Opinión

Las pseudo primarias del PP de Madrid

TRIBUNA

Luis Asua Brunt | Miércoles 15 de marzo de 2017

Tras un lapsus de unas cuantas semanas vuelvo a la placidez del Imparcial. Me presenté a las primarias del PP de Madrid, tal y como anuncié en esta misma columna, porque nadie lo hacía, y entendía que era la última oportunidad para democratizar y reactivar al PP. Y desde luego a la vista de lo vivido puede ser la última. Aunque como diría un castizo !qué me quiten lo bailao! han sido semanas apasionantes, y casi siempre divertidísimas, donde me he encontrado con gente con un idealismo que creía perdido.

Por el contrario, Cifuentes montó un operativo agarrotado, siniestro y tristón muy propio de un aparato que lleva demasiado tiempo a la defensiva. Una gente que como veremos a continuación se considera seria, y como mucho yo los describiría de graves o mejor aún como puntualizaba Borges, severos.

El procedimiento de primarias es inusual -la normalidad en el PP no se da casi nunca-empieza por que hay que conseguir noventa avales lo cual es fácil (no en balde llevo 30 años en el Partido), a la vez -y esto ya no es que sea inusual sino pintoresco- los afiliados para votar tienen que inscribirse en un registro previo. Este registro según algún ilustre letrado es totalmente inconstitucional pues cercena el derecho de voto sin motivación, y en el caso de Madrid sin previo aviso.

Normalmente para las elecciones internas anteriores, más pseudo aún que las que nos ocupan, se publicitan y se envía una carta personal a cada afiliado. En diciembre para el congreso nacional de Rajoy se envió carta firmada por la propia Cifuentes, para este congreso no se hace; no interesaba como veremos a continuación.

En Madrid somos 94.500 afiliados por lo que preveía que se inscribirían veinte o treinta mil. La realidad fue que lo hicieron algo menos de once mil y votaron finalmente, hasta este censo estaba muy inflado, unos siete mil. Este dato refleja la situación real de actividad del PP de Madrid, pero con estas primarias quizás se podrían haber reactivado algunos miles de afiliados más. Pero nadie del aparato empezando por su propia presidenta le interesaba que votara la gente. Iban disparados hacia un dirigente, un voto en lugar del prometido un militante, un voto.

Arranca la campaña y encuentro un apagón en medios. Esto es normal conociendo como se las gastan en la Puerta del Sol. Saco algo la cabeza en algunas radios importantes, Telemadrid me cubre apenas un par de veces (al principio y al final), voy a otra televisión y todo el esfuerzo de campaña se centra en un par de columnas en medios y poco más.

Tras mucho forcejeo, me permiten durante la segunda semana (¿por qué no la primera?) hacer campaña telefónica pero muy restringida. Me permiten dos teléfonos en las oficinas del PP pero me tiene que pasar a través de una secretaria… hay tardes que se hacen media docena de llamadas. Mientras, la candidatura de Cifuentes hace llamadas con plena libertad desde las sedes locales y la central. Muy pulcros alegan las limitaciones de la Ley de Protección de datos, aunque sólo se me aplican a mí.

En lo personal, y quizás fueron los peores momentos de unas semanas apasionantes. Cifuentes suelta a dos patanes de su equipo para que arranquen un ataque furibundo y personal, muy cobarde en redes y televisión nacional sin derecho a réplica. Ella que había prometido una campaña limpia y sin descalificaciones.

Ahora viene el momento más chusco de la campaña. Ante la imposibilidad de llegar a los once mil afiliados inscritos me propongo hacer un mailing por correo. El comité organizador me exige ¡ver la carta antes! Tardan mucho en aprobarla, hasta las diez de la noche. Creía que era un intento de evitar que la carta llegara antes del fin de semana de votación, pero la realidad es que estaban contraprogramando con una carta de Cifuentes que tenía que llegar con la mía. Cifuentes anunció al principio de la campaña que no habría gasto, y el mailing es muy caro.

El comité organizador se convierte en un no-no a cualquier petición. No a los apoderados que no sean afiliados (incumple la ley electoral y la práctica habitual en todo tipo de elecciones). No a las cabinas o cuarto reservado para escribir el nombre en las papeletas. No al acceso al censo de inscritos (la candidatura de Cifuentes tenía barra libre en este punto). No a la convocatoria desde el comité a mis actos en sedes dejando que los presidentes de sedes convocaran (pocos lo hacen, todos si lo hacen para Cifuentes).

La utilización de medios es bochornosa. Se usan recursos públicos y del partido sin pudor, ni limitación: personal, coches, teléfonos, oficinas, sedes regionales y también las locales. Nosotros usamos sólo recursos privados, voluntarios y una oficina que habilito cerca de Génova.

Y llega el día de las elecciones. Algunas sedes muy relevantes piden abiertamente el voto en sede electoral. Esta práctica está tipificada. Incluso en Torrejón el presidente prohíbe la entrada de mi apoderado durante dos horas. La presión es más propia de la Zimbabwe de Mugabe que del Madrid que nos vende Cifuentes. Un día negro para la pseudodemocracia interna del PP.

Y ¿ahora qué?

He conseguido montar un equipo de una cincuentena de personas muy motivadas que han recuperado la ilusión de la política bella, humana y democrática, y que están dispuestos a dar la batalla de las ideas, la batalla del centro derecha liberal, del humanismo cristiano frente a la deriva del actual PP.

Pueden aprovechar este buen comienzo – en las sedes donde se ha dejado votar hemos conseguido resultados que rozan la mitad del electorado, con un total para la ciudad de Madrid del 25% pese a todas las trabas en la campaña, la ausencia de debate, y la indecencia del día de la votación-; por lo que hay margen para levantar este partido catatónico.

Creo que urge una reforma legislativa que incorpore a los partidos a la Ley orgánica de régimen electoral para evitar situaciones como las que he vivido. Aunque lo que más estupor me causa es la normalidad con la que algunos creen que se han comportado: creo que como en los peores totalitarismos llevan demasiados años respirando un aire muy viciado, muy lejos del aire limpio, democrático y eficiente que caracteriza la España moderna.