Opinión

La utopía de Borges

TRIBUNA

Roberto Alifano | Miércoles 22 de marzo de 2017

Fácilmente aceptamos la realidad, acaso porque intuimos que nada es real.

J.L.B

El humanismo renacentista inglés pobló de prodigiosas historias la literatura de Europa. Thomas More, venerado por los católicos y elevado a santo con el nombre castellanizado de Tomás Moro, predecesor de William Shakespeare (a quien inspiró La tempestad), teólogo y escritor, defensor de la Iglesia de Roma y condenado luego al cadalso por Enrique VIII, publicó en 1516 su inmortal obra Libro del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía, donde concibe una comunidad ficticia con ideales filosóficos y políticos, muy diferentes a la de los pueblos contemporáneos de su época, extendidos hasta la nuestra. Esta creación literaria es el imaginado relato de un explorador, llamado Rafael Hythloday a su regreso a la convulsionada sociedad medieval europea.

La paradojal quimera sirvió a Borges como fuente de inspiración para la escritura de su magistral relato “Utopía de un hombre que está cansado”, incluido en el volumen El libro de arena. Con otro sentido literario, como Kafka en la postergación infinita de la llegada al castillo, que cada vez está más lejano a medida que se acerca; para nuestro poeta, cuando los caminos no tienen destino en ninguna parte, se convierten en laberintos. La temporalidad se vuelve entonces monstruosa y el espacio cotidiano, homogéneo hasta el tedio. Es allí donde la identidad se transforma en cansancio, en una forma insufrible de existencia, en ese menos fatigoso que imposible sueño de la utopía.

Borges asume y comparte esa presunción irónica del lugar que no existe, de la vida en ninguna parte que resumió Quevedo con estas palabras: “Llamola utopía, voz griega cuyo significado es no hay tal lugar”, sin embargo, según postuló Moro, en su ficción se dio alguna vez en la isla de la Utopía y luego se reitera con parecidos argumentos en los textos de la Nueva Atlántida de Sir Francis Bacon y en La ciudad del sol de Tommaso Campanella. En esas geografías futuras, posibles y perfectas, la convivencia de los seres humanos se transforma en algo grato, vivible desde todo punto de vista, aunque esa felicidad se vuelva, con el devenir inapelable del tiempo, definitivamente melancólica, o aburrida.

Al igual que en las utopías clásicas, Borges relata un viaje, aunque no describe sus huellas o su deambular. No hay naufragio, ni descubrimiento como en el remoto sitio de Tomás Moro, pero sí un desplazamiento en medio de la pánica llanura interminable, que va creciendo y agrandándose, según el verso del poeta uruguayo Emilio Oribe; también el abandono a una situación y el encuentro no ya con un insólito país, sino con el concepto de un mundo futuro personificado en “alguien”, un individuo escéptico y lacónico. El otro que se desplaza por esa ficción, el narrador, tiene nombre y apellido, es Eudoro Acevedo, un profesor de letras inglesas y americanas y escritor de cuentos fantásticos.

Empieza a caer la lluvia cuando el protagonista ve la luz de una casa baja y rectangular donde habita ese hombre del porvenir, “tan alto que casi da miedo”. De ahí en más, en cuanto entablan conversación, el personaje pasará a llamarse “alguien” porque ni siquiera recordará su nombre. Para entenderse ensayan diversos idiomas, pero fracasan. Cuando el otro habla lo hace en latín. Eudoro junta entonces sus ya lejanas memorias de bachiller y se prepara para el diálogo. “Por la ropa –dice “alguien”- veo que llegas de otro siglo”. “Alguien” es gentil y hospitalario y lo invita a comer. Tiene ya 400 años y acaso se dispone al suicidio. Antes, quemará todas sus pertenencias (muebles y enseres labrados por él mismo) y le hará entrega a Eudoro, como símbolo del encuentro, de una tela en blanco, que conservará en su oficina de la calle México, pintada con “materiales hoy dispersos en el planeta”. Mientras comen, el diálogo se extiende, “alguien” critica la pobreza y califica al dinero como una forma de la vulgaridad.

