Opinión

Trump, el español y la política-mundo

WELTPOLITIK

Carlos Ramírez | Miércoles 22 de marzo de 2017

El académico Luis María Anson acaba de recordarnos, en la edición de esta semana de El Cultural, de la importancia del idioma español. Hacia mediados de siglo XXI habría 750 millones de hispanohablantes, aunque el Instituto Cervantes, en un reciente estudio, señala que también habría bajado un punto porcentual el número de usuarios del español respecto a otros idiomas.

Las cifras son impresionantes pero no revelan el principal problema: habrá idioma pero no identidad cultural; es decir, no basta con hablar un mismo idioma porque lo que cuenta es el trasfondo cultural. En los Estados Unidos existen 70 millones de hispanos que se identifican por el idioma, pero la lengua ha perdido su sentido original y se ha mezclado --mixtura inevitable-- con el inglés, para ofrecer un espanglés incomprensible.

En su ensayo España invertebrada, el filósofo José Ortega y Gasset hace una indagación complementaria a la exploración mundial del mundo que llevó al descubrimiento de América y por tanto a la conquista más cultural que esclavista o expoliadora. El reino de España nacía en una Europa dominada por otros imperios; de golpe la corona se encontró con América y más o menos mil millones de habitantes. España creó a la Nueva España basado en el lenguaje como comunión cultural.

El estilo de gobierno del presidente Donald Trump le ha cargado la mano a los hispanos con decretos de deportación que huelen mucho a limpieza étnica. Con una mente fría se puede entender la razón de Trump y su contrarrevolución tradicionalista: el mapa actual de los EE.UU. revela dos fases: las Trece Colonias del siglo XVIII eran apenas el 18% del territorio que hoy ocupa el imperio estadunidense, por el avance hacia el noroeste hasta llegar a los campos de Oregón que pertenecían a los indios americanos como habitantes originarios y hacia el suroeste con la conquista de cinco estados de México que fueron arrancados en la guerra-invasión de 1848.

Hoy los datos preocupan a los racistas estadunidenses: cuando menos el 70% hoy y el 85% a mediados de este siglo revelan una presencia dominante de hispanos. Dentro de menos de cuarenta años habrá mayorías de niños hispanos en las escuelas que niños wasp blancos. Y el problema con los hispanos no es sólo su número y expansión demográfica rápida, sino su negativa a la asimilación cultural estadunidense. Trump ha sido claro en señalar que los extranjeros que hicieron los EE.UU. fueron colonos, en tanto que los hispanos son migrantes; la diferencia es la asimilación de lo estadunidense --que por cierto no llega a cultura-- y el mantenimiento de la cultura hispana, comenzado con el lenguaje, porque los hispanos siguen hablando español.

En América existen hoy más de 400 millones que hablan español y las cifras pueden crecer al doble hacia comienzos del siglo XXII. Pero si existe la identidad del lenguaje, España desde Europa no ha trabajado el lenguaje como identidad cultural, si acaso apenas la literatura se ha preocupado por establecer vasos comunicantes con la América hispana. Apenas un poco la política exterior ha reflejado la relación a través de las tibias, burocráticas y forzadas relaciones entre el reino de España y la América hispana. Los problemas españoles en las tres cuartas partes del siglo XX impidieron la interrelación, pero la transición democrática del último cuarto y los tres lustros del siglo XXI han visto a una España más preocupada por Europa que por América.

A España le corresponde tomar la iniciativa para reconstruir la identidad cultural del idioma con una mayor presencia en América, y de paso instalarse con decisión en la creciente comunidad hispana en los EE.UU. ahora perseguida por Trump y sus supremacistas. El nuevo presidente estadunidense no ha ocultado el desprecio hacia la cultura hispana que el conservadurismo y el neoconservadurismo habían asimilado con expresiones decisivas: el expresidente George Bush Jr. está casado con una mexicana. El problema se concentró con el arribo al poder de la Casa Blanca de los supremacistas blancos ante el temor de que hacia finales de siglo los hispanos sean la minoría dominante y los blancos sean menos.

España, la América Hispana y la comunidad hispana en los EE.UU. tienen ante sí el desafío de Trump y su proyecto de deshispanizar al imperio estadunidense como una política de limpieza étnica. La deportación de once millones de hispanos ilegales --es decir: entraron a los EE.UU. sin permisos de trabajo ni de residencia-- no sólo modificaría el panorama demográfico sino que daría el mensaje de que la integración de los hispanos debe ser absoluta, comenzando con el idioma: ahora mismo en los EE.UU. se repudia que los hispanos hablen español en lugares públicos y escuelas.

Lo malo es que en la América hispana se percibe un descuido de la corona y del gobierno de España. Y si los problemas de España son tan agobiantes en Europa como para explicar --no justificar-- el distanciamiento, queda el idioma como una cultura de identidad que no se debe soslayar. Y la España europea y la américa Hispana, su vez, tienen que ser más rigurosos y enérgicos para defender la identificación cultural del idioma en los EE.UU. ante el avasallamiento que pretenden los supremacistas de Trump.

La weltpolitik de Ortega al explicar el expansionismo transoceánico de finales del siglo XV encuentra en el idioma el eje rector de una política-mundo basada en el idioma, pero también en la cultura y en los valores. España tiene la responsabilidad de defenderla ante el acoso supremacista de Trump porque los hispanos americanos lo son por España.

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