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Paris-Roubaix. Van Avermaet sorprende a los colosos en el infierno

MÍTICA PRUEBA CICLISTA

M. Jones | Domingo 09 de abril de 2017
Sagan, Tom Boonen y Degenkolb quedaron apartados de la lucha por el triunfo. Por M. Jones

El monumento francés era la última carrera del emblemático ciclista belga Tom Boonen. Ganador en cuatro ocasiones de la Paris-Roubaix, el monstruoso corredor del Quick-Step buscaba batir el récord en la legendaria prueba, en sus últimas pedaladas como profesional y rodeado de una pléyade de ganadores. Y es que en torno al icónico todoterreno centroeuropeo competían, colmillo afilado, el campeón del mundo Peter Sagan, el strinter John Degenkolb y su compañero de equipo Greg Van Avermaet. El nivel era excelso y elevaba, aún más si cabe, la altura de uno de los recorridos que rezuman ciclismo ancestral, con tramos de adoquín que representan buena parte del espectáculo que ofrece este deporte a lo largo del curso, más allá de las grandes vueltas.

La edición de 2017, la 115 del "Infierno del Norte" se desarrollaría sin la tradicional fuga que pautaba las referencias de los favoritos. Por el contrario, el corral de gallos avanzó reunido hasta que se desató una deliciosa guerra de guerrillas que condecoraría a la reina de las clásicas y al vigente campeón olímpico, Van Avermaet, que esquivó la mala fortuna que persiguió a sus rivales directos y leyó con astucia la situación de carrera en el último tercio para imponerse al sprint a Zdenek Stybar y a Sebastian Langeveld.

De este modo, el corredor belga del BMC, de 31 años, toma el relevo en su país que entrega Boonen, tras encadenar en esta temporada los triunfos en la Gante-Wevelgem, el segundo puesto en el Tour de Flades (por detrás del hoy ausente Phillipe Gilbert) y la victoria en la E3 Harelbeke y la Omloop Het Nieuwsblad. Su portentoso ataque a 25 kilómetros de la meta le condujo a limpiar el terreno de las escaramuzas que le circundaban. Su desarrollo sin paragón en el exigente pavé del Carrefour de l'Arbre le propulsaría a un desenlace en el que resultaba el claro favorito. Sus compañeros de fuga poco podrían hacer para aguantarle el ataque en el trecho más duro y, más adelante, en el velódromo de Roubaix. Firmó el astro de Lokeren un registro de 5h40:07 en los 257 kilómetros que le confirman como jefe de la manada ciclista (ganador de la Pris-Tour en 2011 y de dos etapas en el Tour de Francia y una en la Vuelta a España).


La reina de las clásicas de primavera, que se celebra desde 1896, arrancaría con un ritmo disparatado desde el banderazo inicial. Se desplegaban por delante más kilómetros de pavé que en ediciones anteriores. Hasta 55 kilómetros de adoquinado desafiarían a los ciclistas en 29 tramos tan espectaculares para el aficionado como nocivos para la estabilidad del corredor. Quizá este recorrido provocó que no se lanzaran aventuras fuera de tono y que el respeto primara entre los gigantes. Con esa tensa calma se alcanzaría el kilómetro 161.

En ese punto, en Arenberg, acontecería el primer filtro ejecutado sobre el pelotón. Una maniobra de aceleración que sería rematada en Mos de Pevele y que dejaría a 14 nombres escapados. En esa brecha quedó favorecido Van Avermaet, que guardó fuerzas gracias al espléndido trabajo de su gregario Daniel Oss, al tiempo que Stuyvens se relamía. Y es que el belga del Trek había forzado el movimiento determinante de la carrera con un intento previo que concluiría marcando un elitista complicado de corredores colosales. Boonen, Sagan, Degenkolb, Stybar, Van Avermaet, Langeveld, Chavanel viajaban en compañía de aspirantes de menos estatus en la primera criba.

Entonces, el infortunio contaminaría a Peter Sagan, que fue víctima de un problema mecánico en el intervalo decisivo. Como en Flandes, la fortuna le jugó una mala pasada cuando trataba de seguir el ritmo y enlazar con Avermaets, en el adoquín de Mons-en-Pévèle, a 32 de meta. Lucharía el eslovaco con la gallardía que le caracteriza, pero sólo podría acompañar la despedida de Tom Boonen. 'Tommeke' se vaciaría, ante la ovación que marcaba su paso, pero sólo le valdría para acceder por detrás de los diez primeros en su última carrera. Colgó la bicicleta ese domingo un deportista que atesora en su mochila el campeonato del mundo (2006), seis etapas y el maillot de la regularidad del Tour de Francia, tres Gante-Wevelgem (2004, 2011 y 2012), tres Tours de Flandes (2005, 2006 y 2012), dos etapas en la Vuelta a España y, finalmente, cuatro entorchados en la Paris-Roubaix.

De vuelta a la cita de esta jornada, Oss agitaría al grupo cabecero a 30 kilómetros de meta, pero Stybar amarró la intentona, recalcando su papel protagonista casi hasta la última recta. Su determinación le proporcionaría unos metros de ventaja antes del definitorio paso por el adoquinado del Carrefour de l'Arbre, a 15 km de meta. Avermaet comandaría el ritmo en esa ascensión final, seguido de Stybar, Moscon, Roelandts, Landeveld y Stuyven. Marchaban con 20 segundos de ventaja sobre los perseguidores, Sagan y Boonen. La explosión de las revoluciones del ganador belga terminaría por sentenciar a los dos favoritos en desventaja y sólo serían capaces de seguir la rueda de Avermaet un Stybar pletórico -triple campeón mundial de ciclocross- y Langeveld.

El trío entró en la batalla técnica que se desató en el velódromo. En ese terreno, y con todo el cansancio acumulado, el corredor del BMC marcaría el compás y gobernaría una llegada que se decidiría en el sprint. Stybar pretendió evitar ese desenlace de velocistas, sabiéndose inferior, pero el belga supo cazar su intento a 4 kilómetros de meta. Incluso Langeveld se atrevió a buscarlo a 2,8 kilómetros. No serviría más que para lanzar la confianza de un Van Avermaet que supo contemporizar en la llegada del grupeto perseguidor para arrancar en el momento adecuado y tocar el cielo ciclista. "He sufrido mucho pero con la victoria se me olvida todo. Al final tuve miedo porque Stybar no estaba trabajando con nosotros. Estoy realmente feliz de haber ganado un Monumento, he esperado mucho tiempo hasta conseguirlo", declaró, complacido.

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