Opinión

José Emilio Pacheco. La vida es un inventario (I)

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Carlos Ramírez | Miércoles 12 de abril de 2017

El problema principal al abordar la obra de José Emilio Pacheco (Premio Cervantes 2009) radica en identificar el género de su estilo narrativo porque es muchos géneros. Lo más que se acerca a su propuesta es la categoría de "periodismo cultural", pero ahí queda atrapado en lo cultural como práctica reducida a los intelectuales y desde su origen ciceroniano se refiera a prácticas ajenas a lo cotidiano: cultivar el alma. Pero la cultura es más que una actividad colateral: es la esencia del hombre, el nous griego (Anaxágoras, 500-428 a.C.) como principio fundador de la razón que define la inteligencia.

Por eso aquí se propone una nueva caracterización: periodismo desde lo cultural, no adjetivo sino universo totalizador. La aportación de Pacheco al género periodístico radica en dos propuestas: el estilo o conocimiento del lenguaje como metalenguaje y la facilidad con que maneja los géneros literarios para usarlos en las descripciones del realismo del periodismo. No fue Pacheco un producto tardío del llamado nuevo periodismo estadunidense llegado a México como moda en los años sesenta --Lilian Ross, Truman Capote como periodista y antes de A sangre fría, Gay Talase, Tom Wolfe--, sino quizá --en una lectura interpretada-- pudiera decirse que fue una aportación tardía de los tres principales practicantes del nuevo periodismo mexicano, mucho antes que el estadounidense: Martín Luis Guzmán en El águila y la serpiente (1928), Mauricio Magdaleno en Las palabras perdidas (1956 pero recogiendo crónicas de 1929) o el gigante del estilo José Vasconcelos en su magna obra (Ulises Criollo (1935), La tormenta (1936), El desastre (1938), El proconsulado (1939), mayores a cualquier crónica de Mailer, y los tres como periodistas de hechos históricos.

En este sentido, el estilo periodístico de Pacheco fue literario dentro de los márgenes flexibles del periodismo de crónica, de reconstrucción de realidades, de literatura de la realidad, de reescritura estética de la realidad, del metarrealismo o realismo dentro del realismo. La virtud de Pacheco fue su condición de poeta, es decir, de un artesano de las letras, del estilo, del ritmo de las palabras, de la precisión del tono de las palabras, de la pulcritud narrativa: un periodismo de partitura, pero con el conocimiento exhaustivo de los hechos hasta sus detalles más escondidos.

Los tres libros de Inventario. Antología (coedición de Editorial Era, El Colegio Nacional, Universidad Autónoma de Sinaloa y Literatura de la UNAM, marzo de 2017) suman más de seis mil cuartillas y 329 columnas acomodadas en 1475 páginas. Si el esfuerzo se hizo, los lectores lamentamos la ausencia de un índice de nombres y de hechos para mejor manejo de los textos, aunque este índice podría hacerse a posteriori y colocarlo en páginas internet de las editoriales. Los textos recogidos, señalan los compiladores Héctor Manjarrez, Eduardo Antonio Parra, José Ramón Ruisánchez y Paloma Villegas, suman apenas un tercio de los escritos en Diorama de la Cultura de Excelsior y la revista Proceso, y faltan muchos publicados en otras revistas. De acuerdo con la oferta, los compiladores trataron de dar la variedad de temas tocados por Pacheco: cultura, historia, ficciones realistas, autores y personajes, excluyendo poemas y traducciones. Como siempre, toda selección es discriminatoria y responde a los intereses abiertos y cerrados de los compiladores, aunque las quejas por algunas ausencias se subsanan con presencias un poco olvidadas.

Los dos primeros tomos abarcan una década cada uno, sin duda por la capacidad prolífica de Pacheco: 1973-1983 el I, 1984-1992 el II y veintiún años 1993-2014 el III, cuarenta y un años en total. Pacheco comenzó la columna Inventario en Diorama de la Cultura de Excelsior en 1973, aunque en realidad sus textos, reseñas y registros culturales comenzaron en 1959, tres lustros antes, en la Revista de la Universidad entonces dirigida por Jaime García Terrés; su primer texto apareció en abril de 1959: "Imagen de la poesía mexicana contemporánea de Raúl Leiva”, cuando apenas contaba con veinte años de edad pero ya poseía una cultura sobresaliente y un estilo narrativo fresco. En abril de 1960, justo un año después de haberse iniciado como reseñista de libros de la revista de la UNAM, Pacheco ascendió a columnista cultural con su espacio fijo titulado "Simpatías y diferencias", el antecedente de Inventario, una especie de cajón de historias literarias documentadas con exhaustiva indagación --más que investigación, porque la cultura se busca, no se documenta-- de personajes, obras y tiempos intelectuales.

