Opinión

¡Feliz Día Mundial del Teatro, furiosos escandinavos!

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 27 de marzo de 2017

Asistimos a la seducción fugaz y elegante del teatro casi todos los días porque es una adicción y una ventana a un espacio-tiempo donde la ficción toma cuerpo real y suceden cosas verdaderamente maravillosas que escritores, poetas y dramaturgos escribieron en este u otro tiempo. Y porque en él se dicen las verdades desoladoras –y las otras– de la vida que nadie se atreve a contarnos. Pensémoslo detenidamente: para algunos de nosotros el teatro es ese punto de encuentro insoslayable donde asistimos al milagro de la literatura, que puede ser Brecht o Ionesco. O un Shakespeare aderezado por el “kamikaze” Miguel del Arco. El teatro y los amores siempre están de moda en Madrid y con su cosa erótica lo alejan a uno de la barbarie tecnológica con la belleza perfecta de las voces y los cuerpos.

García Lorca, que era ante todo hombre de teatro y creó la compañía La Barraca para llevar los clásicos y modernos a todos los pueblos de España, escribió: “El teatro es poesía que se sale del libro para hacerse humana. Y al hacerse, habla, grita, llora y se desespera. El teatro necesita que los personajes que aparezcan en la escena lleven un traje de poesía y al mismo tiempo que se les vean los huesos, la sangre. Han de ser tan humanos, tan horrorosamente trágicos y ligados a la vida y al día con una fuerza tal, que muestren sus tradiciones, que se aprecien sus olores, y que salga a los labios toda la valentía de sus palabras llenas de amor o de ascos”. Hablábamos de Federico y de Cernuda con la niña poeta de ojos glaucos por el Madrid de los Austrias, comiéndonos a besos, y remedamos finalmente, muy a nuestro pesar, los vetos familiares y amores truncados de Romeo y Julieta. De eso hace ya un millar de años, cuando nos decíamos que lo nuestro sería para siempre. Ahora la niña poeta entrega sus días al recital y al protectorado editorial de un viejo rijoso y traicionero. Pero es la Bella Durmiente y ejerce de tal, cómodamente ajena y dormida, esperando los besos de otro príncipe que nunca llega y que pase el examen de casa. Ambos amábamos también esa maravilla de Buero, Lázaro en el laberinto, un drama especialmente escrito para los filólogos.

Hablando de rupturas, el pasado sábado asistimos en el Teatro Español a esa cartografía del desamor que es Furiosa Escandinavia, de Antonio Rojano, dirigida por Víctor Velasco y merecido Premio Lope de Vega 2016. Podían haberla escrito Samuel Beckett, Harold Pinter, Edward Albee o Yasmina Reza porque esta prodigiosa tragedia joven interpretada por cuatro dioses de la escena tiene hechuras de clásico. Vemos mucho teatro, piezas cordiales y ásperas, dramas del absurdo y musicales conceptuales, pero lo que han hecho con Furiosa Escandinavia Sandra Arpa –una bellísima furia emocional, contenida y desatada alternativamente–, Irene Ruiz –prodigio erótico y mutante, de lo hispánico a lo nórdico–, Francesco Carril –siempre abre la (nuestra) caja de los truenos– y David Hernández ‘Fabu’ –oh, doctor– no pertenece a este mundo. Se lo dice uno que salió con la guerra a cuestas y los ojos humedecidos. El teatro lo desacostumbra a uno a esta inclemente supervivencia a que nos obliga la vida, le restaña a uno las heridas del corazón y convoca un nuevo punto de encuentro fulgurante con los actores, los oficios, los directores, los autores…

