Opinión

CIE's Integración y desintegración

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 06 de abril de 2017

El ministro del interior anunció días atrás la construcción de nuevos Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE´s). Estos Centros de Internamiento son, sin duda, una suerte de prisiones, aunque su reglamento quiere evitar su confusión con centros penitenciarios. Pero nada puede esconder el hecho de que se encierra allí a individuos prendidos por la policía sin la documentación que legaliza su presencia en el país, más allá del hospitalario – o quizás turístico – plazo de tres meses de estancia. También habitan estos centros personas que, habiendo cometido un delito, vieron conmutada su pena por la expulsión del país. En los Centros de Internamiento aguardan que esa expulsión tenga lugar. Si finalmente la tiene, puesto que el porcentaje de los expulsados no alcanza la media del 50%. Este internamiento que no se quiere penitenciario puede durar un máximo de 60 días.

La enorme agitación que bajo el nombre de globalización ha puesto en circulación todo tipo de mercancías no ha dejado de movilizar masivamente esa mercancía asombrosa que es la fuerza de trabajo. Y ésa es la consideración bajo la que suele contemplarse la muchedumbre que arriesga la vida para alcanzar el otro lado de una frontera económica que separa los hemisferios con secante precisión: fuerza de trabajo. Una frontera, no se olvide, que también reaparece en los distintos Estados de uno y otro hemisferio.

Pero esos individuos concebidos como abstracta fuerza de trabajo – trasunto económico del hombre sin atributos de los derechos humanos –no hablan esperanto o volapük, ni practican una fantástica religión natural, ni se contemplan como indeterminados cosmopolitas. Por el contrario, la sólida concreción de los hombres que llegan a nuestro país da lugar a la cuestión por la posibilidad de su integración, es decir, a la cuestión por la posibilidad de una armónica convivencia entre establecidos y advenidos. Para decirlo con la vaga abstracción que requiere la corrección política.

Pero esa integración de los recién llegados se concibe también en términos abstractos: económico-políticos. En efecto, se espera inmediata tras su absorción por el mercado laboral; medio necesario para adquirir realidad política deviniendo ciudadanos. Los efectos sobre la fuerza de trabajo establecida generan una honda inquietud, que se plasma en el temor a una directa o indirecta reducción salarial. Esa inquietud se expresa políticamente en la actitud de los partidos hacia la nueva población. Aparecen de un lado nuevamente defensas de algún modo nacionalistas o identitarias: ¡los españoles primero! De otro lado nuevamente exigencias de asociación internacional de la fuerza de trabajo. La novedad reside únicamente en la nueva escala de una contradicción recurrente.

Si alguna novedad puede señalarse se encontrará en la naturaleza de los establecidos o, con más exactitud, en su falta de naturaleza. Si los advenidos no hablan volapük, ni practican la religión natural, los establecidos hace tiempo que regurgitan un inglés de mercado, glorifican la energía cósmica o esperan absortos la nueva era. Su potencia consiste en su dinamismo, según el viejo sentido de la potencia aristotélica. Golpeados en un punto absorben el golpe con una plasticidad de ameba, vuelven tras el golpe a su vacío rutinario, adquieren nuevamente su elástica forma. Allí donde, en otro tiempo, el ataque produciría una sólida aleación espiritual, dispuesta a una respuesta contundente, se produce hoy un emotivo espasmo que dura un instante, porque rápidamente se cierra la huella del golpe. Y no pasa nada.

Sin duda algunos confían en que la integración económica y política bastará para erosionar la firme naturaleza de los advenidos. Los recientes ciudadanos envueltos por las nuevas formas de trabajo y de consumo perderán su áspera calidad, convertidos en nuevos europeos. Vaciados de substancia histórica real serán los herederos de la nada. Pacificados, secularizados, civilizados por la industria y el mercado serán un momento de la vaporosa sociedad europea del futuro. Los CIE´s de Juan Ignacio Zoido serán entonces una remota y lamentable anécdota.

Pero también cabría responder realmente a la realidad de los advenidos. La integración real – más allá del Mercado y el Estado – alcanzaría los elementos antropológicos del parentesco y la comunidad, tendría lugar en el vecindario, ante el rostro singular del prójimo. La fuerza espiritual que esa verdadera capacidad de acogida supone me parece desmentida por la sonrisa pánfila del Sr. Évole ante el paternóster que le recita Marion Maréchal-Le Pen.

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