En la Revista de la Universidad escribió Pacheco de autores y obras, aunque sin esconder su inquietud como intelectual social. Sin embargo, ahí no había mucho espacio para desarrollar sus enfoques críticos de la realidad. El primer texto incluido en la trilogía Inventario es de 1973 y habla del golpe de Estado contra Allende en Chile y el acoso y muerte del poeta Pablo Neruda. Pacheco no eludió la realidad: la violencia contra estudiantes en 1968 y 1971 lo llevó a escribir artículos sobre coyuntura política a lo largo de 1971 en la página editorial de Excelsior. En 1972, en dos textos publicados en el número antológico Los escritores y la política de la revista Plural No. 13, octubre, dirigida por Octavio Paz, Pacheco expuso su posicionamiento ideológico sin dobleces: "casi todos (los escritores) coincidimos en creer que el socialismo es el único camino para resolver la espantosa injusticia que sufren nuestras grandes mayorías y acabar con la corrupción que emponzoña cada milímetro de la existencia nacional".

Los años 1971-1973 definieron las posturas de los intelectuales --escritores y hombres de ideas-- frente a la política del presidente Luis Echeverría Álvarez, secretario de Gobernación en el 68 de Tlatelolco y ya entonces instalado en Palacio Nacional con todo y su política de apertura a los jóvenes y de alianza con países subdesarrollados y dependientes. En uno de sus dos textos en Plural de 1972, Pacheco se refirió al daño que provocaron entre los intelectuales las declaraciones de Fernando Benítez --"Echeverría o el fascismo"-- y Carlos Fuentes --"dejar solo a Echeverría es un crimen histórico de los intelectuales"-- como una forma de construcción de una alianza entre políticos e intelectuales.

Para Pacheco, la actitud de Echeverría de buscar a los intelectuales y sumarlos a su proyecto --Fuentes fue embajador de México en Francia-- "es la última opción de una clase dominante que no se quiere ver sustituida por los generales que, después de casi treinta años de eclipse, volvieron al primer plano a raíz del crimen histórico de 1968”. Pacheco fue escéptico, escribió que Echeverría "ejerce la autocrítica con palabras antes que con actos" y su crítica-autocrítica "se encamina a que algo cambie para que el resto pueda seguir igual": la preservación del sistema priísta.

A pesar de la contundencia de sus frases, Pacheco no fue un dogmático y supo mantener aislados --con vasos comunicantes no dependiente-- la política y la creación. Este posicionamiento político lo llevó --mi tesis: hubo correlación-- a un regreso a la historia: la mejor manera de comprender la realidad del ahora es tener un mejor conocimiento del ayer, sobre todo si se sale de los estrechos márgenes de la ideología histórica gubernamental, el dominante. La gran crisis ideológica mexicana del tiempo histórico de los Inventarios --1973-2014-- radica en el dominio absolutista del pensamiento histórico oficial la ideología del régimen priísta-- y su capacidad para disminuirle independencia teórica a los análisis políticos. Salvo José Revueltas y Octavio Paz, la crítica a la crisis nacional se agotaba en el cuestionamiento a los modos y no a la esencia del sistema autoritario: la historia del autoritarismo escondida detrás de las “hazañas” del poder. A la manera de Carlyle el régimen priísta desvió la autopista de la democracia por los caminos de terracería de los héroes nacionales y la esencia teórica del pensamiento intelectual crítico tenía --Paz y Revueltas, de nuevo-- que destruir los prototipos históricos: la crítica, escribió Paz en Posdata, comienza (y termina) por la autocrítica.

En este escenario se localizan los textos de Pacheco de reconstrucción histórica fuera de los tópicos oficiales del pensamiento histórico: los personajes Santa Anna, Díaz, Obregón, Calles, entre otros, y la reescritura de sucesos históricos determinantes en la vida nacional; destaco dos: su crónica narrativa sobre el otro 2 de octubre, el de 1927 en Huitzilac, cuando Obregón mandó matar al general Francisco Serrano para que no compitiera por la presidencia (Inventario I, página 244), y, el segundo, su versión contra factual "Un informe y una fantasía" (Inventario I, página 310) sobre lo que pudo haber pasado en México si Obregón no hubiera sido asesinado en el parque de La Bombilla y hubiera gobernado hasta 1968. La historia, pues, como historia que pudo haber sido detrás historia que fue. Martín Luis Guzmán construyó La sombra del Caudillo colocando en 1927 en la sucesión presidencial de 1924 y Pacheco reescribió el suceso en Crónica de Huitzilac.

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