Opinión

El abuelo

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 22 de marzo de 2017

No se me vengan arriba con este artículo, porque no es un tratado de buenas prácticas; lo único a valorar es que todo en esta vida es simple cuestión de empeño. Ser abuelo es la carrera universitaria con menos salidas que las de un Ikea, sin embargo, uno alcanza la nota máxima cuando escucha del nieto o nieta la frase: “Eres el mejor abu del mundo” Es entonces cuando puedes decir que has conseguido el doctorado, aunque solo sea en prácticas y a tiempo parcial.

Recuerdo la película dirigida por José Luis Garci, en adaptación al cine de la novela homónima de Benito Pérez Galdós. La figura que encarna Fernando Fernán Gómez, como abuelo de osado carácter, pero de noble corazón, hace que el personaje creado por Pérez Galdós se agrande a los ojos de quienes vivimos de cerca y en primera persona la etapa de la ternura en su ciclo de mayor nostalgia.

En este devenir de los años y en momentos tan convulsos en lo que a estabilidad social se refiere, peinar canas –unos más que otros, dicho sea- se antoja uno de esos lujos que, a modo de renovada infancia, destapa todo aquello que el tiempo ha ido metiendo en la despensa de lo vivido. De ahí que los nietos pongan a prueba toda esa batería de conocimientos que, como al valor del soldado, se le supone, pues al abuelo se le otorga.

Ejercer de abuelo o abuela, tanto monta, monta tanto, no es una cuestión de enseñanza, es solo una sencilla maniobra en dejarse querer por quienes aún tienen ese amor intacto que sobra y que, por tanto, nunca escasea. Los nietos en edad de desprenderse de tanta ingenuidad como del susodicho amor, nos regalan lo que la sociedad nos quita. ¿Compensa?, pues claro que sí, porque uno que anda por esa travesía del encomio que dan los años, recibe a cambio lo que las mermas de vigor te quitan. En pocas palabras, la pérdida de fuerzas se ve compensada con los recursos sostenibles, es decir, la experiencia.

En esta carismática manera de ver la vida desde la voluntad de los años, se tiene conciencia de lo que la buena moral ha representado siempre en los senos familiares de correcto proceder. La urbanidad, asignatura clave en el aprendizaje de antaño, no ha tenido continuidad en las aulas, como tantas otras materias que los atribulados sofistas de turno han tenido a bien ir eliminando. Estas reformas educacionales junto con otras medidas, no menos desdeñosas en manera de comportamientos, han creado en una buena parte de la población esa especie de dicotomía de clases, o sea, o eres un antiguo recalcitrante o un moderno sin límites.

Lo cierto es que por encima de la moda actual de los diálogos sociales y otras patrañas, ser experto en años tiene la ventaja de haber vivido los 25 años y también los 65, cosa que ciertos papanatas con escaño y nula austeridad moral aún no han llegado a experimentar, y claro, no tienen ni pajolera idea de cómo hay que adoctrinar al personal en eso de la buena educación. Los abuelos, que no siendo sustitutos ni de hijos, hijas, nueras y yernos, intentamos acometer con los nietos una reposada visión de las cosas dentro de la profilaxis de ideas; es decir, templar gaitas sin otra que jugar en caprichosa complicidad para evitar molestas rozaduras familiares. De ahí que en esas conversaciones privadas con la tierna infancia la cosa no derive más allá del falso progresismo y la doble moral que tanta mediocridad alcanza. –“No te preocupes, abu, yo soy más de Bob Esponja” –me suelta mi nieto. Me quedo más tranquilo.

Hace unos días, mi buen amigo Juan Pedro, hombre de sano juicio, me preguntó: “¿Tú qué quieres ser?” No tuve capacidad de reacción para darle una cumplida respuesta, pero luego me vino la cordura y no lo dudé un instante: -¡Abuelo, quiero ser abuelo! Y como el día del padre ha sido un hervidero de muestras y lisonjas, todas ellas de gran calado emocional, aun así debo confesar que lo de mi nieto es de traca. Y que nadie se moleste.