Por Coco Montes, alumno de Le Cordon Bleu en París
En esta ocasión, el restaurante del que me gustaría hablar es Allard. Está situado en la calle 41 Rue Saint-André des Arts. Es un pequeño bistró familiar fundado en el año 1932 por una cocinera llamada Marthe Allard y que, tras haber tenido varios dueños, fue traspasado a Alain Ducasse en Julio del 2013 quien prometió hacer que el espíritu tradicional de este lugar perdurará para siempre, y así lo ha hecho hasta ahora.
Este sitio tiene un encanto especial, es muy francés y tradicional. La decoración está muy cuidada, con toda la sala empapelada con un papel de flores muy clásico y pequeños cuadros y litografías que relatan la historia de este lugar tan pintoresco. Mires a donde mires encuentras pequeños guiños a la gastronomía francesa, es un sitio muy especial.
Te reciben, como siempre, con una buena porción de mantequilla con pan. Aquí la mantequilla está increíble y es una pena no haber preguntado el origen de la misma ya que no había probado una mantequilla de esta calidad desde hacía bastante tiempo, salvo la del hotel Bristol de París que es sin duda de las mejores que he probado.
A continuación, te traen un tarro muy pequeñito de cristal con una ensaladita de pepino, aliñada generosamente con una vinagreta acida muy potente en sabor (en la siguiente foto). El pepino es muy refrescante y combina perfectamente con la vinagreta, todo ello forma un equilibrio formidable, está tan buena que logran captar tu interés inmediatamente.
Como primer plato, pedí un paté en croute, clásico francés que estaba hecho de carne de ave (generalmente caza), foie-gras de oca y algunos frutos rojos y frutos secos en su interior, todo ello cocido en el horno recubierto por una masa parecida a la masa quebrada. He de decir que, tras haberme enamorado del sitio, la decoración, la mantequilla y esa pequeña ensaladita tan sencilla y buena del principio, me lleve una decepción con este primer plato que estaba seco y bastante duro, y que seguramente no vuelva a pedir aquí.
De segundo, opté por el especial del día para compartir, una pintada asada con un guiso de lentejas (en la siguiente foto), acompañada de patatas asadas en mantequilla y unas verduras cocidas y terminadas también en mantequilla, por supuesto.
Con este plato me volvieron a conquistar, y además ya para siempre. La pintada estaba impresionante, cocinada en un punto admirable; carne jugosa y tierna, piel muy crujiente, con un guiso de lentejas ligero y lleno de sabor debajo. Como guarnición adicional, trajeron unas patatas pequeñas, servidas enteras con piel, asadas al horno y terminadas en la sartén con abundante mantequilla a fuego lento, lo cual hacía que se derritieran en la boca. Este plato me hizo disfrutar como un niño pequeño ya que soy un gran fan de las aves asadas en general.
De postre, un sorbete de manzana verde natural, muy sutil, pero con muchísimo sabor. Merece la pena probarlo, aunque no estoy seguro si era un postre especial de aquel día o realmente está en la carta.
Este restaurante representa la más pura tradición de la comida francesa a la perfección. Es increíble que un lugar tan antiguo siga teniendo tanto éxito y sobre todo con clientes en su gran mayoría franceses, muy exigentes con su propia comida. Aquí se mantiene la tradición viva, con platos de toda la vida, pero con una presentación refinada y adaptada a un público moderno.