Los culés a punto estuvieron de pagar su irregularidad ante un rival que jugó 45 minutos en inferioridad. Por M. Jones
Empezó el partido del Camp Nou con el Barcelona a cinco puntos del liderato (y con un partido menos del equipo puntero). El presionado, esta vez, era el equipo que se medía ante el Valencia después de tocar el techo de la leyenda ante el PSG y de regresar a su rendimiento irregular en Coruña. Por eso Luis Enrique efectuó cinco cambios con respecto a la derrota precedente y reprodujo el once, el dibujo y los nombres que le alzaron a la historia de la Liga de Campeones. Sin laterales (Jordi Alba y Sergi Roberto siguen molestos), Piqué, Umtiti y Mascherano cerrarían el 3-4-3 del que sobresaldría Iniesta como la mejor noticia del envite. Los levantinos, por su parte, competirían sin urgencias y con Zaza, su goleador novel, en el banquillo. Voro apostó por Munir.
Y el duelo se desataría en su primer acto como una oda a la anarquía ofensiva. Quiso el técnico visitante confeccionar un nudo que complicara la circulación entre líneas que agujereó a los parisinos, con Parejo y Enzo Pérez en el doble pivote y Cancelo como refuerzo para competir y aplacar el carril de Neymar. Se enfrentaban, pues, un bloque con intención de monopolizar la pelota y otro con una esencia vertical tendente al repliegue y salida. Por eso jugó el canterano culé en lugar del italiano en punta. Y, bajo el cumplimiento estricto de esos parámetros de desarrollarían unos 45 minutos iniciales de dominio catalán y peligro alterno, pues las contras visitantes avisaron pronto con amenazar al endeble equilibrio de un bloque local menos concentrado que en citas precedentes.
Así, Suárez, Iniesta y Messi tomaron la batuta (Neymar fue sacado de escena a base de agresividad) fluctuaban en la mediapunta y la pelota circulaba con suficiente velocidad como para comprometer, temprano, a los valencianos. Aunque la presencia de Carlos Soler sobre Busquets -duelo esencial- le dio la razón al preparador que sustituyo a Prandelli. El charrúa probó a Alves con prontitud -minutos 2 y 8- y en torno al cuarto de hora ya arreciaba una tormenta combinativa sobre la meta del carioca que generó varios remates en el área pequeña que no fueron gol por el lío levantado. Messi tuvo la apertura del electrónico en un díptico que sacó Orellana bajo palos y no acertó a ajustar la dirección en el segundo intento.
El encierro y la inferioridad numérica no acomplejaron al Valencia, ni siquiera cuando Messi volvió a adelantar a su equipo. El argentino recibió entre líneas, castigó la dura cintura de Abdenour y asestó un zurdazo directo al fondo del arco defendido por Alves -minuto 53-. Pero, con 3-2 y con el viento tornado en vendaval hacia la meta visitante, Munir pudo colocar el 3-3 en la enésima contra que escapa al radar culé. El marroquí se desmarcó al espacio pero no acertó a solventar el mano a mano con el portero alemán. Llegó desfondado al área y Piqué tuvo tiempo para interceptar el intento que mantuvo el suspiro en Can Barça.
Antes del desenlace, en el meollo del segundo acto, Diego Alves subrayó el rol de ancla de su delegación. El brasileño repelió los intentos concatenados de Rakitic, Messi, Rafinha y Suárez. Estaba volcado el Barcelona ante un Valencia al que le costaba, cada vez más, salir con profundidad. La entrada de Sergi Roberto y Andre Gomes por el croata (plomizo) y Rafinha (de más a menos) redundaba en el redoble racional al que Lucho quería conducir a los suyos. La capacidad de sufrimiento ajena y el desacierto propio en los metros finales configuraban un desenlace de marcador ajustado en el que cualquier fallo podría penalizar a los blaugrana con brutal acidez. De hecho, el libre directo estrellado por Neymar en la cruceta -minuto 75- dio paso a la entrada de Zaza -por Munir- y a un crepúsculo incierto. Y el asturiano pretendió cubrirse las espaldas con sus cambios.
La tesitura, en la que Neymar y Messi se relamían como si de un 5-2 se tratara, conllevó la introducción en escena de Bakkali. Voro leía como factible que el mayor enemigo del coloso barcelonés -su mentalidad y relajación- le proporcionara una ventana por la que colarse y dar la campanada. La ambición del valenciano fue argumentada por la actitud de los artistas locales pero no tanto por la ejecución de sus peones. Parejo, cerebro y lanzador de los contragolpes anhelados, estaba desfondado y la apuesta de su entrenador se desvanecería como utópica, a pesar del ritmo despeñado en el que transitaba el Barça. Todo esto hasta que Neymar -MVP- trazara una galopada de 70 metros, rebajando a Enzo Pérez a su mínima expresión, para sentenciar los tres puntos con una asistencia para Andre Gomes -minuto 89-. Esta vez sobrevivió el segundo clasificado a su complacencia y se aferra a la sombra madridista, pero las dudas sobre lo guadianesco del desempeño azulgrana no han hecho sino refrescarse. Con la dignidad levantina salvaguardada.