El lanzamiento de 59 misiles Tomahawk desde un destructor norteamericano contra un aeródromo sirio ha sido un golpe de efecto considerable. Por un lado, responde al carácter impulsivo de Trump que, a diferencia de Obama, ha decidido pasar de las palabras a los actos.
Por otro, intenta distraer -sin conseguirlo- la atención doméstica, demasiado focalizada en los vínculos de la actual administración estadounidense con Rusia. De hecho, desde el propio Washington Post han llegado a sugerir que el propio Putin estaba al tanto del ataque mucho antes de lo que se ha dicho, y que no se habría opuesto con el fin de darle algo de oxígeno a Trump.
Sea como fuere, tanto la propia Rusia como Siria e Irán ya saben que el actual presidente de Estados Unidos va a tener menos contemplaciones que Obama a la hora de abordar determinadas cuestiones. Es más de lo que ha hecho nadie hasta la fecha en lo tocante a detener los ataques con armas químicas contra población civil. Y eso es tan positivo como incuestionable.