Opinión

Las sinrazones de la corrupción

WELTPOLITIK

Carlos Ramírez | Miércoles 26 de abril de 2017

Los políticos parecen haber leído al revés a Aristóteles; bueno, hay que partir del hecho de que los políticos actuales, los prácticos, carecen de una formación teórica; y los politólogos leyeron a los clásicos del pensamiento político, pero ya en los cargos públicos se les olvidó u olvidaron la filosofía política aprendida.

El caso es que Aristóteles dice en su Ética Magna que la política es el espacio de la ética, de la virtud. Y si no lo fue desde los tiempos del estagirita porque los gobernantes se corrompían o permitían la corrupción, menos puede funcionar en la actualidad. El problema se localiza en la comprensión general del tema: la corrupción es causa o efecto; y de qué: ¿de las imperfecciones del hombre o de sus perfecciones?

México se deshace por denuncias de corrupción y el poder político carece de respuestas, aunque personajes de todas las corrientes políticas sean procesados judicialmente o anden en fuga perseguidos por la “ficha roja” de “se busca” de la Interpol. En otros países --España, ahora-- “aparecen” casos de corrupción que ya se habían conocido pero que no alcanzaron credibilidad sino hasta que hubo procesamientos judiciales.

La corrupción tiene dos causas originales: es parte de la imperfección de los sentimientos humanos de insatisfacción y ambición y es producto directo del ejercicio del poder --social, político, económico, moral-- con o sin contrapesos. El gobernador del Estado mexicano de Veracruz, Javier Duarte de Ochoa, fue perseguido y atrapado en Guatemala y encerrado en prisión hasta terminar su proceso de extradición por acusaciones que hablan de --por decir algo-- corrupción personal por más de dos mil millones de euros. Si gastara ese dinero en veinte años de vida activa que le quedan, podría disponer para sus gastos de 100 millones de euros al año, 8.3 millones al mes, 276 mil al día. Y si comprueban la propiedad de decenas de casas, entonces la comprensión de las razones de la corrupción escapa del razonamiento social.

La corrupción del ser humano en sus actividades cotidianas es un asunto moral, íntimo. Lo que importa es la corrupción en el poder, que no es otra cosa que la corrupción del poder; es decir, que el poder es por razón natural corrupción como apropiación indebida del otro. Constant, Gramsci y Weber razonaron al poder como la capacidad de uno de hacer que el otro haga lo que el primero quiere. Despojado de sus coartadas ideológicas y sociales --lo mismo en el capitalismo que en el socialismo--, el poder es en sí mismo una forma de corrupción porque implica el deseo de imponer a uno sobre otro o de someterlo, las dos cosas sin pasar por los principios de la ética como el establecimiento de “lo correcto” en el comportamiento humano como sociedad.

En México la corrupción se explica por el poder, pero no asumido como un acto de servicio sino como una forma de dominio. La corrupción siempre ha existido --y existirá-- en la medida en que el ser humano siga siendo imperfecto y camine hacia estados mayores de imperfección. Quizá el acto mayor de ética haya sido la decisión de Sócrates de no allanarse a una salida legal en su juicio y preferir la condena de beber la cicuta como acto de honestidad ética.

Hacia 1985, el periodista Alan Riding, corresponsal durante años en México del The New York Times, escribió el libro Vecinos Distantes para señalar la cercanía lejana de México y los EE.UU., pero le dedicó algunos capítulos a desentrañar --desde su origen brasileño-inglés-estadunidense-- los misterios del ser del mexicano; y uno de ellos llegó a la conclusión de que la corrupción es la amalgama, el cemento, que mantiene cohesionado al sistema político mexicano, entonces y ahora. Se trata, es cierto, de la corrupción como complicidad: un acto de corrupción en el sector público tiene actores y beneficiarios. “No te pido que me des, sino que te pido que me pongas donde hay (dinero)”, es una forma del reparto del poder.

En los años treinta del siglo XX el diputado carrancista Luis Cabrera --del grupo de Venustiano Carranza, el político que encabezó el alzamiento contra el golpista Victoriano Huerta que en febrero de 1913 había arrestado y asesinado al presidente Madero y al vicepresidente Pino Suárez-- acusó a sus colegas de corruptos; y en medio de gritos exigiendo “¡pruebas, pruebas, pruebas!”, les respondió con picardía: “los acuso de corruptos, no de tontos”, porque los corruptos habían llevado la corrupción a niveles de perfección administrativa. Hoy, por cierto, los políticos procesados por corrupción en México van a ser castigados por tontos, porque dejaron huellas indelebles e inocultables de sus corrupciones.

La corrupción es una forma de poder porque implica un acto de dominación sobre el otro en la operación de apropiarse de recursos públicos a partir del ejercicio de la autoridad. Y si el poder político público se corrompe, la sociedad tiene que vivir no sólo “en” corrupción sino también “la” corrupción. La ambición de poder como la acumulación de autoridad y la adquisición de la fuerza para dominar al otro es, en sí misma, un acto de corrupción.

Lo que le queda a la política es crear formas, compromisos y leyes para acotar la corrupción, para castigarla, para encarecerla, para encapsularla, para envenenarla. La mala noticia es que la corrupción es parte sustancial del ser humano como persona y como político/funcionario/empresario, la buena radica en la posibilidad de crear instancias, leyes y prácticas de autoridad para perseguirla y penalizarla con ejemplos que la inhiban y la encarezcan. En la medida en que la sociedad decida vivir en la institucionalidad, en esa medida se reducirán los espacios de la corrupción del poder.

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