Opinión

Pesadilla española

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 30 de marzo de 2017

En el centro de la fotografía puede verse a la candidata oficial, Susana Díaz Pacheco, y a sus flancos la vieja guardia según sus grados. A la derecha la efigie socialista, el grave nombre de la historia reciente, el príncipe de la transición: Felipe González Márquez. A su izquierda el presidente de la fase terminal del proceso, el puente a ninguna parte: José Luis Rodríguez Zapatero. Más allá y – si cabe – más indeterminados, válidos para un roto y un descosido, las inteligencias escondidas, las eminencias grises y sombrías de Alfonso Guerra González y Alfredo Pérez Rubalcaba.

El partido socialista parece muerto y enterrado, pero sus estantiguas lucieron redivivas acaso para prestar todavía un último servicio al país agonizante. En ese mitin de las ánimas en que se nos aparecieron, todo resultaba decadente y tétrico. Émula del incógnito Sr., Díaz Pacheco voceó sus declaraciones vacías, sus arengas repetidas para oídos con sordera. Impostó emociones con un hondo quejido, que el público agradeció con sus aplausos. Recuerdo las lecciones de un viejo amigo que repetía – hace veinte o treinta años – la idea asombrosa de que el PSOE era el partido que más se parecía a España. Ante el retrato de la familia socialista su vieja afirmación manifiesta su verdad, sin dejar de producir un melancólico pavor.

Por su parte, todas sus esperanzas depositadas en Europa, el presidente implora – ante el discurso secesionista – el silencio y la indiferencia europea. Ante estos catalanes o vascos que se quieren otros, hemos de concebirnos unos con los socios europeos. Y no sólo europeos, porque Puigdemont también lleva su imagen dolorosa, de víctima del yugo español, a los Estados Unidos de América. Identificando sus demandas con la lucha por los derechos civiles, este impúdico vocero de la tan oprimida nación esconde su realidad, mientras exalta los valores del hombre catalán frente a un ridículo y demediado español. En respuesta, el gobierno ofrece nuevas inversiones en infraestructuras para Cataluña. Convencido de que sólo la economía es substancial, Rajoy no encuentra otra respuesta al irredentismo catalán. Su fantasmal figura puede sumarse, con todo su partido, al coro de quimeras socialistas. El recorrido de la vieja constitución y la figura restañada de España han tocado a su fin, no queda nada en pie del arreglo constitucional del 78 y está por ver si queda algo de España.

Acaban aquí, lo sepa o no el Sr. Rajoy, los tiempos de la desidia y la dejación. No bastará con negociar cuotas o firmar inversiones, los tiempos de la política fantástica han terminado. Este período inercial fue prolongado con la asistencia artificial de enormes cantidades de dinero, en blanco y en negro. Pero la España que ha alentado con esa turbia asistencia ruega hoy por el fin de semejante encarnizamiento terapéutico.

Pero es que también la Europa construida en la postguerra se viene abajo. Erigida sobre las mismas bases que desembocaron en la guerra mundial se reabre una crisis análoga pero de escala ampliada. La corrosión alcanza los elementos antropológicos y es completa la pérdida de sentido, mientras las élites burocrático-políticas se limitan a entonar la melopea vacía de los derechos humanos. A la potencia creciente del discurso identitario, que a la vez reniega de Europa y se reclama heredero de una Europa otra, la inercia mortal sólo opone los viejos esquemas institucionales. Una ola de satisfacción ha recorrido la prensa biempensante porque Holanda habría rechazado el racismo y la xenofobia, pero ni se han propuesto las necesariamente nuevas soluciones, ni el menor de los problemas planteados ha quedado resuelto. Esta Europa – como todo lo muerto – se deja arrastrar y no será el Sr. Rajoy el órgano capaz de oponerse al torrente que nos lleva. El presidente, controlador de los tiempos y perito en esperas, sabrá apartarse cuando llegue la hora de la desconexión catalana, que será la hora de la desconexión de la existencia artificialmente asistida de España. Espero que se quede en un mal sueño, pero he visto al frente del PSOE el fantasma que guiará la mano del puntillero que derrumbe el cuerpo cansado de España. Y una vez más, Europa nos mirará, rumiando tragedias.