Opinión

Un buscador de la verdad: Manuel García Morente

TRIBUNA

María A. Almasellas | Domingo 09 de abril de 2017

Con frecuencia se han querido presentar dos personalidades distintas y contradictorias en Manuel García Morente, separadas en el tiempo por los acontecimientos que tuvieron lugar en París en abril de 1937.

Cuando se hizo pública su conversión, muchos de sus antiguos compañeros intelectuales -alguno de ellos amigo muy querido, como Ortega y Gasset- se sintieron vilmente traicionados por él, lo despreciaron por haber degenerado, según ellos, en un vulgar «rezador de misas», y le retiraron la palabra. Esa reacción hizo sufrir mucho a Morente, y alguna vez llegó a lamentarse amargamente: «Morirán impenitentes porque su orgullo es satánico. Pido a Dios que les haga acreedores de su gracia». La verdad es que cuesta entender esa actitud en personas de las que, con toda lógica, cabría haber esperado algo más de tolerancia y respeto a la libertad de pensamiento, en lugar de tal postura de intransigencia dogmática. Pero así fueron los hechos.

En el lado opuesto las repulsas no fueron más conciliadoras. Por una parte, en los ambientes tan politizados de la posguerra, se le acusó de hipócrita oportunista que se adaptaba descaradamente a la nueva situación del país para obtener beneficios, el primero de los cuales habría sido la recuperación de su cátedra. Asimismo, en los ámbitos eclesiales, se recelaba de la repentina vocación sacerdotal de quien había sido un librepensador tan notorio como Morente. «¡Oh, Señor! Si anduviéramos de caridad tan bien como andamos de fe!», llegó a exclamar entristecido.

La pregunta que nos seguimos haciendo hoy es si realmente hubo en la vida de García Morente un corte abismal tan profundo que separó como de un tajo a dos hombres totalmente distintos -el intelectual riguroso y el converso ferviente-, con actitudes e ideas irreconciliables. O bien si su trayectoria vital e intelectual es la de un pensador honrado, comprometido con la verdad, que va avanzando en el conocimiento de las realidades hasta el punto que no puede por menos que dirigir la mirada hacia la verdad de la trascendencia.

Una serie de circunstancias hicieron que no pudiera dejar fuera de su reflexión las experiencias íntimas que estaba viviendo en la soledad del destierro. Si así lo hubiera hecho, si a conciencia hubiese obviado un elemento en el planteamiento del problema, ya no se podría decir que buscaba «la verdad», sino que forzaba el resultado que mejor se adecuaba a sus antiguas tesis.

¿Fue la conversión de Morente un desbordamiento sentimental, como dijeron algunos? ¿Fue él un hábil oportunista para recuperar un lugar cómodo en la nueva realidad política y social de España? ¿Fue un golpe de gracia fulminante que dio al traste con toda su vida anterior y dio origen a un hombre nuevo totalmente diferente? ¿O bien hay en el filósofo una búsqueda incesante de la verdad, que no podía por menos que llevarlo hasta el umbral mismo de la Verdad, y allí obró Dios en él?

Para dilucidar esas posibilidades era necesario acercarnos al hombre en su intimidad, en su trato cotidiano. ¿Cómo fue, cómo amó, cuál fue su pasión, ese impulso interior que marca el rumbo de la vida de una persona? Nos hubiera resultado imposible, más de setenta años después de su muerte, llegar a un conocimiento mínimamente riguroso de su auténtica personalidad, la que sólo se desvela en lo más recóndito de las relaciones familiares, si no fuera porque hemos podido contar con el testimonio de dos personas que convivieron con él, que le amaron y fueron entrañablemente amadas por él: sus dos hijas, Mª Josefa y Carmen, que quisieron poner por escrito sus vivencias y recuerdos, y, de este modo, franquearnos el paso para poder contemplar la individualidad personal de su padre. Y, además, porque hemos tenido el honor de recibir el testimonio directo de la nieta del filósofo, Carmen Bonelli García-Morente, quien con inmensa generosidad, ha dejado que fluyeran sus recuerdos. A ella mi más profundo agradecimiento.