Rafael Nadal y Roger Federer se han enfrentado este curso más veces que en las dos últimas temporadas. El de este domingo era el tercer duelo que medía sus resurrecciones en 2017, con el título del Masters 1.000 de Miami como pretexto. La rivalidad refrescada, de la que ambos se congratulan, marcaba, sin embargo, una inercia favorable al suizo. Su triunfo en la memorable final del Abierto de Australia y su cómoda victoria en el duelo que les citó en Indian Wells (6-2 y 6-3 en octavos del torneo) pautaban una racha de tres partidos ganados de forma consecutiva del helvético sobre el español que el sexto de la ATP remarcaba, satisfecho, en la previa. Y es este último envite, resuelto con relamida superioridad, el que más ha condicionado el estudio del manacorí en la preparación de su enésimo intento para añadir a sus vitrinas uno de los pocos trofeos que le esquivan.
Dijo Toni Nadal antes del combate que el plano mental y el táctico se destacaban como básicos en el planteamiento del cruce. Habría el zurdo de superar la frontera psicológica levantada en dicha derrota dolorosa (que subrayó el espectacular arranque de temporada del de Basilea, uno de los mejores de su carrera) y necesitaba localizar cambios y soluciones para vencer y sorprender a un viejo zorro al que conoce de sobra. Por todo ello, el balear trazó un peloteo que desplazara al suizo, como de costumbre y, además, trataría de buscarle en su derecha. La maniobra novedosa de esquivar el revés de su oponente se activaría en un arranque de final que describiría el guión de cada cual.
El primer punto, ganado por Roger tras salvar dos bolas de break, definió la querencia del ganador de 90 títulos por jugar puntos cortos. Acumularía tres aces en la defensas de sus primeros dos servicios. Pasado el mal trago inicial, Federer aumentaría su agresividad, hecho que le llevaría a alternar errores de derecha, no forzados, con golpes rebosantes de clase y hacia los ángulos. Pretendía el favorito no dilatar los juegos para que el factor cansancio aplazara su entrada en escena lo máximo posible. No obstante, su semifinal contra Kyrgios, decantada con un triple tie-break, denotaba cierta pesadez en el desplazamiento y las reacciones de un jugador helvético que economizaba esfuerzos más que nunca.
Nadal, por su parte, sufrió para ganar sus tres saques inaugurales, ciertamente salpicados de tensión. Pero la pericia en el servicio (un ace selló el 1-1) y su consistencia desde el fondo de la pista le sirvieron para crecer hasta volver a disponer -y desaprovechar-, de una pelota de break en el quinto juego. Avanzaba el ajedrez con un intercambio de juegos denso, en el que ambos jugaban con más sospechas que convicciones. Un golpe delicioso de Federer en fase defensiva le ofrecería su tercera bola de ruptura, que tampoco amortizaría en el 3-3. La mezcla de direcciones en el saque español estaba funcionando como una argucia de desahogo similar a las subidas a la red del ilustre rival.
Ninguno ganaba con comodidad y la calidad tocaba techo en chispazos que salvaban breaks o ponían en aprietos al rival. Cuando el español parecía alzar su nivel y jugar en el centro de la pista, el suizo reaccionaba reclamando la iniciativa con su ancestral sinfonía variopinta de golpes. El nueve veces ganador de Roland Garros se aferró al saque de efecto cerrado para levantar otro par de bolas de break en contra pero a la sexta oportunidad alcanzaría la ruptura Federer. Se colocaba 5-3 y con un 40-15 se adjudicaría el primer set de una final ajustada en la tensión, no en la sublimación tenística. Daba síntomas de fatiga el helvético pero las imprecisiones de un Nadal demasiado timorato (fallón en su mejor suerte, el passing) le regaló una bocanada de oxígeno que pautaba como obligatoria su guión. La hoja de ruta del partido corto seguía vigente.
Reaccionó el español ganado su saque con autoridad y celeridad (40-15). Pero no se soltaba el lastre de los errores no forzados y seguía picando en los contrapiés que le escondía, con regularidad, el jugador en ventaja. De este modo respondió Roger con un juego en blanco para el 1-1. El paisaje seguía pintando más defensas que ataques de la leyenda nacional, que aparentaba jugar más a no perder que a ganar. Atravesó el manacorí por la inseguridad de saberse desafinado, sin argumentos para incomodar el servicio de su oponente (segundo juego en blanco de dos posibles en el set definitivo). Pero la garra inherente a su ejecución esbozó un renacer que le devolvió la afrenta de inmediato (servicio en blanco) para sellar el 3-2.
El lenguaje verbal no acompañaba al español, sobre todo en el decrépito resto. El 3-3 significó el tercer saque sin ceder un punto del centroeuropeo en la segunda manga. Y la contrariedad sólo se matizaba ante las imprecisiones que también acumulaba, en menor proporción, su enemigo íntimo. Se la jugó un Nadal constreñido a la improvisación ante la neutralización de su viraje estratégico. Dibujó una dejada que surtió efecto con bola de break en contra. Y salvó otra pelota de ruptura a continuación. Su gallardía salía a relucir cuando rozaba la lona.
Y continuó Federer la ejecución de puntos de saque mucho más cortos que en el primer set y aplicó el ofensivo juego en la red para neutralizar lo que asomaba como un punto de inflexión en el ánimo del balear. Y la suerte también se aliaría con el devenir: un revés del suizo rozó en la red para uniformarse de dejada letal que patrocinaría un globo sedoso del jugador que apunta a la reconquista del número uno. Autografió su tercer título del año Roger con su primera bola de partido (tras ganar en Australia y en Indian Wells), constatando la mala tarde del español, que deberá volver a competir para tratar de hacerse con el torneo de Cayo Vizcaíno. Quizá en el enfrentamiento menos distinguido entre ambos de este curso, el talento triunfó sobre el carácter de un Rafael fuera de eje casi de forma perenne desde el la primera bola. Y el mejor tenista de la historia no evidencia saciar su hambre con el tercer entorchado de Florida.
En sala de prensa, el español confesó que se marcha de Miami "satisfecho" y consideró que el título se le escapó, en parte, porque "todo cae de su lado y no tuve mucha suerte en el primer set". "Unos cuantos puntos, nada más", fueron los que decidieron el envite, aclaró para zanjar su compercencia señalando que está jugando "suficientemente bien" para ganar y que "soy el segundo con la dinámica más buena, necesito ganar y consolidarlo". Federer, en cambio, proclamó que "ya no estoy de regreso", haciendo hincapié en el dulce presente que ha establecido. Además, el suizo subrayó que "salí beneficiado de la confianza (quele dan los precedentes favorables) y traté de salir a flote (físicamente), porque era un desafio y estaba muy cansado". "Estaré fuera los proximos meses como medida de prevención", aseguró un icono que se centrará en Roland Garros y que explica que se toma cada partido y reto "sin presión, muy feliz y para vibrar con los buenos puntos".