Opinión

Las tendencias del populismo

WELTPOLITIK

Carlos Ramírez | Miércoles 29 de marzo de 2017

Más que por las bondades demagógicas que ofrece, el auge del populismo en el mundo refleja una preocupación del neoliberalismo económico conservador por la rebelión electoral de los marginados. En México, por ejemplo, algunos banqueros comienzan a decir que están dispuestos a trabajar con el populista Andrés Manuel López Obrador; y en algunos procesos electorales europeos el populismo ha avanzado por la falta de respuestas sociales del neoliberalismo.

El populismo y el neoliberalismo exhiben la crisis de las ideologías: el conservadurismo y el socialismo llegaron a buscar el idílico equilibrio entre las ideas y las preocupaciones sociales, a pesar de las expresiones radicales del fascismo y del comunismo. Al final, la división histórica izquierda-derecha se salió del cauce de las ideas rectoras y cayó en las corrientes de la coyuntura electoral.

La experiencia de México puede ser aleccionadora. En 1970 México arribó a una situación ideal: 6% de producto interno bruto promedio anual, 2% de inflación, moneda fuerte y fija con respecto al dólar, salarios por arriba de la inflación, clase media fuerte y marginación estabilizada con programas sociales. La estrategia fue la de desarrollo estabilizador: controlar la inflación para controlar la estabilidad y el tipo de cambio y programar el presupuesto en función de los ingresos fiscales.

En 1970 arribó al gobierno el presidente Luis Echeverría Álvarez y descubrió que la estabilidad había mantenido una alta marginación social de alrededor del 20% de los mexicanos. Su estrategia de desarrollo se basó en aumento del gasto social sin nuevos impuestos, compra de empresas para mantener el empleo y consolidación del Estado como el eje de la inversión. El saldo económico fue un alto déficit presupuestal que disparó la inflación a tasa promedio de 15% anual, devaluaciones constantes y requerimientos de créditos externos. Como la banca internacional desconfiaba de los gobiernos, México buscó el apoyo estabilizador del fondo Monetario Internacional, el cual dio créditos a cambio de cartas de intención para bajar inflación a costa del crecimiento y de controles salariales, es decir, un programa de estabilización neoliberal.

Su sucesor López Portillo se encontró con yacimientos petroleros y México volvió a disparar el gasto ahora apoyado en las exportaciones petroleras; pero le duró poco el gusto: en 1981 se cayeron los precios del crudo y México los cubrió con deuda externa de corto plazo; en 1981 hubo una especulación brutal con divisas por el cambio libre peso-dólar. La reacción oficial fue la expropiación de la banca y el control generalizado de cambios.

El siguiente presidente, Miguel de la Madrid, metió al país en un programa de estabilización drástico que vendió empresas públicas, redujo el gasto y puso al mercado como el motor del desarrollo que antes tenía el Estado. El saldo del ajuste sexenal fue negativo: tasa 0% de crecimiento económico durante seis años, con costo social en empleo y bienestar. La población marginada se duplicó. El modelo neoliberal de mercado, control de inflación por la demanda y apertura comercial llevó la inflación de una tasa promedio de 150% en 1985 a cifras de 20% hacia 1988.

El sucesor Carlos Salinas encontró una salida en el tratado de comercio libre con los EE.UU. que llevó a multiplicar por 10 el comercio exterior, pero con un saldo social pobre: tasa promedio de 2.2% de PIB anual durante veinte años, inflación de 4% y estabilidad macroeconómica. El lado negativo fue el que alentó el populismo: de acuerdo con un organismo oficial que analiza los programas sociales, solo el 20% de los mexicanos vive en condiciones de no pobreza ni marginación; es decir, el 80% padece crisis. El programa neoliberal y el Tratado aumentaron exportaciones pero fabricaron pobres, con el dato revelador de que los diez hombres más ricos de México tienen una fortuna similar al 15% del PIB.

El neoliberalismo polarizó a la sociedad mexicana. Y en este escenario surgió el populismo. Hasta 1988 el PRI buscaba dos objetivos: promover la política económica estabilizadora pero disminuir los costos sociales con políticas de bienestar. Pero al reducirse los ingresos, el gasto no alcazaba para políticas sociales generales, sino apenas para programas asistencialistas para los más-más pobres. La ruptura en el PRI en 1988 con la salida de Cuauhtémoc Cárdenas fundó el Partido de la Revolución Democrática (PRD) no como partido de izquierda socialista --a pesar de usar el registro del Partido Comunista Mexicano-- sino como heredero de las políticas sociales del PRI porque los pobres eran votos y sumaban más que los ricos.

El PRD y López Obrador con su partido-movimiento Morena representan al populismo presupuestal, atienden a los pobres para controlar esos votos y carecen de una política económica alternativa al neoliberalismo. El problema que el aumento del gasto para atender a pobres no tiene una política de ingresos fiscales, promueve el déficit presupuestal, aumenta la inflación y provoca devaluaciones. Pero ese populismo no busca ofrecer un nuevo camino de desarrollo sino sólo ganar el poder. Así, el populismo mexicano es asistencialista, no estabilizador. Solo que hoy el 80% de mexicanos en crisis social no quiere una policía económica responsable sino que vota por quien le ofrezca programas que le ayuden con bienes y servicios.

El populismo mexicano es asistencialista. Promueve programas de beneficio social con dinero presupuestal regalado: cajas con alimentos, subsidios al transporte, paquetes de suministros para madres, dinero a mayores de 65 años, ayudas a estudiantes, entre muchos otros. Pero no crea empleos con beneficios sociales ni salarios no inflacionarios: compra votos con inversiones improductivas.

Los programas populistas garantizan votos, aunque en el poder multipliquen las crisis. Pero hay líderes sociales que ambicionan el poder y no ofrecer soluciones.

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