El teatro verdadero es exabrupto y Rojano, Velasco y su adorable troupe nos abofetean, nos insultan, nos inquietan, nos incomodan, nos hacen reír y llorar y deconstruyen todos nuestros esquemas, reinan sobre nuestros latidos y ejercen un estilo, una ética permanente que nos marca el camino de Marcel Proust –tanta literatura en una hora y media, qué inmensa gozada–. La catarsis de Aristóteles en la plaza de Santa Ana y luego los vinos, los amigos, tal vez un amor… actúa contra el tirón político-mediático unos metros más abajo, en Carrera de San Jerónimo, donde los hombres de Estado al revés –salvo excepciones– consumen parte de nuestro jornal para no contribuir a resolver nuestros problemas, que a lo que parece no son suyos, sino para ver en qué fila se sientan en cada legislatura para sestear mejor. El teatro lo vacuna a uno contra el autoritarismo y representa la revancha de las poéticas en toda su extensión. Atención a la escenografía de Alejandro Andújar plasmada en la balconada que mira a la Aurora Boreal, con la temeraria Erika que besa y se abraza a Balzacman, un desconocido, un loco, un poeta, un inútil, un romántico, un superviviente de la era Werther, un cowboy escapado de una obra de Sam Shepard. Y después fijémonos en el salón y el dormitorio donde todo ocurre, incluso la embriaguez, con ese instinto animal de la muerte y el fracaso, pero donde aún hay tiempo para amar desesperadamente, con el último aliento, como se debe amar en un mundo tóxico y podrido de ofertas, demandas, traiciones, intereses y pragmatismo. Él viaja desde España a Noruega y, finalmente, a Escandinavia, hasta la orilla del mar, buscando a la mujer, con cuyos versos tropieza en casa de Erika. De tal manera que la farsa del espectáculo es más sincera que la de esta vida que nos lleva a situaciones límite, impulsada a golpe de decretazo y de políticos erráticos e improvisadores que nos timonean dando bandazos. Emoción similar nos ha sacudido en El techo de cristal, un prodigio escrito por Laura Rubio a partir de las personalidades de Anne Sexton y Sylvia Plath, y que vimos recientemente en los Teatros Luchana. O durante la reposición de Inmaculata, del esloveno Tomaz Pandur, fallecido hace ahora un año.

Fue el Instituto Internacional del Teatro de la Unesco el que decretó en 1961 el Día Internacional del Teatro para dar a conocer el mundo de las artes escénicas a más gente. Este principio como declaración de intenciones está muy bien, pero la realidad del sector teatral en España es que esta excelencia es contestada con unas cifras de desempleo demenciales, según el Estudio sociolaboral del colectivo de actores y bailarines de España elaborado por la Fundación AISGE: solo un 8% de los artistas puede llegar a fin de mes gracias a su esfuerzo dramático en las tablas. Y el 29% obtuvo menos de 600 euros durante todo el año. Nadie desde el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte contestó a esta bofetada escandalosa, publicada en septiembre del año pasado, y causa verdadero ardor de estómago contemplar tanta indiferente vulgaridad por parte del Ejecutivo ante el patrimonio intangible y creativo tan prodigioso que se nos ofrece y que España, señores, más pendiente de otros afanes, no se merece. Algunos se lo pensaron dos veces y vinieron a dar de la poética a la política, que son como unas puertas giratorias mefistofélicas de las artes escénicas, como Toni Cantó o Pepe Viyuela. En periodismo ocurre otro tanto, que saltan los peces de un estanque a otro con demasiada ligereza. Pero el Ayuntamiento de Madrid mantiene contra viento y marea el Teatro Español para, con sus veleidades de verso y prosa, redimirnos de nuestros pecados de la inercia, el confort del hogar dulce hogar y tanto gerente, corporación y burocracia.

Se nos puso la piel de gallina cuando, por sorpresa, Irene Ruiz y Sandra Arpa nos leyeron a todos el Manifiesto en defensa del teatro, que este año le ha correspondido escribir a Isabelle Huppert, y tuvimos que tragar mucha, muchísima saliva para mantenernos serenos en una noche gloriosa que jamás olvidaremos. Felicitamos, pues, el Día Mundial del Teatro al grupo de Furiosa Escandinavia y a cuantos confían con coherencia irrenunciable en nuestros creadores, directores de escena, programadores y elencos de lujo porque saben que cuando se levanta el telón vuelven los días mejores. Contra la mediocridad reinante, vayan a ver a una cantante calva o a los furiosos escandinavos. Llenen su amor con el teatro: su corazón y sus vísceras se lo agradecerán.

@dfarranz