En contra de lo que nos prescribe y sostiene la moral, tanto la religiosa como la impía, el hombre no es lo que hace, sino más bien lo que dice, siente y sueña, como ya lo presintiesen con profundidad Ovidio y San Pablo. Demóstenes, el amigo del partido de la guerra, desertaba acobardado del combate, y Esquines, partidario de la paz, era empero un hombre probadamente valiente. Se comportó heroicamente en la batalla de Mantinea, y en la batalla te Taminas se le otorgó a Esquines una corona por su indomable valor. Demóstenes, sin ninguna prueba de valor militar, compartía sexualmente a un amigo con su mujer, aunque hablase como un homófobo. Esquines defendía todo tipo de sexualidad, siempre que no se mercadeara con ella, como deja claro en el proceso Contra Timarco, al que no acusa de homosexual sino de vender su cuerpo y, por ello mismo, propone que ningún prostituto pueda desempeñar cargos públicos. “¿Qué no vendería quien ha traficado con el ultraje de su cuerpo? ¿De quién se compadecería ése, que de sí mismo no se compadeció?”
Sin embargo, Esquines erraba cuando afirmaba que “las enemistades privadas corrigen, por lo general, muchos de los abusos públicos”. Es justamente al contrario: la Democracia no debe permitir que la creencia en distintos pareceres políticos genere enemistades, pues la enemistad nacida de tener distintos sentires políticos es una especie de superstición, cercana a la religiosa, que algún día acabará con ella la benéfica tendencia propia de la Democracia. Como muy acertadamente nos dice el propio Esquines: “No es estar a favor o en contra de Macedonia lo que hace hombres buenos o malos, sino la naturaleza; y nosotros no somos distintos de cuando no éramos políticos, sino los mismos.”
Así como los soldados se avergonzarían de abandonar sus puestos respectivos, aquellos que se les ha asignado en la guerra, así también los políticos deberían avergonzarse de abandonar el puesto que se les ha asignado por las leyes como guardianes de la paz.