Con la certidumbre infalible del iluminado y la serenidad beatífica de los perfectos la omnipotente portavoz de Podemos ha hablado para suprimir la Santa Misa de la televisión pública. La palabra racional y crítica de los poderosos ha decidido que desde la Misa se cometían delitos de odio. Esta categoría penal no deja de resultarme asombrosa, pero mi asombro puede, por lo visto, ser delictivo y prefiero no comentar su fundamento. Es cierto que el silencio al que me someto es índice del dominio completo que sobre nosotros ejercen nuestros poderosos señores, o podemitas que también se dice. Nos mandan callar porque es culpable toda opinión ajena el orden verdadero del mundo, escrito en el verbo santo y rojo de sus muy académicos manuales.
Lo que ha sido legislado en el ámbito de su dominio no permite réplica: el dictado derecho absoluto al propio cuerpo, la santificación de la unión de compañeros de un mismo sexo, la sanción inexpugnable del derecho femenino al aborto… “No puede mandarse al infierno a nadie, menos por ser gay, desde la televisión pública no”, ha dicho el paráclito de los poderosos, la voz sin amo de nuestro señor. No habría de qué alarmarse, puesto que la creencia en el infierno es – para la razón preclara del crítico racionalista de larga melena – un simple prejuicio y una vana superstición, luego la remisión al infierno no pasa de simple frase. ¿O acaso teme la condena eterna esa suerte de libertador post-proletario del siglo XXI?
A juicio del líder máximo de los poderosos la pública RTVE debe representar a la ciudadanía toda “sin favorecer a ninguna creencia, religión o ideología”. Los únicos contenidos válidos para esa ciudadanía han de estar vacíos de toda creencia religiosa o de todo sesgo ideológico. Atentos a sus racionales exigencias, los señores de la programación televisiva debieran, simplemente, suspender las emisiones o emitir teoremas, apodícticas demostraciones geométricas. Pero en la era de la postverdad no hallaríamos contenido alguno de verdad indudable y detrás de cualquier emisión se encontraría un sesgo, un enfoque siempre parcial, una sospechosa perspectiva. ¿O es posible encontrar algún contenido enteramente depurado de creencia o ideología? ¿No pretenderán los poderosos limitar las emisiones a “la muy científica y verdadera ciencia económica” bombardeando a la audiencia con informes relativos a la estructura presuntamente real de nuestra sociedad? Sería asombrosa la coincidencia entre el partido del poder (Podemos) y el partido del pueblo (PP) en relación a lo que, al parecer, realmente importa a la ciudadanía: la verdadera ciencia económica que ocuparía con ventaja el lugar de la Vera Cruz.
A los ancianos y enfermos a los que la Misa a través de la televisión ofrece un paliativo y un cierto consuelo espiritual, siquiera sea en la forma equívoca e insuficiente de una ceremonia televisada y ayuna de comunión real o sacramental, habría que leerles gloriosos manuales de antropología, compendiosos tratados de estricta ciencia económica y social. La verdad difundida en la luz sin sombra de una televisión crítica y racional, produciría la conversión íntima de grandes masas de personas en ciudadanos de una república ilustrada. El Estado engendraría, a través de una televisión pública limpia de toda superstición y prejuicio, una ciudadanía volcada en la producción eficaz y el consumo responsable, sin necesidad de los viejos caminos espirituales, una ciudadanía ajena a cualquier tensión metafísica o trascendente.
Lástima que, despojados de todo consuelo real, esos ciudadanos volcados sobre los guías de la autoayuda y el bienestar no dejen de caer en la melancolía o la depresión, sin llegar a votar en masa a su verdadero salvador, el salvador de la gente, el ínclito señor de la palabra y su podemiesca comparsa.