Llevamos ya un tiempo en que da la impresión que la persecución hacia esa prótesis anímica que es el humor nos retrotrae a tiempos del pasado. La censura -y con ella la autocensura- ya constituye un elemento formal y degradante que en el protozoo de un Estado democrático no tendría que seguir sucediendo. Son muchas las proteínas del humor, excabado sobre todo en las redes sociales y en los medios de comunicación, que a mí me hacen pensar que la libertad de expresión está siendo colonizada por estas nuevas ideologías conservadoras que tratan de hacer de la opinión un cantar de gesta en donde siempre muere el héroe. No pondré ejemplos por ser del todo conocidos, pero llevamos una cronología en que cuando uno parece que se salta las líneas rojas llegan los bombardeos de Guernika para avisarnos que el guerracivilismo todavía no ha terminado.
Yo apelo aquí por la necesidad urgente y diáfana de la libertad de expresión. ¿Tras este comentario ustedes se preguntarán: pero ahí cabe todo? No lo sé, si he de ser sincero, pero lo que está claro es que la sátira, la alegría de la metáfora, el intermedio del humorismo no tienen por qué ser perseguidos por la judicialización de los casos en concreto. Una democracia rica es aquella que es capaz de reírse hasta de su propia historia y sobre todo de su propio presente. Si empezamos a tachar con tinta de los pergaminos todo aquello que nos molesta y que es considerado como difamación, como libelo, como contrario a la rectitud de lo opinable lo que está ocurriendo es que nos estamos cargando el sentido diacrónico del progreso político, ideológico y moral.
El humor no es inmoral. Lo amoral es deconstruir la sátira porque alguien o un partido político o una asociación civil se vean contrariados por una voz a la que a toda costa tratan de enmudecer mediante el apoyo de la magistratura y de las leyes del derecho civil o penal. Esta censura que tanto frecuenta en estos últimos tiempos la navegación por un chiste o por una burla o ironía, que reconozco que en algunos momentos da la impresión que puede ir más allá de lo que es puramente humorístico, no nos debe conducir a tiempos pasados que todos recordamos. Yo mismo he hecho mucho humorismo con mi articulismo, y lo seguiré haciendo, pues entiendo que quien no se sabe reír de lo que semeja un patíbulo o una automoribundia es que no ha entendido nada de lo que Francisco de Quevedo ya puso en práctica en tiempos remotos, eso sí, costándole la cárcel en el convento de San Marcos de León y el exilio en la Torre de Juan Abad.
¿Acaso queremos otro Convento de San Marcos en un siglo XXI donde lo caricaturesco ha sido causa de terror y de persecución por ejemplo entre el radicalismo yihadista? ¿Acaso queremos convertirnos en una Yihad atenta a todo lo que se escribe contra nosotros? No son buenos estos pajarracos. Hay que buscar un equilibrio entre el Estado de Derecho y la libertad de expresión. Si no hacemos eso, corremos el peligro de volver a ser obligados a ejercer los doce trabajos de Hércules.