La vida es ese misterio asequible a todos los bolsillos mientras no la perdamos de vista. Es tan pudorosa como insolente y tan invertido su ritmo como el corazón de Carme Chacón. Lo de vivir en proyecto resulta de una ambigüedad desconcertante porque tiene mala baba cuando alguien se queda a medio camino entre las dos orillas. En todos los casos tiene idéntica malformación de dolor y de rabia. No hay distinción de pesar para nombrar a diario a quienes dejan este lugar por designio de la providencia y del enigma. Lo cierto es que alguien nos trata con el mismo deber que cuando se reparte la venida a este mundo.
Hoy Carme Chacón se ha llevado para sí el silencio de lo venidero en su incompleto hacer político, pero nos ha dejado su imagen de mujer de los ejércitos de España pasando revista con paso marcial portando como defensa pacífica su avanzado embarazo. Icono de nuevas maneras de enseñar lo natural en medio de esa zona uniformada para la guerra y la paz. Su corazón se ha rendido cuando la soledad ha cumplido órdenes. Cuan vacilante puede ser la vida, como les decía antes.
En política de verdad, la de jurar cargo y luego cumplir, el tiempo es un aliado de la disciplina y ésta suele perder la cordura cuando la exigencia supera a los propios anhelos particulares, por eso se convierte en un bien tan escaso como deseado para quienes se hipotecan en favor de la lealtad del juramento. Conviene, por tanto, no renegar de quienes nos dieron lo mejor de sí mismos porque su tiempo de entonces hoy forma parte del nuestro y así seguirá siendo mientras tengamos personas comprometidas con la honra de su cargo. Ella tuvo sentido del deber, y eso para mí, al menos, es virtud que nada que ver tiene con pertenecer a este o aquél signo político. Carme, a pesar de sus dudas, rozó el éxito de sus aspiraciones y siempre demostró ser catalana y española. Ella lo hizo bien, lo hizo con lealtad. Otros muchos no pueden presumir de lo mismo. Descanse en paz.