Opinión

Recuerdos que no se deben olvidar

TRIBUNA

Gabriel Albendea | Lunes 27 de marzo de 2017

Hace mucho tiempo que Marx desenmascaró como ideología política los conceptos con que el Estado burgués trataba de ocultar las contradicciones de clase, conceptos meramente formales que falseaban el contenido de un supuesto bien común. La renuncia al marxismo por parte de la socialdemocracia y, tras la caída del Muro, también por parte del comunismo sensato, ha sido una renuncia pragmática más que teórica. Y ello porque la mayoría de la izquierda no había pensado realmente los conceptos viables de un materialismo dialéctico e histórico.

Al quedarse huérfana de referente teórico, la izquierda no tenía otro remedio que convertirse en mera ideología ocultadora de la realidad, en falsa conciencia de esta. El triunfo del evidente nominalismo de izquierdas ha consistido en convertir los conceptos más o menos marxistas, siempre referibles a una posibilidad real, a una potencialidad histórica, en meros nombres asociados al término “izquierda”, que permiten que este constituya una cadena lingüística mítica, inmóvil. Esto posibilita, como decía Marx de Hegel, que el discurso vaya por un lado y la cosa a que se refiere por otro.

Ante tal carencia teórica, que es ausencia de sentido de la realidad, la izquierda, que parece estar al albur de las circunstancias, tenía que refugiarse en la ambigüedad, la hipocresía y el cinismo. Vaciados los conceptos de su verdadera referencia, la izquierda sigue utilizando los nombres que sirven para expresarlos, pero ya sin sustancia, como si bastaran para mover las cosas. Así, una serie de oposiciones meramente nominales tratan de aludir a dos tipos de políticas distintas, pero sin verdadera referencia a lo real: izquierda-derecha, cambio-inmovilidad, progreso-reacción, moderno-antiguo, nuevo-viejo, igualdad-desigualdad, libertad-opresión, demócrata-antidemócrata, liberal-autoritario, verdad-mentira, paz-guerra, bien-mal, transparencia-manipulación, moral-inmoral, etc. No habrá que decir que el primero de los términos de las oposiciones se lo atribuye la izquierda y el segundo lo asocia a la derecha. Eso se ha denominado “superioridad moral de la izquierda”. De ahí el gran interés que tiene la izquierda en mantener esa oposición, sin la cual su castillo de naipes político se derrumbaría, y en desacreditar como derechista cualquier intento de borrar tales oposiciones. Porque si desapareciera el término “izquierda” no tendrían ya a qué asociar esa cadena petrificada de contrarios. En cambio, la derecha, que no ha ejecutado esa operación nominalista y está más apegada a lo real, no puede tener ningún interés en esa serie de oposiciones nominales, petrificadas, ni siquiera invirtiéndola y atribuyéndose el primer término de ellas. Sabe que son sólo tópicos para engañar al pueblo, retales pasados de un lenguaje político pervertido. De hecho, la derecha raramente los utiliza para referirse al contrario. Sólo suele criticar la falta de pragmatismo de la izquierda en la solución de los problemas.

Para comprobar lo dicho, basta leer cualquier artículo de los periodistas, o políticos de izquierda en las campañas o tras cualesquiera elecciones, por ejemplo las del 14M de 2004. La argumentación contra la derecha participaba de idénticos tópicos que falseaban la realidad. Por ejemplo, un artículo de Juan Luis Cebrián, de título muy expresivo: De la mentira (El País, 15, 3, 2004). Según el académico, los errores del PP, especialmente de Aznar, habían propiciado el vuelco electoral: manipulación, convertir en dogmas de fe ideas obsesivas sobre España, intransigencia, visión unilateral, pensamiento único, conducta no democrática propia de la España profunda, lectura sectaria de la Constitución, ocupación abusiva de los medios de comunicación, arrogancia del poder, oportunismo descarado…

Solo me voy a referir a cuatro de estas descalificaciones. La acusación de hacer una lectura sectaria de la Constitución era un tópico absurdo, empleado sobre todo por el nacionalismo. Era una acusación cínica porque quien la hacía sabía perfectamente que hay un Tribunal Constitucional para interpretar los artículos de la Constitución. Otro latiguillo que empleó la oposición cuando gobernaba el PP es el de que pretendía imponer un pensamiento único. Claro que quienes no suelen pensar tienen difícil decirnos en qué consiste semejante pensamiento. Y aunque se hable tanto del pluralismo de izquierdas, ¿no obedece hoy ese pensamiento político, si se puede llamar así, a unas ideas bastante simples? En cuanto al reproche antidemocrático hay que tener cinismo para acusar, como hizo Javier Pradera (El País, 15-3-2004), a los militantes del PP de no saber perder, después de haber cercado las sedes del Partido el día de reflexión, llamándoles asesinos. En el mismo artículo, Pradera reprochaba al PP “haber pretendido obtener réditos electorales del atentado del 11M. Resulta increíble y profundamente inmoral, como dijo Vidal Quadras en un artículo de La Razón que quienes se han aprovechado objetivamente del terrorismo del 11M para ganar las elecciones acusen al que las ha perdido por causa del atentado de aprovecharse de este. Con un acto terrorista de tales dimensiones el Gobierno no podía ganar nada, quienquiera que fuese el autor de la barbarie. Pero el PSOE podía ganarlo todo exigiendo, en contra de la más mínima decencia e incluso en contra de la eficaz investigación policial, que se diera información inmediata de la autoría, cuando eso no resolvía ningún problema de las víctimas. Por otra parte, ¿qué sentido tenía esa convocatoria precipitada ante las sedes del PP sino aprovecharse políticamente de los muertos? Eso sí que constituía una verdadera conducta antidemocrática.

Para perjuicio de la legitimidad de la victoria del PSOE aún entonces nos enteramos por investigaciones de El Mundo de los trapicheos socialistas no desmentidos luego para sacar ventaja del atentado: “Un grupo de mandos policiales y agentes del CNI consiguió controlar la investigación y mantener informado al PSOE, mientras daba pistas falsas al Gobierno para que apareciera como mentiroso ante la opinión pública. Ahora parece que la policía quisiera reabrir un caso sobre el que aún hay demasiadas incógnitas.

En el discurso de investidura, Zapatero habló de que nadie podía estar por encima de las leyes. Pero resultó inquietante que a continuación prometiera incumplir la ley de Educación vigente antes de que el nuevo Gobierno hiciera otra ley, lo mismo que con el PHN, como si las leyes de sus predecesores no tuvieran legitimidad democrática y no debieran cumplirse hasta que otras nuevas no las derogaran. También, dentro de esa angelical aproximación a lo político, el nuevo Presidente nos comunicó ese detalle autobiográfico de su “amor al bien y su pasión por mejorar a los humildes, fundamento al parecer de su dedicación pública. En ello debió basarse su promesa de subir las pensiones más bajas. Zapatero terminó su discurso de investidura con una referencia algo neblinosa a la cultura. Nos enteramos, eso sí, de que no era un objeto mercantil. Aunque dada esa premisa, los pedigüeños del cine que le hicieron parte de la campaña no dejarían de reclamar sus acostumbradas subvenciones.