Opinión

Sacro turismo

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 13 de abril de 2017

Todos sabemos que el turismo es la principal industria del país, que su aporte al producto interior bruto es determinante para el sostenimiento de nuestra economía. En un mundo en que los datos económicos se ofrecen como revelación y única voz de la realidad no es fácil contradecir su palabra. Y, sin embargo, para el que tiene ojos el turismo resulta en muchos aspectos una plaga, un signo de descomposición.

El turista no es el viajero, sus objetivos son muy distintos y son muy diversos, por tanto, los medios por los que se alcanzan. Quede claro que me refiero a dos tipos puros o ideales que, en la realidad, coexisten a menudo en el mismo sujeto. El viajero, aunque extraño al medio por el que discurre, pretende una comunicación real, sus signos son la parsimonia, la curiosidad y el afecto hacia los indígenas con los que trata. Se asienta entre la gente y su permanencia, relativamente prolongada, está asegurada por el regreso. El viajero se sitúa en un plano superior a las gentes que visita, el viaje le proporciona un conocimiento de la lengua, las costumbres y normas de vida de los indígenas, pero éstos carecen del conocimiento recíproco de la lengua y costumbres del visitante. Es evidente que el viaje induce una cierta relativización que puede resultar saludable si permanece dentro de ciertos límites. Otra cosa es la absoluta relativización hoy vigente.

El turista que hace una gira por el país que recorre, interpone siempre a su mirada desnuda el objetivo de la cámara, sin mirar cara a cara, sube apresuradamente a la nube o al instagram los fenómenos ante los que se detiene fugazmente su interés, los consume y necesita hacer ostensivo dicho consumo, hacer visible su divertida voracidad. En torno a mí – centro absoluto – el enorme bulevar del mundo. El turista, enteramente extraño al medio por el que pasa, evita toda comunicación real, sus signos son la premura, la vana curiosidad y la indiferencia ante los indígenas a los que retrata. No regresa a los sitios en los que ya estuvo, cuando realmente ha estado siempre en el mismo sitio: de resort en resort disfruta de la misma comida continental en idénticos ambientes cosmopolitas, sazonados con modulaciones pintorescas que los hagan atractivos. Situado en un plano distinto enteramente al de los indígenas no hay asimetría entre el turista y los trabajadores que lo atienden. Envueltos por esferas mutuamente extrañas la relativización que el turismo induce es absoluta. A este respecto, el peligro que el turismo supone es enorme.

No es el lugar de explicar ese peligro, pero vean que los adoradores del turismo llaman “buen tiempo” a un calor que – en este mes de abril – ronda los treinta grados en gran parte del país. Calor que atrae masas de fugaces visitantes, aunque agosta las cosechas y seca los veneros de agua viva, masas de visitantes que dejan una rentabilidad económica inmediata pero arriesgan nuestras condiciones de vida en común.

El católico vive estos tres ominosos días de la Semana Santa con riguroso silencio, pero cada vez más ha de asumir la penitencia del auténtico sindios de nuestra industria turística. De hecho a día de hoy sólo el rendimiento económico justifica, a ojos de muchos gobernantes, la ocupación de los espacios públicos por representaciones religiosas, de manera que han de coexistir – tolerancia obliga – el rigor del penitente con el fragor de la juerga.

Podemos preguntarnos qué atrae a las masas de turistas (nacionales y extranjeros) a un espectáculo religioso que les es radicalmente ajeno. El turista que resulta por definición desubicado, jamás lo está tanto como en el recogimiento silencioso de una procesión. Francisco Ayala detectaba en el español una extrema contradicción entre una cultura básica que, siendo contraria a las condiciones político-económicas del mundo moderno, debe – sin embargo – asumir esas condiciones con el paradójico objeto de resistirlas. La paradoja y la contradicción que es la naturaleza del español, es también la razón de su atractivo turístico: visite la Edad Media instalado en un hotel de vanguardia. Soportando esa terrible contradicción, decía Ayala, “hemos llegado a no saber siquiera quiénes somos, puesto que nuestro ser común, ese fondo cultural básico, inerte e inerme, en que reside, yacente, nuestra comunidad, hoy por hoy, carece hasta de nombre”. Hoy podemos darnos nombre: somos turistas. ¿Quedarán acaso entre nosotros un puñado de viajeros, es decir, de peregrinos?

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