En el año 2012, las centrales sindicales se rasgaron las vestiduras ante la reforma laboral del Gobierno Rajoy. Aseguraron por activa y por pasiva que el paro se multiplicaría inevitablemente e hicieron todo lo posible para conseguirlo: huelgas absurdas, cierre de empresas que hubieran podido sobrevivir, trabas, en fin, de toda clase y condición.
Mariano Rajoy, respaldado por Bruselas, se mantuvo firme y dio la vuelta a la situación. Las cifras del paro siguen siendo altamente preocupantes pero se han reducido en los últimos cinco años en un alto porcentaje y cada año cerca de 500.000 desempleados encuentran trabajo. Las medidas que se tomaron hace un lustro fueron las correctas, los sindicatos se equivocaron de medio a medio y, aunque queda mucho camino por recorrer, los horizontes parecen despejados si se mantiene la actual política económica y social.
Esa es la pura verdad. Los errores que Mariano Rajoy ha cometido políticamente -lenidad ante el órdago secesionista catalán, ausencia de iniciativa para la reforma constitucional y de la ley electoral- no empecen el reconocimiento abierto de su éxito económico, que es el que le mantiene, aunque muy debilitado, en el poder. Las cifras de marzo, en fin, ahí están y dejan en evidencia un mes más a los sindicatos y sus agoreros pronósticos: 48.559 parados menos y 161.752 personas más afiliadas a la Seguridad Social. Todavía cerca de cuatro millones de desempleados impiden el optimismo pero de mantenerse el ritmo actual del descenso del paro en tres o cuatro años el tanto por ciento se reducirá a un dígito.
La justicia y la imparcialidad exigen el reconocimiento del éxito. No he regateado la crítica a Mariano Rajoy en esta sección de El Imparcial. Tampoco el elogio cuando se lo ha merecido.