarea a abordar sería identificar correctamente las causas de la insatisfacción política de la sociedad francesa, comenzando por una gestión poco adecuada de su sistema económico. La economía francesa no crea riqueza, como se ha hecho en Alemania, está gravemente endeudada, arrastra un sector público exageradamente grande, opera con normas laborales excesivamente rígidas, y es demasiado paternalista. El resultado es un sistema no suficientemente competitivo, con un alto desempleo y una débil creación de puestos de trabajo, que afecta sobre todo al sector joven de la sociedad (con un 25% del desempleo).
Tan grave como la crisis política es la situación moral de pesimismo y desánimo que tienen que ver con el fracaso de los instrumentos fundamentales tradicionales republicanos para producir la integración y asegurar una coherencia mínima a los componentes de la nación francesa. No ha funcionado la igualdad, que en muchas ocasiones se ha mostrado como un mero slogan ante la persistencia de los prejuicios raciales y culturales, ni tampoco el laicismo, que no ha resultado una alternativa eficaz al atractivo del fundamentalismo religioso para los sectores de la inmigración.
La situación se ha agravado por una coyuntura especialmente delicada, acentuada por la insania de los ataques terroristas, que ha llevado a adoptar medidas ciertamente excepcionales en el nivel de la protección de los derechos de libertad, y el recurso al ejército para tratar de brindar protección a una sociedad justamente muy asustada y que puede ser tentada por quienes tratan de resolver demasiado expeditivamente el equilibrio entre las exigencias de la seguridad y las de la libertad.
La crisis económica, moral y de libertades hubiese necesitado una dirección política fuerte, apuntando a un liderazgo nacional que no ha sido posible, porque la significación internacional de Francia ha ido disminuyendo, entre otras cosas por una deficiente comprensión de la dimensión europea, que cada vez tiene un respaldo menor de la sociedad. Francia es ahora el país menos eurófilo de la Unión, según testimonian diversas encuestas, aunque ciertamente, desde tiempos de De Gaulle, las reticencias del país galo con el proyecto europeo no han faltado, como se mostró cuando se rechazó la Constitución europea en el referéndum de 2005. Una voluntad protagonista de Francia en la Unión podría haberle dado una presencia que compensase su disminuida visibilidad en los asuntos internacionales.
Este panorama es el que abona el terreno de las oportunidades de las falsas soluciones como las que supondría el proyecto de la Señora Le Pen, la líder del renovado Frente Nacional. En el dossier del Economist se hace un examen concienzudo de los apoyos geográficos de la Sra. Le Pen, su atractivo para determinados sectores de la población francesa castigados por la globalización y enfrentados a ciertas elites dinámicas de la sociedad especialmente preparadas; su capacidad para atraer a la juventud y a personas de menor formación intelectual, preferentemente varones; su sintonía con determinados mitos del viejo nacionalismo francés( “On est chez nous”-esta es nuestra casa-), reanudando los lazos con el populismo poujadista o quienes fueron expulsados de Argelia. La Sra. Le Pen, en suma, es especialmente hábil para conectar con quienes se sienten abandonados en la crisis y puede que les suene bien una propuesta política a base de ingredientes como la renacionalización económica, el orgullo francés recuperado, y el rechazo del europeísmo.
En el análisis de la situación política actual francesa, y en particular de las posibilidades del Frente Nacional, que son sumamente peligrosas para todos, pues el terremoto francés afectaría a la supervivencia europea y supondría un estímulo para las fuerzas de parecido carácter antisistema por doquier, es muy interesante considerar la propuesta que hace Lilla (en dos libros recientes que se recensionan en el último número del Times Literary Supplement) de enmarcar el fenómeno Le Pen en un movimiento filototalitario cuyas raíces intelectuales conviene apuntar. Son tres las ideas de Lilla. Primero, la tradición occidental moderna puede proponerse la continuación de la línea progresista o ilustrada, de Kant, Hegel, Marx y Nietzsche, pero podemos reparar en su revés, si, ya casi en la actualidad, pensamos en Heidegger, Schmitt y aun ciertos aspectos de Benjamin, por ejemplo su interés por Stalin, o Foucault, algo deslumbrado por la China maoísta, y cosas parecidas podrían señalarse en Derrida. En América los pensadores influyentes correspondientes a esta deriva son o reaccionarios o conservadores, como Eric Voegelin o Leo Strauss: a ambas corrientes les seduce la nostalgia, pero el pensamiento reaccionario es especialmente beligerante contra las actuaciones del estado democrático a favor de la igualdad y el cambio social, y apoya el autoritarismo o las ambiciones imperialistas de los gobiernos.
En Francia, en segundo lugar, se produce una renovación de los planteamientos reaccionarios en la crisis sistémica actual a la que nos hemos referido anteriormente, representada por autores como Michel Houellebecq (Soumission) o Eric Zemmour (Le suicide français), que continúan una línea propia nacional, aunque con la particularidad que el pensamiento reaccionario actual insiste en el laicismo.
Esto, como tercera reflexión, abona un campo de cultivo claramente favorecedor de las pretensiones revisionistas del Estado francés de la Sra. Le Pen. Lo que ocurre es que sus oportunidades se encuentran lastradas por una serie de factores, como son que el Frente Nacional todavía es considerado un partido de extrema derecha, o que este partido es incapaz de formar una alianza con el Partido Republicano del centro. Finalmente, hay que esperar que el sistema electoral le impida hoy por hoy alcanzar la victoria en la segunda vuelta.