TRIBUNA
Emilio Arnao | Viernes 21 de abril de 2017
Mucho se está hablando, como contrafuertes de esmeraldas, de hacia dónde va el nuevo periodismo en esta ya segunda década de un siglo que va pisando quedito. En esta época de la digitalización, el articulismo -que es un periodismo en bragas rojas, quiero decir, igual en lo erótico- se ha extendido como un castellar en medio del universo. Es lo universal lo que dicta el marchamo de algunos jóvenes columnistas que, con sangre en los dedos y dándole a la hormigonera -Umbral- como si siempre fuera anochecido, acontecen el devenir de un destino donde el periodismo digital se está convirtiendo en opinión, santo y seña -como si se tuviera que entrar en una casa de mujeres divertidas-. En este sentido, nos encontramos a un madrileño vivido en Málaga, pero regresado a la capital cuyo nombre puede hacer temblar los pilares de esta nueva Jerusalén que hoy es el periodismo. Me refiero a Jesús Nieto Jurado.
Nieto viene -quizá como yo- del umbralismo y ahora de esa prosa canalla que como un pulmón que izquierdea nos trae todas las mañanas el gran Raúl del Pozo. Nieto está hasta los timbales -cubanismo- de que lo definan como un “umbralito”. Hemos de ser capaces de atisbar por fin lo que son las influencias y la forja de un estilo propio, hecho imprescindible para encharcarse en la originalidad, en la diferencia, en aquello que decía Sinatra: “Yo soy el estilo”. Nieto ya posee ese estilo personal. Escribe en “El Español”, en “El Norte de Castilla”, en el “Sur” y en muchos barruntos que poco a poco lo están haciendo como un inmenso coronista de esta grande historia reciente que es hoy España.
Nieto viaja, monta conferencias, acude a homenajes, monta en bicicleta, le falla el corazón, se medica con palabras, con senos como lanzas y de todo ello resulta un cervantismo que es amanecerá Dios y verémonos. Nieto Jurado tiene un talento que madruga antes de que salga el sol. Siempre está con el lenguaje intentando bracear y bucear por estos territorios tan peligrosos y de mafia calabresa que son la política española. Dispara metáforas como si utilizara un cañón de los Dardanelos y no deja a nadie vivo antes de rematarlo con una estalactita; tiene el coraje y la energía de esta juventud que está trayendo últimamente el relevo a los grandes maestros, sin que éstos pierdan su actualización y su crónica de la experiencia -cito a Raúl del Pozo, a Luis María Anson a Manuel Alcántara y otros aristócratas de la prensa española, de la que todos hemos aprendido-. Nieto nos trae la juventud -va por la treintena- del gitano payo que vende quincalla como un Lute al que le gusta saltar de un tren en marcha para seguir robando gallinas. El lenguaje de Nieto es un bestiario -gallinas o linces o avutardas que regresan al hielo- del cual no sobra ni una coma ni un adjetivo ni siquiera su poderosa vida social de un Madrid que se conoce como un obispo con sujetador y lencería fina. Nieto es a Madrid lo que Irene Escolar -la actriz de la que ahora mismo estoy enamorado como un rebuzno- lo es al cine y al teatro español. Le gustan las mujeres menos que a mí; come Nieto en Casa Lucio, se ve con políticos, periodistas, artistas, y otras ojeras de una España colapsada por la mediocridad. Desde aquí pido que se sigua a Nieto Jurado, pues en él está el devenir de esta prensa a veces tan confusa e incierta, pero siempre abierta de piernas para que penetre la literaturización del periodismo. Ortega estaría orgulloso de él sin hallar una misericordia de vino.