Es de agradecer que la Asociación Estudios de Axiología recuerde al filósofo García Morente. Me adhiero al recuerdo y trato de conmemorar al que fue decano y catedrático de ética de la Complutense seleccionando algunos rasgos de su enseñanza y de su labor como educador universitario. Más que un recorrido por su copiosa obra de indagador y de traductor de los filósofos modernos y contemporáneos, propongo una breve lectura por un modo entero de obrar que le fue propio: el signo que le hizo diferente, encuadrado en una generación y en un equipo de trabajo (capitaneado por Ortega, sin duda, pero en el que estaba también Zubiri), pero que le hizo destacar de modo propio. Julián Marías, seguidor en cierto modo cercano destaca, hablando del signo de Morente, una mezcla muy atractiva de capacidad de ir por lo derecho a las cosas, a los problemas, a los conceptos junto con una notable cualidad de ser genuino (casi ingenuo, por lo no precavido) es decir que le impedía cualquier adorno o recoveco en sus meditaciones.
Yo pretendo discurrir sobre su noción de estilo, que fue título de unas conferencias argentinas que él mismo imparte a lo largo del año 1938. Al elegir esta obra aparentemente menor intento una llamada de atención sobre algo de lo que el maestro fue testigo: el carácter tenso y contradictorio de los principales conceptos que, al entrar en un corpus de doctrina, se apaciguan y se desmemorian. El signo de García Morente fue seguramente la apertura y la honradez para entrar y apropiarse de las condiciones de la verdad de las cosas y del mundo que lo rodeaba. Un mundo terriblemente agitado por la guerra civil española, pero que en él, en su obra, queda tamizado por la elaboración personal, íntima, de los valores que están en juego.
Se trata de poner de relieve el estilo de una cultura o de una personalidad peculiar que es la española en el período de entreguerras. En el momento en que el léxico filosófico no rehuye hablar de caracteres nacionales, de tipologías de los modos de ser en los diferentes estados que componen la vieja Europa, el nexo de España con ella y las múltiples maneras de vincularse con las jóvenes naciones americanas. Por eso el estilo se extrae o se decanta al hablar, no en abstracto sino en la urdimbre de los rasgos que definen la cultura tradicional española (el estilo de esa figura de troquelado medieval que es “el caballero”) y se piensa al mismo tiempo que se reflexiona sobre lo peculiar de la nación.
El estilo, la nación y la estatura del sujeto político que los habita: esos son los tres ejes del texto de madurez que es testigo mudo de un proceso interior que el autor aún no revela en toda su dimensión: su conversión religiosa al catolicismo y su decisión formar parte del sacerdocio. Circunstancia esta que le hace mantener una cierta discreción en el contexto argentino, dado que hasta entonces Morente ha sido un pensador laico. Y en adelante se puede decir que no abjura de su condición racionalista de filósofo cercano a Ortega. Sólo que deja entrar en su campo de meditación filosófica el espiritualismo de la creencia. Este carácter de gozne discreto del texto hace que su reflexión esté atravesada por la presencia de un saber canónico y al tiempo de un signo de apertura: el estilo, más allá de pensar y ordenar su carácter tipificador (el estilo como carácter, los rasgos del caballero ) se trata de reconocer en dicho fenómeno dos rasgos del pensamiento contemporáneo: su carácter dialógico (el estilo es el hombre que escucha) y su apertura dinámica (el estilo es el acento, según Ortega).
El estilo y la estilización de la vida son dos modalidades de la construcción intelectual y sobre todo ética del cabo de siglo XIX y de los comienzos del XX. Weber y Simmel desarrollan abundante argumentos para probar una tendencia de pensamiento que ha levantando también Ortega: ante la masificación (la rebelión de las masas) se impone a quien filosofa y reflexiona sobre la vida política del tiempo, la afirmación de la urgente necesidad de crear un modo de vida, un signo, un estilo que sirva para distinguir al sujeto y para hacerlo reconocible en tiempos de tribulaciones y derrotas. El estilo abre a su cultor hacia una vida no escasillada en normas y códices, lo abre a la pasión vital, a la razón de la vida que no tiene modelos previos ni en los libros ni en la vida cotidiana. Pensar el estilo es razonar sobre lo que hace falta para ser un sujeto político consciente que aporta soluciones nuevas a problemas nunca vistos. Ese movimiento completo incluye una nueva manera de pensar el vínculo comunitario, el espacio y tiempo de la ciudad: el nuevo plano cívico que de continuo se abre.
Nación y sujeto son tratados por García Morente como la articulación de los rasgos que hacen a un sujeto colectivo (no producto de la masificación, sino del vínculo razonado y ecuánime) con los que hacen al sujeto representado por la tipología del caballero (es decir de la idiosincrasia de lo caballeresco). Renan meditando sobre qué es una nación inspira como punto de partida la elaboración de Morente. Para concluir que nación es un sentimiento compartido, continuamente animado (es un plebiscito continuo, dirá Renan). Para concluir, podemos decir nosotros, que los tipos no son estereotipos al modo junguiano, sino formas de identificación que sirvieron de base y repartieron virtudes cívicas que se renuevan.
Así se puede leer en clave de hoy el recorrido por los rasgos del "caballero español" y por los retos de una identidad tan autocrítica como arraigada. De aquí se puede colegir una manera de entender la ética como compromiso que asume su contexto concreto.