FÚTBOL ITALIANO
M. Jones | Miércoles 05 de abril de 2017
La Comisión Antimafia fija su lupa en el fútbol italiano. Por M. Jones
"Es seguro que las entradas han sido repartidas también a unas personas ligadas a la criminalidad organizada". Así de tajante se ha mostrado Giuseppe Pecoraro, Fiscal de la Federación de Fútbol italiana (FIGC), tras una pesquisa que implica a la Vecchia Signora. El portavoz ha autografiado el último capítulo de una historia que retrotrae a sus protagonistas a una denuncia que la federación interpuso contra Andrea Agnelli, presidente de la Juventus, el 18 de marzo, por presuntos tratos con la mafia calabresa. Este miércoles, el caso ha tomado una nueva dimensión con la afirmación rotunda efectuada por el ente.
El heredero de la familia Agnelli, fundadora y nutriente de la entente gloriosa Juventus-Fiat, habría usado su posición como dirigente del club bianconero para facilitar entradas a aficionados de la facción ultra de su hinchada. Estos tifossi radicales, que estarían íntimamente relacionados con la 'Ndrangheta, revendían los tickets cedidos por la institución, participando, de este modo, en la financiación ilícita de la organización mafiosa.
Pecoraro, que ha efectuado estas sangrantes manifestaciones durante la comparecencia de la Comisión Antimafia, ha expresado su certeza de la sabiduría y connivencia de Agnelli para con los trapicheos denunciados y ha explicado que, por ende, las responsabilidades son "principalmente suyas al no haber vigilado la gestión de las entradas". Y esta bomba informativa no ha hecho más que desempolvar la nebulosa de sospecha permanente que persigue a los blanquinegros desde que estallara el Moggigate (2006). Porque, aunque el caso investigado en cuestión no está relacionado con aquella trama arbitral, sí conecta con los fantasmas que todavía convierten al club con más seguidores del Bel Paese en la institución futbolística con más antipatía (según encuestas, más de la mitad de la población siempre quiere que pierdan).
Rocco Dominello es el jefe ultra sobre el que pivotan las sospechas que han llevado a la Comisión Antimafia a escudriñar este entramado que hoy publica Pecoraro. No obstante, la Juventus ya había estado sobre la lupa de la Justicia transalpina en noviembre de 2016. En aquel brete, la Fiscalía de Turín acusó y terminó cerrando un caso similar, que empantanaba a Agnelli, el responsable de seguridad Alessandro D'Angelo, Francesco Calvo, actual directivo del Barcelona, y al precedente director de la taquilla, Stefano Merulla.
Luigi Chiappero, abogado juventino, trató, a finales del marzo pasado, de convencer a Rosy Bindi, presidenta de la Comisión Antimafia, del desconocimiento del club sobre las actividades a las que se dedican sus aficionados. El defensor legal de la entidad argumentó que la cúpula bianconera mantiene reuniones periódicas con grupos de aficionados, también con sus ultras, pero son desconocedores de sus supuestas ligazones mafiosas.
Agnelli, por su parte, ha salido al paso calificando las acusaciones como "inaceptables". "Forman parte de los constantes intentos de enturbiar la credibilidad de la Juventus", se ha defendido. El caso es que desde el líder de la Serie A se asumen fallos en el control y la cantidad de las entradas entregadas -su reglamento marca un máximo de cuatro tickets por persona- y el propio presidente ha explicitado su disponibilidad para comparecer ante la Comisión Antimafia. Pero no le va a resultar sencillo al mandatario limpiar el aura contaminado que circunda a su equipo.
Este miércoles se ha venido a desnudar, una vez más, las relaciones entre el fútbol y la mafia -que tanto han restallado en España con la debacle deportiva, moral y legal del Eldense-. En la tierra del calcio se maneja como moneda común la presunción de la participación de grupos mafiosos en el entorno de los aficionados radicales de los clubes de fútbol de toda categoría y color. Este axioma se da por válido desde las ancestrales relaciones con el amaño de partidos (en la era de las pomposas apuestas en los hipódromos que venían de los "repatriados" italo-americanos) hasta los fogonazos que recuerdan tal realidad soterrada en el andamiaje de la conciencia colectiva. El último de estos episodios aconteció el 7 de julio de 2016. Raffaello "Ciccio" Bucci era un referente ultra que apareció muerto en la base de un acueducto horas después de haber testificado en una investigación que conectaba los tentáculos mafiosos con el deporte rey. La versión oficial habla de un suicidio, pero no es más que otra muesca para la retina social del coqueteo entre ambos ámbitos de la sociedad italiana. Un efecto que, inevitablemente, también emana de la denuncia de Pecoraro.
Por último, y de vuelta a la erosionada estampa del club que más Scudetti ha acumulado en sus vitrinas, al reverdecer del Calciopoli permanece latente. Esta misma temporada, las actuaciones arbitrales en duelos frente al Nápoles (en Copa, con declaraciones hiperbólicas de desazón partenopea al sentirse expoliados) y al Milan (penalti pitado e inexistente sobre Lichtsteiner, en el minuto 97, que decantó el 2-1 final) han generado una atmósfera general de biscotto que ha empujado al templado entrenador juventino, Massimiliano Allegri, a remangarse y recordar al personal que 70 puntos no se consiguen con favores del estamento arbitral.
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