Opinión

Dios en la Escuela de Ortega

TRIBUNA

Agapito Maestre | Lunes 17 de abril de 2017

La Asociación Estudios de Axiología, dirigida con alegría y perseverancia por José María Méndez, dedica su XXIV Curso sobre Valores Humanos a la celebración del 80 aniversario del Hecho extraordinario, celebérrimo texto del filósofo Manuel García Morente, donde narra su conversión al cristianismo. Juan Martín Velasco estudió, en 1997, con cierto sentido artístico y, por supuesto, fenomenológico este proceso de conversión en su libro La experiencia cristiana de Dios. No faltan, pues, lecturas teológicas de este texto; sin embargo, creo que se ha abusado tanto política como psicológicamente de ciertos componentes místicos que acompañan a esta narración autobiográfica. Ese abuso ha hecho olvidar que García Morente era un filósofo de la Escuela de Ortega. Morente, sí, antes y después de su conversión fue un filósofo raciovitalista. Por eso, sin restarle mérito alguno a los valores místicos que contiene el Hecho extraordinario, me parece que debería ser releído a la luz de la teología que exigía su maestro Ortega y Gasset para reformar el catolicismo español, o mejor, para llevar a cabo una “depuración fecunda del catolicismo y la perfección de España”.

Este relato de García Morente a la vez preciso y holgado, sentido y pensado, sobre su “súbita” conversión es una continua invitación para pensar y repensar la idea orteguiana de cristianismo como una grandiosa religión de razón. No se trata de discutir ahora si Ortega era o no creyente. Este no es el problema. Es obvio que Ortega es un pensador agnóstico.Más aún, tiendo a pensar que su filosofía es incompatible con el dogma cristiano de la transubstanciación. El hombre para Ortega no tiene, en efecto, sustancia sino historia. ¿Significa eso que para Ortega haya desaparecido o deba desaparecer la religión? No; al contrario, creo que Ortega ha sido de los pocos que en el siglo XX se ha tomado con gran seriedad el “catolicismo español”: “Como yo no creo que España pueda salir decisivamente al alta mar de la historia si no ayudan con entusiasmo y pureza a la maniobra los católicos nacionales, deploro sobremanera la ausencia de ese enérgico fermento en nuestra Iglesia oficial. Y el caso es que el catolicismo significa hoy, dondequiera una fuerza de vanguardia, donde combaten mentes clarísimas, plenamente actuales y creadoras. Señor, ¿por qué no ha de acaecer lo mismo en nuestro país? ¿Por qué en España ha de ser admisible que muchas gentes usen el título de católicos como una patente que les excusa de refinar su intelecto y su sensibilidad y los convierte en rémora y estorbo para todo perfeccionamiento nacional?” (OC. IV 126).

Por lo tanto, me parece que no es de recibo tratar de enfrentar a Ortega con García Morente, incluso se ha llegado a decir que el primero despreció al segundo por su conversión. Este tipo de comentarios me parece poco serio. Son calumnias. No hay un solo comentario despectivo en las Obras completas de Ortega contra García Morente. Son ganas, pues, de seguir manipulando la filosofía y la creencia de dos grandes personajes de la España contemporánea. Basta, pues, de integrismo religioso y de anticlericalismo de salón. Para denigrar la memoria de los dos se han dicho las mayores insensateces y cotilleos de sus vidas privadas; se ha llegado a convertir en una “calumnia” un respetuoso silencio, por ejemplo, se cuestiona el comportamiento de Ortega porque jamás contestó una carta de García Morente, de julio de 1938, donde le comentaba su decisión de entrar en la vida religiosa para recibir las sagradas órdenes. En verdad, Ortega no respondió, según su hija Soledad -así lo recoge Marta Campomar en su libro Ortega y Gasset. Luces y sombras del exilio argentino-, “a esa carta, respetando en silencio su trascendental decisión.” A ese testimonio de cariño y compresión de Soledad, podrían añadírsele los que recogen Miguel Ortega en su Biografía de Ortega, y José Ortega Spottorno en Los Ortega. Por fortuna, ya en el año 1953, Julián Marías introdujo mucha claridad sobre las relaciones filosóficas de Ortega y García Morente. Marías con valentía dejó muy claro al asunto, frente a las manipulaciones políticas que se hicieron de la conversión de García Morente, al razonar que no puede pasarse por alto que el converso fue uno de los grandes intelectuales orteguianos de su época: “Si la conversión de Morente tuvo importancia intelectual -religiosa y humana la tiene, y altísima, la conversión del hombre más humilde-, fue porque Morente tenía importancia intelectual antes de convertirse; y entonces interesa saber lo que pensaba y lo que -en el orden de la cultura - hacía. Y no vale descalificarlo ni pasarlo por alto.” (ObrasIII 145).

Morente no abandonó, en efecto, su filosofía al convertirse al cristianismo y hacerse tomista. Simplemente “ensanchó” sus miras. Marías da varias pistas para mostrar que la conversión de Morente no sólo es compatible con la filosofía de la Escuela de Ortega, sino que parece que viene exigida por sus libros anteriores: “En las Lecciones preliminares de filosofía, Morente apuntaba derechamente al tema de Dios. Se dirá que ya era casi católico. Pero ya en 1929, justamente al comentar el curso extrauniversitario de Ortega escribía: ´Ahora ya logrado el primer objetivo de sumergirse en el seno primordial de la vida, va siguiendo sus ramificaciones, sus creaciones, sus descubrimientos, que a tan alto pueden llegar que alcancen al Supremo Ser, a Dios mismo, eterno e infinito depósito de toda vida.` ¿Tenía que abandonar Morente este punto de vista? ¿Por qué había de abandonar, al hacerse católico, una actitud filosófica en la que se puede estar siendo católico, en la que se pueden encontrar incluso buenas razones, excelentes razones para seguir siendo católico y para entender la religión cristiana? “ (Obras III 148)

En otras palabras, catolicismo y liberalismo son compatibles. Y, sin embargo, el integrismo religioso no menos que el anticlericalismo militante quieren seguir poniendo distancia entre Ortega y Morente para mantener y darle energía a lo peor de la historia de España: la Guerra Civil. Nacional-catolicismo y anticlericalismo totalitario siguen abrazándose para borrar cualquier huella de amistad entre liberalismo y democracia cristiana. Quizá Ortega fuera un ateo, pero filosóficamente era un pensador tan respetuoso con el catolicismo que uno de sus grandes discípulos, a pesar de tener más edad, Morente se hizo sacerdote haciendo compatible el raciovitalismo con Santo Tomás. Gloria al liberalismo de Ortega que hizo católico a Morente. Y tanto o más gloria tenga el católico Morente por hacer liberales a quienes lean su Hecho extraordinario sin exclusividad de interpretación.

Este Congreso sobre Morente promete. Ya estoy impaciente por asistir a su primera sesión que abrirá con inteligencia, como en él es costumbre, el nieto de Ortega, don José Varela Ortega.