Opinión

El tamaño de la corrupción

LETRAS DESDE MÉXICO

Rafael Cardona | Viernes 14 de abril de 2017

Ubicua como la enorme y redonda luna celestial de cada día, cuya idéntica faz –jamás vemos su otra cara--, se mira desde cualquier rincón del mundo (si la esfera tuviera esquinas), la corrupción se nos muestra una vez más en la rotunda calamidad de su frecuencia y universalidad.

Como el satélite –rosáceo, amarillento, naranja en el telescopio acapulqueño de los últimos días—, la corruptela cambia de color de acuerdo con el clima y la denominación de los billetes, pero si quisiéramos hacer un poco de poesía barata, diríamos de ella: es una luna tan verde, como el relámpago de los dólares.

Al pronunciarse la palabra mágica: Odebrecht, los billetes bailan por el cielo como cometas enloquecidos o ninfas como olas de mercurio: inatrapables, evanescentes, imposibles de domar; esquivas, resbaladizas.

Y a fin de cuentas el enorme manto celestial se llama impunidad. No importa si el señor Odebrecht purga condena en Brasil. Su cola de papalote derriba floreros por las oficinas de medio mundo.

La Luna, a diferencia de la repugnante corrupción, se ve en estos días con tonalidades de generosa maravilla.

¡Oh!, luna compartida, ha dicho Jorge Luis Borges en uno de sus pocos arrebatos romanticoides, pero por toda la geografía, al menos la americana, se extienden los vestigios de la corrupción de complejo apellido, pues ha sido el señor Odebrecht, el magnífico corruptor de medio continente, cuyas huellas son, como en Selene, cráteres o mares de manchas a la distancia,

El contratista brasileño, Marcelo Odebrecht, de quien los mexicanos sabemos poco, es decir los mexicanos fuera de ese mundo de coimas y negocios entre agentes del gobierno, especuladores, intermediarios, traficantes de plazos y factorajes; banqueros, usureros, negociantes y comisionistas, agentes libres y contratistas, es uno de los granes pícaros continentales. Pero como él, hay cientos.

El hombre, cuyo apellido es ahora sinécdoque o metonimia de la deshonestidad, la prevaricación, las malas mañanas, los enjuagues y el mundo bajo cuerda, según el caso, dirigió el gran consorcio fundado por su abuelo (la más grande empresa de su tipo en América Latina), gracias a la proliferación de gigantescos contratos, logrados con la audacia del moche, la dádiva, el unto o la "mordida". Matar la vaca, atar la pata.

Y como la piedra va de acuerdo al tamaño del sapo, los enormes contratos –imposibles de otro modo--, llevan una cierta tasa de acuerdo con el asunto a tratar.

Para los funcionarios de Petróleos Mexicanos, a favor de quienes se desperdigaron diez milloncitos de dólares, lo cual viene siendo algo así como una baba de loro, pues las dimensiones del cochupo continental superan la imaginación hay velas en la capilla, desde la oculta investigación de la PGR, cuyo contenido se conocerá pronto (antes del tercer canto del gallo).

Obviamente nuestro ejemplar funcionario (y no es ironía) Emilio Lozoya, ex director de PEMEX, quien algo debe saber de este asunto --especialmente en estos días de recogimiento--, se rehúsa a admitir si recogió para su menda, o si lo mandaron recoger para otra hucha, cinco de esos diez milloncitos, pero eso nada tiene de raro: todos dicen lo mismo.

En este mundo, ya se sabe, existe la corrupción, pero nadie es corrupto.

Bueno, hasta el vivales de Lula da Silva ha negado por todas las veladoras encendidas al pie del Cristo del Corcovado, haber tomado siquiera un cruceiro de esos dineros mal habidos y peor olientes. Fuchi.