Sábado 28 de junio de 2008
La unión nacionalista ha vuelto a quedar patente. PNV y PCTV (Partido Comunista de las Tierras Vascas) han unido sus votos para sacar adelante el referéndum secesionista del lendakari Juan José Ibarreche. Poco sabemos del precio que el brazo político de Eta ha puesto a su apoyo parlamentario. Lo único cierto es que el PNV se ha valido de los etarras parlamentarios, y que gracias a dicha unión, su “proyecto” ha tenido éxito. El proyecto en cuestión será recurrido por el Gobierno ante el Tribunal Constitucional, y todo indica que aquí morirá el intento de consulta inconstitucional. Ibarreche lo sabe. Pero su propósito, desde su punto de vista, tiene su sentido. Un sentido electoralista. Porque, de este modo, intentará escenificar ante la sociedad vasca -y también del resto de España- que su intento de consulta, por más que ilegal, fue cercenado por Madrid.
En definitiva, se trata de un paso más del nacionalismo secesionista en su ya larga trayectoria de dislates. En esta ocasión, además de poner sus votos al paso del totalitarismo eusko-nazi, faltan a la verdad, ya que Ibarreche prometió que, si se llevaba a cabo su consulta, sería en un marco de “ausencia total de violencia” y sus propios aliados terroristas de hoy han declarado -y practicado- su voluntad de violencia. Por otra parte -y a mayor abundancia- el razonamiento nacionalista en el sentido de que la consulta desactivará un pretendido contencioso histórico secular, es una falacia en un doble sentido. En primer lugar, porque mezclar el terrorismo secesionista actual con episodios violentos de otro tiempo, naturaleza y condición es historia-ficción, un ejercicio de burdo anacronismo que no resiste el menor contraste con una crítica histórica profesional. En segundo lugar, porque la violencia terrorista no es una reacción ante una presunta opresión ni quiere saber de elecciones más que para impedirlas o coaccionarlas. El terrorismo eusko-nazi no es reactivo. Es pro-activo, un instrumento de revolución que no persigue solucionar democráticamente un problema de soberanía sino imponer violentamente su poder totalitario. Por fin, los nacionalistas no violentos -moderados ya casi no quedan- deben entender que, fuera ya de consideraciones legales, nadie o muy pocos cuestionamos consultas o refrendos. Lo que cuestionamos es una definición arbitraria y sectaria del cuerpo electoral que no tiene porqué encorsetarse en los límites territoriales que decreta el señor Ibarreche. La soberanía nacional, desde 1812, reside en un conjunto de ciudadanos, libres e iguales. Es perfectamente legítimo que algunos nos propongan una confederación de reinos neo-medievales, con guindilla nacionalista añadida, o la secesión de parte de nuestro territorio. Sin embargo, en la medida que propuestas de esa naturaleza a todos nos afectan, queremos ser todos también los electores llamados a pronunciarnos. El problema que no entienden -pero si tienen- los nacionalistas sectarios de este mundo nuestro, no es que algunos vascos o catalanes no quieran ser españoles. El problema es que la inmensa mayoría de los españoles sienten lo vasco y lo catalán como algo propio. ¡Señor Ibarreche, no nos excluya del censo electoral: a nuestra manera -que es la de Unamuno y Baroja- todos somos vascos y, por eso, todos queremos votar!
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