En similar sentido que las novelas de H. G. Wells, asistimos en esta utopía a un desgano conceptual, a una casi pérdida de la personalidad. Las reglas mencionadas se han internalizado y hasta se considera a los campos de concentración como un paraíso terrenal, porque ya no tienen contradicciones. El humor negro de Borges reubica a Hitler como un filántropo que inventó la cámara letal; lugar donde piadosamente se suministra el suicidio. “Alguien”, ese hombre del porvenir ni tiene miedo ni necesita de los otros para el acto solitario que es morir. Pero no es menos cierto que probablemente la vida está en otra parte y a pesar de los siglos transcurridos, la utopía añora vivir esa promesa de un mundo mejor. O, como ha dicho Italo Calvino, “a pesar de que la utopía ha sido la más pesada piedra de nuestros empeños de Sísifo, también es el ala constante que planea en nuestro firmamento”.

Estas nuevas refutaciones del tiempo y del individuo, del cosmos y de la existencia, encierran por cierto la parábola de la angustia del hombre de nuestros días con todos los alcances de los medios de comunicación, pero más desolado que nunca. Con la desilusión de que incluso en esa imagen del porvenir no es posible concebir un mundo feliz, que cada vez se aleja más de Utopía, ese remoto lugar que no existe.

En la pánica llanura de los días de la historia, ni siquiera se agita el azar ni la promesa de un mundo mejor, tampoco el amor que se menciona como la sustancia de un relato sin principio ni final, donde el tiempo se vuelve monstruoso y el espacio es una planicie que abre el telón de la uniformidad, de la pérdida de la historia y de toda forma de identidad. En esas sombras de la existencia “alguien” se dispone a morir y nadie acompañará su marcha infinita. Además, lo espantoso de los proyectos utópicos hace que los hombres queden reducidos a las funciones que desempeñan bajo el poder absoluto y determinante del Estado, símbolo de todos los males. Por eso el cansancio es doble y desesperante, tanto para el que oye como para quien está narrando, y habita al mismo tiempo en el mundo actual.

Eudoro Acevedo, el agobiado profesor de letras inglesas y americanas, expresa a “alguien” su rechazo por el Estado, los políticos y la corrupción que representa el poder y le pregunta al hombre del futuro:

-¿Qué sucedió con los gobiernos?

-Según la tradición fueron cayendo gradualmente en desuso. Llamaban a elecciones, declaraban guerras, imponían tarifas, confiscaban fortunas, ordenaban arrestos y pretendían imponer la censura y nadie en el planeta los acataba. La prensa dejó de publicar sus colaboraciones y sus efigies. Los políticos tuvieron que buscar oficios honestos; algunos fueron buenos cómicos o buenos curanderos. La realidad sin duda habrá sido más compleja que este resumen…

La expresión de deseo, obviamente anarquista de ambos personajes, que estigmatizan a los políticos, hace que se revelen decepcionados por cualquier forma de gobierno, por la división entre naciones y por la gente ingenua que creía que las mercaderías eran buenas porque a través de la publicidad lo aseguraban sus fabricantes, inescrupulosos estafadores que sólo buscaban el inmoral beneficio propio. En el porvenir, la materia incoherente de los seres humanos luce su cansancio a través de la pausada voz de “alguien”. Se entrevé una sociedad de habitantes aislados donde el aburrimiento ha llegado a la dimensión individual e histórica. El lenguaje es un sistema de citas, lo que supone que la abundancia de información ha saturado la capacidad de la comunicación humana y “ha vaciado de vitalidad el lenguaje, que, como tal, ha muerto, pues ya no es un sistema de símbolos compartidos ni una tradición histórica”; pese a que “alguien” sabe que no puede evadirse de “un aquí y de un ahora”.

“Alguien” ya camino a la muerte, se precipita hacia Utopía, pero Eudoro Acevedo, que es Borges, regresa a su época, a su melancólico país. En ese cruce está la esperanza, el pensamiento utópico que reclama la literatura como diálogo y lugar de acogida. En ese sueño dirigido por el narrador, la utopía no tiene territorio y siempre vivirá en una fábula. Esa advertencia acaso resiste a la muerte. Eudoro Acevedo o Borges regresan a su mundo real para escribir esa página en blanco, del color de la tela que trae del futuro, “pintada con los materiales hoy dispersos en el planeta”, acaso tan dispersos como la vida misma.